27/07/2008

El cazador de almas

La señora Natalia se alisó pulcramente la falda negra, mientras dejaba pasar las calles a través de la ventanilla. El autobús iba casi vacío a esas horas en que los comercios cerraban persianas y ella ya solía estar en casa preparándose la cena sin sal de cada día. Comprobó que todo (pañuelo bordado, llaves de casa…) estuviera en orden dentro del bolso, el bolso negro de piel de los entierros, que ahora descansaba con las asas caídas en el asiento libre de al lado. Se quitó los pendientes y deslizó los pies fuera de los zapatos negros, y si no hubiera sido una señora los habría plantado en el asiento de enfrente. ¡Pero qué alivio poder estirar las piernas sin tropiezos! Sacó una botellita de colonia de lavanda y se pulverizó levemente las sienes, y se echó un poco también en las palmas sudadas.

En algún momento del trayecto, la sacudida de un frenazo estremeció al autobús. Se abrieron las puertas con un resoplido y subió un adolescente muy alto, de aspecto desgarbado. Natalia lo vio avanzar desde el fondo, tambaleándose con los virajes. El polizonte – pensó ella que no se le podía llamar de otra manera a alguien que se cuela así en un viaje organizado y sin sobresaltos – tuvo que atravesar todo el pasillo para venir a sentársele justo enfrente. Por lo demás parecía no prestarle atención, cabizbajo, las piernas abiertas estorbando sin miramientos, en una actitud entre desafiante y perezosa que incluía la experta manipulación de uno de esos artilugios modernos que se había sacado del bolsillo de la cazadora. Ella suspiró, se atusó el cabello castaño, encogió las piernas y se aferró al bolso, desviando los ojos hacia el exterior velado por la luminaria del autobús. Las calles del otro lado del cristal parecían estar mucho más lejos, en el fondo de un río.

Al apartar un instante la vista de la ventanilla, Natalia reparó en la mini cámara digital que la había estado enfocando todo el rato, disimulada como un pajarillo entre las desaforadas manos del adolescente. Se echó a reír con sorna y se atrevió a decirle: “Anda, déjame ver por lo menos qué has grabado, a ver si vale la pena”. Él la miró a través del flequillo y le alargó la cámara (que al cambiar de manos pareció aumentar proporcionalmente de tamaño). Esperó mientras ella permanecía absorta, mirando el recuadro fosforescente que le mostraba un primer plano de su propio rostro duplicado en el espejo.

Casi ni se acordó que tenía que devolverle la cámara a esa mano que ahora se le tendía abierta y silenciosa, los dedos largos como si fueran la sombra de otra mano más pequeña, y agarraba la cámara y la guardaba en el bolsillo de la cazadora. Entonces el adolescente se incorporó con la parsimonia de un esqueleto de gigante al que aún no parecía acostumbrado, y en la siguiente parada bajó del autobús sin mirar atrás y se esfumó por una calle del extrarradio, cruzando frente a una silenciosa exposición de grafitis a la luz de las farolas. ¡Qué escándalo de sobremesa para sus amigas, qué estrépito de cucharillas y tazas, qué confidencia para su nieta, confesarles sin pudor que se hubiera ido tras aquel adolescente, que habría seguido al cazador de almas sin pensárselo dos veces! Natalia sintió que aquella bola que se le había empezado a formar en el estómago ya desde mucho antes de asistir al entierro, y que se había ido alimentando a base de soportar el contacto de manos y mejillas untuosas, el desfile de rostros dolientes en la penumbra susurrada del velatorio; aquella bola en el estómago se reducía ahora a un puntito negro que se podía apartar como a una mosca. Y no merecía la pena preocuparse por una mosca cuando los espejos sonreían a Natalia.

10/07/2008

Pompas de jabón



A la dragona no le gustaba el fuego, ni los árboles chamuscados, porque ella vivía en lo profundo del bosque, donde las ramas de los árboles se entrelazan. Tampoco le gustaba ir por ahí aterrorizando a nadie, aunque cuando estornudaba pareciera un lanzallamas – la gente tiene miedo del estornudo del dragón, pero eso pasa por desconocimiento. Lo que de verdad le gustaba a la dragona, era hacer pompas de jabón.

Todo empezó con una pompa que vino flotando y se le acercó tanto al hocico, que los ojos se le pusieron bizcos. ¡Plop!, hizo la pompa. Luego vino otra cerca de la barriga, ¡plop! Pronto estuvo rodeada. Le gustaban las pompas de jabón porque eran más ligeras que un dragón. Todas parecían venir del mismo sitio, entre los árboles.

Siguiendo el rastro, la dragona llegó hasta un niño que estaba sentado en una piedra. Al verla, el niño se quedó boquiabierto, con una pompa a medio hacer. “¡Eres un dragón de verdad!” – exclamó dando un salto. “¡Y tú un niño de carne y hueso!” – dijo la dragona. Se dejó acariciar la piel de cocodrilo. Aunque era una piel dura, sentía igual la manita del niño acariciándola. “¡Arriba!” – le dijo entonces – “te voy a enseñar una cosa.” Y el niño montó sobre el lomo de escamas verdes de la dragona. Entonces subieron y subieron volando en círculos. Vieron el bosque como una alfombra de musgo y el camino como una serpiente tumbada al sol, y aquí y allá cabañas de pastores. Luego la alfombra de musgo empezó a ralear y ya se divisaba un grupo de tejados con chimeneas. Habían llegado al pueblo donde vivía el niño.

Antes de despedirse, el niño le regaló el soplador para hacer pompas de jabón, y le mostró cómo tenía que poner los labios y soplar por el aro. La dragona probó y probó, y sopló y sopló, hasta que salió la primera pompa, redonda y brillante. ¡Plop!, estalló en el aire. Y enseguida salieron las demás, pequeñas y grandes. ¡Plop! estallaban las pompas en el aire. ¡Plop! ¡Plop!

Cuando se quedaba sin jabón, la dragona esperaba a que se hiciera de noche y volaba hasta el pueblo. En los patios de las casas siempre había palanganas con la colada puesta en remojo. Al día siguiente, nadie echaba en falta un poco de agua con jabón, y ni mucho menos sospechaba que una dragona hubiera estado en el patio de su casa. La dragona no dejaba huellas, porque se llevaba el agua sin poner las patas en el suelo: flotaba en el aire igual que una pompa de jabón y ¡zas!, subía en picado. Algún murciélago, pensaría alguien que la oyera.

Los sábados había baile en la plaza del pueblo. Se colgaban guirnaldas y farolillos multicolor, y venía siempre la misma orquesta. En aquella orquesta, el cantante cantaba con un hilo de voz, pero hacía gestos muy sentidos. “Es un gran cantante”, decía emocionada la gente, que apenas le oía en medio del estruendo. Los músicos tocaban muy estirados y de forma monótona y demasiado alto. Además uno de ellos, el acordeonista, desafinaba. Pero en realidad el único que tocaba bien era el acordeonista, porque los demás músicos al parecer se intercambiaban los instrumentos y tocaban sin ninguna disciplina. Todo el pueblo estaba encantado con aquella orquesta. Todos bailaban, jóvenes y ancianos, y un corro de niños y niñas giraba en medio de la plaza. El pobre acordeonista se paraba a cada rato y se secaba las gotas de sudor con un enorme pañuelo rojo. Fuera del círculo de luz de los farolillos, tras unos árboles, permanecía oculta la dragona. Sólo cuando el baile se acababa y las parejas se separaban para volver a casa, se alejaba volando. Porque otra cosa que le gustaba mucho a la dragona era bailar. Pero no hay que olvidar que los dragones son unos seres con escamas verdes, calvos y monstruosos. Y si alguien se topa con uno, ya puede rezar todo lo que sepa, que ni eso le salvará de una muerte segura.

El niño que hacía pompas de jabón estaba plantado frente a ella. Llevaba una fregona que le sacaba por lo menos cuatro palmos, y miraba a la dragona sin pestañear. “Ponte la fregona en la cabeza. – le dijo el niño – Nadie te reconocerá con peluca. ¡Vamos! Yo te sacaré a bailar.”

El plan funcionó. La dragona era muy patosa, el niño era más bajo que el palo de una fregona, y los dos se divertían mucho, y ya se habían hecho amigos verdaderos. Pero bailando bailando, la fregona salió disparada de la cabeza de la dragona. Al principio, ni la dragona ni el niño se dieron cuenta de lo que pasaba. Bruscamente, la orquesta dejó de tocar y las parejas de baile se detuvieron. (Se supo entonces que el acordeonista era el único músico de la orquesta que tocaba bien, pero eso no le importó a nadie en aquel dramático instante.) Sólo ellos dos seguían dando vueltas como locos, hasta que alguien dio la voz de alarma: “¡Es un monstruoso dragón calvo y come-niños!” La dragona estornudó con una llamarada espectacular que le chamuscó el pelo al alcalde y le estropeó bastante el traje de los sábados. Entonces se produjo la estampida. Los músicos se olvidaron de los instrumentos y saltaron del escenario atropellándose. El corro de los niños se deshizo. Las parejas de baile se separaron. Todos echaron a correr despavoridos. Durante mucho tiempo no se volvieron a celebrar bailes en el pueblo, y además, por orden del alcalde, se prohibió el uso de las fregonas con otra finalidad que no fuera la de fregar.


Ilustración de Ruiz-Roso

09/07/2008

El gato Gérôme

Dentro del ya consagrado ciclo de conciertos “Les nuits d’eté”, la pasada noche tocó en el café Saint-Urban Charles Gérôme, guitarrista de jazz manouche. Es uno de esos tímidos geniales, escueto en las entrevistas, un manouche de pies a cabeza que lleva encima casi tantos anillos y sortijas como años de rodaje. Le avalan (¡sólo!) tres discos que ha publicado en un sello independiente francés. A Gérôme nunca le ha gustado eso de encerrarse en un estudio de grabación. Es un nómada. A Gérôme lo que le gusta es el calor del directo. Ahí está en su salsa, entre amigos. Como en esta ocasión, en que salió a tocar solo pero nunca estuvo solo. Escenario mínimo: una silla, un micrófono y una guitarra acústica. Se apagan las luces, se enciende el foco sobre la tarima y poco a poco se va haciendo un silencio premonitorio. Aparece Gérôme, tras una breve presentación que suscita aplausos y miradas expectantes. Gorra calada, melena negra y ensortijada, cigarrillo ladeado. Todos somos una sola oreja y una sola respiración en vilo, preparados para el despegue. Porque se trata de eso, de un viaje a la luna en avión supersónico, y el piloto se llama Charles Gérôme. Será un viaje de ida y vuelta de apenas cuarenta minutos, del que saldremos todos convencidos de haber asistido a algo especial, irrepetible; algo que sólo puede darse aquí y ahora, y que por eso no admite intermediarios. Durante la actuación, Gérôme parece estar sumido en un éxtasis permanente; un éxtasis del que sólo a ratos emerge, para redescubrir con ojos escrutadores a su auditorio: los parroquianos, algún que otro melómano, algún que otro crítico musical infiltrado en esta ceremonia profana, todos incondicionales ahora, todos apretujados en un local que se ha quedado irremediablemente pequeño, olvidados en la música, rumbo a la luna de Gérôme. Decenas de pies marcan el ritmo en la penumbra densa, imposible sustraerse al hechizo sincopado del amigo Gérôme, del inmenso (en todos los aspectos) Gérôme que nos habla, y nos habla en el idioma de una tradición musical no escrita. El punteo delicado y amoroso de Tu es mon amour; el Blues in d minor, que revisa un viejo tema del mítico Django; una endiablada Improvisation 2, que se sale de los límites del mástilSon los sabios zarpazos del gato Gérôme, gato juguetón que persigue el ovillo de lana, tigre a veces. No hay imposturas en este juego: el sacerdote Gérôme oficia con maestría la liturgia del pueblo gitano ante los fieles que nos hemos congregado esta noche en el café Saint-Urban. Porque él es el artista inspirado y auténtico, a años luz de las servidumbres fatuas de la técnica y del virtuosismo.

(Estudio de personaje)

02/07/2008

Mi funny Valentine

Chet Baker vuelve a soplar su trompeta metálica, hundidos los carrillos y los ojos, es triste cómo se le adivina la calavera.

Mi pequeña Valentina, susurra Chet Baker anémico (aplausos, pausa). Mi pequeña Valentina, todavía, todavía… Valentina por el aire, huele a sopa de burbujas. Valentina se cocina en mi habitación, humo espeso, sopa de fantasmas crepusculares que cobran forma. Al otro lado, tras una ventana, una figura humana emerge del fondo del cristal empañado de reflejos. Es la hora en que ¡plof! caen palabras como números en una operación aritmética, y mi bolígrafo azul se lanza a su encuentro. Parece que es la hora de pasar cuentas, Chet Baker. En confianza, my friend, de un muerto a otro muerto. Dímelo al oído. Mi pequeña Valentina.

Tortuga sonajero, oruga de cuerda, dentadura pies planos y ojos saltones, dedal de porcelana. Todos estáis firmes en vuestro sitio, sobre la estantería, no es estupendo (aplausos), alineados como cerillas o naranjas en sus ataúdes. Todo encaja, no es estupendo. Y la lata vacía, con su mecanismo de música, adornada con motivos navideños. Niños y niñas con sonrisas en forma de U, con sus gorritos de lana. Un pueblo pintoresco, tejados nevados. Una bandeja con dulces galletas de mantequilla. El muñeco de nieve que tiene una escoba y lleva una bufanda y un gorro de lana, nariz de zanahoria. Doy cuerda a un villancico chirriante, no es estupendo (aplausos). Tú no tienes nariz, Chet Baker. Pero no desfallezcas, no te quedes ahora sin aire, como un pececito: coge ahora mismo tus pulmones exhaustos por la tráquea, pulmones negros en forma de gaita, y exprímelos hasta el último aliento; sopla una vez más, besa la embocadura de la trompeta, labios duros, tos seca, sopla la trompeta llenándola de saliva, escupe en ella tu villancico turbio, porque ahora empiezo a recordar. Tengo un amigo que, cuando se hace un corte, guarda el pañuelo de papel manchado de sangre. Sí, también este rosario de palabras es una ofrenda, una invocación. Sigue tocando, Chet Baker. Todo va fluyendo. Fluye la vida como sangre por la herida, Valentina.

Y recuerdo ahora, mi pequeña Valentina, que al parecer nunca fuimos novios del todo, contra todo pronóstico. Yo te esperaba, y luego paseábamos en tardes como esta, con la cabeza a ratos abatida (por eso mi historia está salpicada aquí y allá de chicles aplastados contra el pavimento y de algún que otro excremento). Entonces era como si algo estuviera a punto de desaparecer al doblar cada esquina, o si yo ponía a contraluz las botellas de cerveza, opalescentes. Entonces dábamos largos paseos en un túnel de silencio. Yo llevaba estrellas en las manos, y cerraba los puños hasta que me clavaba las puntas ardientes. No sé lo que tú pensarías, callabas a mi lado o levantabas a medias un muro apilando palabras triviales. Ninguna emoción por parte de las nubes, demasiado ocupadas en hacerse y deshacerse, mientras una sucesión geométrica de tablones o de baldosas transcurría bajo nuestros pies alados.

En el mes de mayo tú eres mi amor, y ya sé que decirlo en voz alta equivale a suicidio en valla publicitaria con impúdicas letras. Y para que no te vayas, mi pequeña Valentina, todavía, todavía… sólo tengo que repetir tres veces la palabra mágica: manubol (pero manubol sólo significa “manuales universitarios de bolsillo” y nada más, por eso igual te vas y haces tu carrera, te subes a otro tren, dicho con la madre de los tópicos). “Tú eres mi amor en el mes de mayo”, sí, todos los titulares lo proclamaron con letras enormes.

Porque ahora empiezo a recordar: “hallado cuerpo sin identificar flotando en el muelle”, cuerpo flotando boca abajo en las aguas aceitosas, meciéndose con un puñal clavadito en la espalda, chocándose contra el casco de los transatlánticos. Allí en las aguas lóbregas donde van a parar también los peces podridos y las botellas de plástico que no se pudren, y los residuos urbanos. Así tan flaco y deshecho, mi cadáver se parece a ti, Chet Baker, los carrillos hundidos, los dedos huesudos como patas de bicho, y los ojos que se van hundiendo en la calavera hueca. Tú y yo somos residuos urbanos. Mi pequeña Valentina se fue en un soplo, se fue en un soplo, adiós Chet Baker, adiós calavera, adiós tortuga sonajero, adiós oruga, dentadura pies planos, y dedal de porcelana. Se acabó el villancico asmático. Se fue en un soplo. Mi pequeña Valentina, sopa fría.

Bitácora de (re)creación literaria

Otras voces, otras habitaciones