After hours
Tus manos.
Su manera de estar sobre la mesa,
pausada y melancólica.
De pulsar, cuando dudan,
tres puntos suspensivos
de una trompeta muda.
El bar estudiantil,
la mesa del rincón.
Tu figura enfrente, hecha
de pensamiento y tiempo
que se contaba hacia atrás cada día.
Las incursiones de la mano araña,
meticulosamente planeadas
para cazar tu mano
cuando va al cenicero.
Total,
le acabas regalando
tu sonrisa más tierna a un camarero
que viene a darte fuego, servicial,
y alumbra el hueco oscuro de tus manos.
Tus manos.
Con qué truco de magia
me apartan de tu noche,
me arrojan a la calle
como un periódico de ayer
apenas hojeado.
Ya no están las estrellas.
Las farolas me enseñan
la punta de los pies.
Es tanto el frío que hace
lejos de tus ojos.
Charcos que surcan autobuses.
Recuerda tú también su desamparo
de escaparate errante,
contenedor solemne de noctámbulos.
Sus rostros asomados,
su eterna luz de octubre.
No querías subir,
no todavía. Acuérdate
de nuestras despedidas.
Mientras la luz decae
en la cucharilla de tu café,
te mordisqueas la uña del pulgar,
despreocupada.
Ibas a decir algo y no te acuerdas
(y yo me callo a gritos,
oscuro como el fondo de la taza).
Pero nada detiene la ceniza.
El humo son los hilos sueltos
de tu alma, telarañas de sueños
en los contenedores de basura.
Cuando amanece
pienso en tus besos
irrespirables,
tortuosos,
tabaco en la saliva lenta.
Ahora tú fumas y yo te respiro,
antes de irnos y no volver más.
Dicen que un dios pagano
habita en los que aman.
Yo me dejo habitar por tus palabras
necesarias, esas palabras últimas
que ascienden los caminos
soñados por el humo.
