Beatriz, la polución
Mario Benedetti
Bitácora de (re)creación literaria
Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado. Al otro lado de la ciudad, un hombre cayó muerto en el acto.
Había sacrificado amistades, novio y trabajo, para escribir una novela policíaca, y ni siquiera tenía el nombre del personaje principal. Las bolas de papel se apilaban sobre su mesa. Escribió algo y enseguida hizo otra bola, que fue rodando junto a las demás. Murió otro hombre.
El modus operandi del asesino, la similitud de víctimas y escenarios, intrigaba al inspector Celada.
Enviat per Carlos Arnal a las 09:08
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Nos caíamos bien, Berta y yo. Compartíamos una cierta actitud irreverente contra nosotros mismos y una antipatía cruel contra la gente que carece del sano sentido del humor, esa clase de personas para quienes las cosas son lo que son, sin dobladillos, y punto, ¡señor, qué poca sangre! Así que ella se metía sin rodeos con mi manifiesta falta estatura y de iniciativa, y yo le replicaba que bueno, ella tampoco era lo que se consideraría una tía buena, mas bien feúcha de cara, con ese culo hiperbólico y esa notoria ausencia de pecho, más evidente ahora que se anunciaba el buen tiempo (aunque la belleza y el goce estético también se encuentren en la falta de proporción, y no exclusivamente en los cánones renacentistas), y le advertía que además, si seguía con ese mal carácter y no se depilaba el bigote, nunca iba a encontrar novio formal, y que ya empezaba a tener una edad para hacérselo mirar. Ambos pasábamos de los treinta, la edad en que, o empieza uno a tomarse las cosas por el lado cómico, o es que está clínicamente muerto. “Es que los chicos majos de verdad, o están ocupados o no me hacen caso”, decía sin mirar a nadie, y yo no sé si me incluía en esa segunda categoría. Recuerdo que, cuando iba a la universidad, un profesor nos hizo una disertación acerca de no-se-qué función del insulto (¿apotropaica?) en ciertos rituales de cortejo de los pueblos primitivos y sobre cómo esos rituales se han perpetuado en las sociedades modernas: la eterna pulla entre los chicos y las chicas, los sátiros asaltando a las vírgenes, caperucita y el lobo, etc. Pero la relación entre Berta y yo tampoco parecía ir en otra dirección que no fuera las aguas mansas y estériles de una amistad con derecho a roce (y eso que ella siempre hacía mueca de asco al referirse a ciertos tipos sobones, aunque a mí me pusiera la mano en el brazo para apoyar sus argumentos). Es decir, que en el fondo actuábamos de una manera que no siempre coincidía con lo que nuestra retórica pugilística daba a entender, una retórica que frecuentaba el terreno de los malentendidos, los juegos de palabras y las expresiones vulgares. En el fondo estaban los silencios, en el fondo se agazapaba alguna otra cosa, anterior a las palabras. Lo bueno es que, medio en broma, era ella la que siempre me acababa confesando más detalles de su vida y de algún ex novio brumoso de esos de Messenger y quita y pon. Llegados a ese punto, yo siempre prefería mantener un discreto hermetismo; más que nada, porque ya se sabe que un antifaz siempre lo vuelve a uno más interesante a ojos de los demás, sobre todo de los treinta para adelante.
Una tarde, al salir del trabajo, fuimos a tomar un café a un centro comercial que hay cerca del puerto, porque es triste decirlo, pero este era el único aliciente de nuestro trabajo, que estaba cerca del puerto y al salir podíamos ir a pasear por el muelle. Era una tarde radiante, de esas de principios de mayo en las que, a lo tonto, la puesta de sol se demora. Soplaba una brisa agradable y apetecía pasear. Fuimos caminando hasta las terrazas. Había mucho turista, todos fácilmente identificables, pululando, invadiéndolo todo en grupitos. Turistas que, en sus bien organizados países del norte, a estas horas probablemente ya estarían a punto de irse a dormir y que ahora iban cámara en ristre, con su gorro explorador, sus bermudas, sus cogotes enrojecidos y sus piernas blancas como carne cruda. Además, la presencia imponente de cruceros atracados en el muelle daba pie a planear viajes, las próximas vacaciones de verano, esa postal que ahuyenta el fantasma de los horarios y las órdenes y los pupitres... Hablar de viajes lleva casi siempre, por extensión, a destapar esa quimera que son nuestros proyectos e ilusiones más íntimos. Nos sentamos en una cafetería y Berta encendió un cigarrillo y se puso a hablar con pasión de Egipto, de las pirámides y del inevitable crucero por el Nilo que iba a hacer con sus compañeras de piso este verano: la película que explica últimamente todo el mundo, un escenario exótico de palmeras, dunas y oasis, la vía de escape a los atascos y las conversaciones de ascensor, todo en un mismo paquete turístico de oferta en las agencias de viajes. El turismo actual es como una película de serie B, con mediocres actores contratados por horas y decorados de cartón piedra tipo Cecil B. de Mille. De todos modos no me parece mal el mito de Oriente, aunque yo, para darle un giro a mi vida, como hace el talentoso Ripley a golpe de remo y no precisamente remando, preferiría alguna isla griega con aroma de tomillo y silencio absoluto de las tres de la tarde, relojes derretidos; si yo tuviera valor, sería el prototipo del aventurero decimonónico sin más ataduras que un billete para el próximo ferry a Naxos. En todo caso, me conformaría con no viajar como el típico turista, pondría todo mi empeño en salir de mi burbuja y ser completamente otro, empezando por asimilar algo del idioma y las costumbres foráneas.
Tema zanjado. Pausa. Conveniente cambio de postura. A continuación pasamos al tema siguiente y recurrente: el trabajo. Es el tipo de conversación que crea complicidad y no compromete en exceso, pero que le permite a uno definirse por oposición a los demás, recortar su propia silueta dando tijeretazos alrededor. Subtema: cotilleos. La histérica de contabilidad. Detalles: aquella vez que, en invierno, no nos funcionaba la calefacción, ella trabajaba con el anorak puesto, un anorak rosa de plumón; o también, por las mañanas, subir en el ascensor con gafas de sol. Parece que, desde que tenía una relación estable, estaba menos histérica que de costumbre e incluso más amable y distendida. Se había echado novio, y le hacía partícipe a Berta, con total confianza, de sus dudas acerca de la maternidad. Hasta se iba a mudar de piso. Eso es lo que aporta una relación estable, más estabilidad. Yo fingía interés, pero ya tenía la cabeza en otra parte, llena de hidrógeno y ascendiendo hasta la estratosfera. Hablar de viajes me había provocado una ausencia inexplicable. Un vacío. A mi alrededor, entre Berta (que además no para de fumar, no puede dejarlo) y yo. Por todas partes, en todas las cosas. Un vacío absurdo y extraño, un haberse quedado todo sin alma, como cuando el huracán lo ha arrasado todo.
Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado, se lo metió en la boca y se lo tragó. Continuó tragando bolas de papel toda la mañana. Las masticaba lentamente, salivando, hasta conseguir una pasta homogénea. Así no se atragantaba. Lo hacía a escondidas, para que sus compañeros de oficina no se dieran cuenta.
Enviat per Carlos Arnal a las 10:09
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Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado.
Sobre su mesa había un montón de bolas de papel, y ella parecía agobiada.
- ¿Qué estás haciendo, Miriam? – le pregunté.
- Mañana he de ir a renovar el DNI. Odio mi firma.
Hizo otra bola y la arrojó con desgana junto a las demás.
- Yo que tú, intentaría algo sencillo. Prueba escribiendo sólo tu nombre.
- ¡Venga ya, qué simple!
Al día siguiente, Miriam volvió con su nuevo carnet. Su expresión al enseñármelo era todo un poema: se había quedado en blanco delante del funcionario y había firmado con una equis.
Enviat per Carlos Arnal a las 20:58
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Un hombre corriente va caminando distraído por la calle y sin querer le da una patada a una lata de coca-cola, de manera que libera a un genio que no llevaba ni siquiera una eternidad encerrado. El genio, que es novato y no está muy seguro de si tiene que mostrarse agradecido por una liberación tan prematura, concede finalmente tres deseos al hombre corriente.
– Pide lo que quieras – le dice poniendo voz altisonante y estentórea – y te será concedido, concedido, concedido…
– Quiero mujeres atractivas. – dice, recitando las palabras exactas para esta solemne ocasión – Quiero riquezas in-men-sas. Quiero vivir eternamente para disfrutar de las susodichas mujeres y riquezas.
Entonces, ¿cómo podemos saber que esto no es un sueño? —decía Ana. La teníamos rodeada.
– Si no estás segura, pellízcate – le respondíamos con buena lógica. Éramos razonables.
Entonces Ana cerraba los ojos, se retorcía fuerte la piel y apretaba los dientes. Luego abría los ojos y nos miraba con expresión desolada.
– ¿Cómo? – decía, al ver que no nos habíamos ido.
Y para demostrarle cómo, nos abalanzábamos sobre ella y le cosíamos a pellizcos. Chillaba y pataleaba para despertarse.
Ana. Sí, la recordamos. “¿Cómo podemos saber que esto no es un sueño?” Eso decía.
Estaba por ejemplo sola, fumando, la mirada extraviada.
– Hola – era siempre lo mismo – ¿Ya te has despertado, Ana?
Enviat per Carlos Arnal a las 12:35
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Y la semana pasada, no recuerdo qué día, fui paseando al "punt verd" de mi barrio, que está situado en un parque, a llevar ropa vieja y aerosoles desechados ("aerosol", palabra poética hecha de aire y sol). Voy una vez al mes o cada dos, sobretodo desde que descubrí que, junto al los contenedores, hay una mesa con libros expuestos (que otros han dejado allí, junto con la tostadora o las bombillas fundidas) para que se los lleve quien quiera. Casi siempre son superventas pasados de moda, libros de esos que acompañan a las ediciones dominicales de los periódicos, libros de novelistas rarísimos, libros de texto, libros de tapas con arabescos dorados… Casi siempre su abandono parece justificado. Todos están cubiertos de polvo, de manera que me ensucio las manos mientras los revuelvo, y me hacen estornudar. A veces encuentro alguno que vale la pena y lo agarro con esa satisfacción íntima de quien desentierra un pequeño tesoro (que al parecer era un estorbo para otros). Así, el otro día cayeron estos tres:
Cuando quiero deshacerme de algún libro, yo también lo llevo al "punt verd". De este modo, practico el bookcrossing, que queda tan moderno en inglés, o sea cruzar libros, intercambiarlos; y también desprenderse (aunque siempre con un poco de pena, cancamurria o zangarriana, según el día (María Moliner dixit)), desprenderse digo, de esos libros que, por lo que a ti respecta, no te vas a leer nunca, o que, una vez leídos, sabes positivamente que no merecerán una segunda vez, porque han caducado; porque tú, lector, ya eres otra persona distinta con otros gustos.
Lo malo de tanto quita y pon, es que nunca consigo despejar las estanterías, sino que el balance entre los libros que recojo y los que compro está descompensado y el stock aumenta. Y eso que el año pasado ya me deshice de “Guerra y paz” y de “La montaña mágica”, ambos en dos voluminosos volúmenes de tapa blanca, también del Círculo (la traducción no me pareció muy buena para emprender una lectura concienzuda, me sabe mal, ya sé que son biblias de la literatura, etc.), pero otros libros han pasado ya a ocupar su lugar. Y ya se sabe que, libro que no has de leer...
En un lejano país existió, hace muchos años una oveja negra.
Fue fusilada.
Un siglo después, el rebaño arrepentido le levantó una estatua ecuestre que quedó muy bien en el parque.
Así, en lo sucesivo, cada vez que aparecían ovejas negras eran rápidamente pasadas por las armas para que las futuras generaciones de ovejas comunes y coorientes pudieran ejercitarse tambíen en la escultura.
A. Monterroso