El cazador de almas
En algún momento del trayecto, la sacudida de un frenazo estremeció al autobús. Se abrieron las puertas con un resoplido y subió un adolescente muy alto, de aspecto desgarbado. Natalia lo vio avanzar desde el fondo, tambaleándose con los virajes. El polizonte – pensó ella que no se le podía llamar de otra manera a alguien que se cuela así en un viaje organizado y sin sobresaltos – tuvo que atravesar todo el pasillo para venir a sentársele justo enfrente. Por lo demás parecía no prestarle atención, cabizbajo, las piernas abiertas estorbando sin miramientos, en una actitud entre desafiante y perezosa que incluía la experta manipulación de uno de esos artilugios modernos que se había sacado del bolsillo de la cazadora. Ella suspiró, se atusó el cabello castaño, encogió las piernas y se aferró al bolso, desviando los ojos hacia el exterior velado por la luminaria del autobús. Las calles del otro lado del cristal parecían estar mucho más lejos, en el fondo de un río.
Al apartar un instante la vista de la ventanilla, Natalia reparó en la mini cámara digital que la había estado enfocando todo el rato, disimulada como un pajarillo entre las desaforadas manos del adolescente. Se echó a reír con sorna y se atrevió a decirle: “Anda, déjame ver por lo menos qué has grabado, a ver si vale la pena”. Él la miró a través del flequillo y le alargó la cámara (que al cambiar de manos pareció aumentar proporcionalmente de tamaño). Esperó mientras ella permanecía absorta, mirando el recuadro fosforescente que le mostraba un primer plano de su propio rostro duplicado en el espejo.
Casi ni se acordó que tenía que devolverle la cámara a esa mano que ahora se le tendía abierta y silenciosa, los dedos largos como si fueran la sombra de otra mano más pequeña, y agarraba la cámara y la guardaba en el bolsillo de la cazadora. Entonces el adolescente se incorporó con la parsimonia de un esqueleto de gigante al que aún no parecía acostumbrado, y en la siguiente parada bajó del autobús sin mirar atrás y se esfumó por una calle del extrarradio, cruzando frente a una silenciosa exposición de grafitis a la luz de las farolas. ¡Qué escándalo de sobremesa para sus amigas, qué estrépito de cucharillas y tazas, qué confidencia para su nieta, confesarles sin pudor que se hubiera ido tras aquel adolescente, que habría seguido al cazador de almas sin pensárselo dos veces! Natalia sintió que aquella bola que se le había empezado a formar en el estómago ya desde mucho antes de asistir al entierro, y que se había ido alimentando a base de soportar el contacto de manos y mejillas untuosas, el desfile de rostros dolientes en la penumbra susurrada del velatorio; aquella bola en el estómago se reducía ahora a un puntito negro que se podía apartar como a una mosca. Y no merecía la pena preocuparse por una mosca cuando los espejos sonreían a Natalia.
