Diario del Cosmonauta

Bitácora de (re)creación literaria

27 de septiembre de 2009

After hours

Tus manos.
Su manera de estar sobre la mesa,
pausada y melancólica.
De pulsar, cuando dudan,
tres puntos suspensivos
de una trompeta muda.
El bar estudiantil,
la mesa del rincón.
Tu figura enfrente, hecha
de pensamiento y tiempo
que se contaba hacia atrás cada día.
Las incursiones de la mano araña,
meticulosamente planeadas
para cazar tu mano
cuando va al cenicero.
Total,
le acabas regalando
tu sonrisa más tierna a un camarero
que viene a darte fuego, servicial,
y alumbra el hueco oscuro de tus manos.

Tus manos.
Con qué truco de magia
me apartan de tu noche,
me arrojan a la calle
como un periódico de ayer
apenas hojeado.
Ya no están las estrellas.
Las farolas me enseñan
la punta de los pies.
Es tanto el frío que hace
lejos de tus ojos.
Charcos que surcan autobuses.
Recuerda tú también su desamparo
de escaparate errante,
contenedor solemne de noctámbulos.
Sus rostros asomados,
su eterna luz de octubre.
No querías subir,
no todavía. Acuérdate
de nuestras despedidas.

Mientras la luz decae
en la cucharilla de tu café,
te mordisqueas la uña del pulgar,
despreocupada.
Ibas a decir algo y no te acuerdas
(y yo me callo a gritos,
oscuro como el fondo de la taza).
Pero nada detiene la ceniza.
El humo son los hilos sueltos
de tu alma, telarañas de sueños
en los contenedores de basura.
Cuando amanece
pienso en tus besos
irrespirables,
tortuosos,
tabaco en la saliva lenta.
Ahora tú fumas y yo te respiro,
antes de irnos y no volver más.

Dicen que un dios pagano
habita en los que aman.
Yo me dejo habitar por tus palabras
necesarias, esas palabras últimas
que ascienden los caminos
soñados por el humo.

15 de abril de 2009

Primavera

Llegas de la calle
sonriente y mojada,
y estornudas,
y arrojas el bolso
en la silla vacía,
con ese gesto sólo tuyo
de dejarlo todo,
de borrarlo todo,
para venir a darme besos,
tus labios de uva.
Y un olor a lluvia bendice tu pelo.
Y huele a tierra en el centro tierno
de nuestro abrazo
creador de un mismo ser
que tiembla y ríe.
Mis manos
te buscan a su manera:
ciegamente,
como el ancla busca el fondo
feliz en su oscura caída.
Como la hierba,
que se abre paso y germina
verde en el aire redondo.
Tengo que tocarte,
tener tu olor alborotado,
dejar que mis manos se vayan llenando
de ti,
flores de carne asombrada.
Me gusta saberte así,
no sólo con los ojos,
imagen descarnada del recuerdo,
visible forma de la costumbre,
ídolo desenterrado
que adoro en soledad.
No.
Tengo que empapar mi cara
con el cuello de tu chaqueta.
Tengo que beberme el agua
que regala tu pelo.
Así te quiero,
arraigada
en cada hora de mis días,
árbol de mil cielos,
sonora casa de pájaros,
rama tendida en el presente puro,
sereno instante duradero,
centro en el que gira
cada abrazo nuevo que nos damos.

(Aunque ambos sabemos
de una tarde sin abrazos.
En esa tarde,
tu sonrisa,
la sonrisa que me dabas,
tiembla y se cae,
estremecida se cae,
como una hoja muerta).

28 de diciembre de 2008

Como quien oye llover

Óyeme como quien oye llover,
ni atenta ni distraída,
pasos leves, llovizna,
agua que es aire, aire que es tiempo,
el día no acaba de irse,
la noche no llega todavía,
figuraciones de la niebla
al doblar la esquina,
figuraciones del tiempo
en el recodo de esta pausa,
óyeme como quien oye llover,
sin oírme, oyendo lo que digo
con los ojos abiertos hacia adentro,
dormida con los cinco sentidos despiertos,
llueve, pasos leves, rumor de sílabas,
aire y agua, palabras que no pesan:
lo que fuimos y somos,
los días y los años, este instante,
tiempo sin peso, pesadumbre enorme,
óyeme como quien oye llover,
relumbra el asfalto húmedo,
el tiempo se levanta y camina,
la noche se abre y me mira,
eres tú y tu talle de vaho,
tú y tu cara de noche,
tú y tu pelo, lento relámpago,
cruzas la calle y entras en mi frente,
pasos de agua sobre mis párpados,
óyeme como quien oye llover,
el asfalto relumbra, tú cruzas la calle,
es la niebla errante en la noche,
como quien oye llover,
es la noche dormida en tu cama,
en el oleaje de tu respiración,
tus dedos de agua mojan mi frente,
tus dedos de llama queman mis ojos,
tus dedos de aire abren los párpados del tiempo,
manar de apariciones y resurrecciones,
óyeme como quien oye llover,
pasan los años, regresan los instantes,
¿oyes tus pasos en el cuarto vecino?
no aquí ni allá: los oyes
en otro tiempo que es ahora mismo,
oye los pasos del tiempo
inventor de lugares sin peso ni sitio,
oye la lluvia correr por la terraza,
la noche ya es más noche en la arboleda,
en los follajes ha anidado el rayo,
vago jardín a la deriva
entra, tu sombra cubre esta página.

Octavio Paz

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