27/02/2008

Blues














Escalofrío eléctrico,
precipitado
en un rincón latente.
En momentos así
la boca es un signo
escrito con los labios,
girasol rugiente
de dientes, lengua, saliva
con el regusto de tu nombre
pegajoso.
Un día yo te conocí.
Pero el humo es quizá lo más cierto
a estas horas.
El humo y los sueños que flotan.
My baby’s caused my heart to bleed.

Nada más. Otro día. Cada día.
Transitar por calles y sábanas.
Inercia del desvarío.
Aridez.
Escaparates.
Gente, gente, gente.
Con las tijeras de los ojos
recorto postales en forma de llave,
paisajes de algo que está lejos
y es azul. Es azul.
Arrastro los pies con el ritmo del cansado,
de la escoba,
pisando baldosas mojadas.
Te busco.

Te busco en el espejo de los charcos.
Se asoma la seca raíz de mis sueños
y chapotea la esperanza
como un niño.

Como un niño
echo a volar pájaros pequeños.

Tantas hojas caídas
son los años del mundo.
Y las estrellas son cometas
perdidas en el cielo.

Deseo ciegamente. Deseo
como un bicho que escarba.

Yo te busco.
Te busco en cada palabra,
en cada silencio,
(tu ausencia es un pentagrama).
En domingos de luto.
Yo te busco.

Si pudiera arrancarme la piel,
sacarme las vísceras calientes,
los recuerdos aún tiernos,
vaciarme por completo,
yo sería tú
(a un paso menos de ser yo,
y a un paso más de no ser nada).
Yo que te llevo tan dentro,
despojado de todo,
sería finalmente tú.

Yo soy fiel a tu reflejo
(por si acaso un día vuelves).

De otro amor no guardo la memoria
ni en la carne, encerrado, su recuerdo.

25/02/2008

Ayuda

  • Ayúdame...
  • No insistas. No puedo ayudarte.
  • ¿Ves? Este lápiz es muy corto. Lo he mordido tanto que ya no sirve. Y este otro tiene la punta rota. Ese pesa tanto que no puedo sostenerlo. Ese que está en el suelo lo he arrojado antes contra la pared porque chirriaba. Y mira mis manos: las tengo pegajosas de sudor. Qué pena de dedos, en carne viva.
  • Lo siento. Ya no me quedan más lápices. Ni tampoco tiritas.
  • Y esta luz no es la adecuada. Es como un látigo. Me escuecen los ojos. Estoy que echo humo por las pestañas. Con un buen flexo y una bombilla halógena todo iría mucho mejor.
  • Es curioso. Como si no supieras que has venido aquí precisamente a quemarte las pestañas, a dejarte los ojos. Como si esto fuera algo nuevo para ti. Es el precio que se paga por ver cosas que los demás no pueden ver. Pero puedo ponerte esta pomada para la irritación ocular. Porque me caes bien. A ver, mírame, abre bien los ojos... ya está.
  • Ya noto alivio. ¿No tienes nada para el dolor de cabeza?
  • Ten, trágate esta pastilla.
  • Sin agua no puedo. Tengo la garganta seca.
  • No me está permitido darte agua.
  • Entonces déjame salir a mí a buscar agua. Déjame salir. Nadie se dará cuenta.
  • No. Ya sabes que no puedes levantarte de la mesa hasta que acabes tu trabajo.
  • Será un minuto. Ir a la cocina y volver. Nada. Un minuto. Un trago de agua. Te lo pido por favor. ¡Desátame!
  • Ten esto claro: no voy a jugármela. Y menos por ti. Además ya se te informó de las condiciones con antelación. Si ahora no te gusta, atente a las consecuencias.
  • ¡Que me desates!
  • Los supervisores no estamos autorizados para desatar. Sólo recogemos las quejas y las derivamos. Intervenimos lo mínimo necesario. Eso también lo sabes. Haber escogido ser supervisor. Se vive bien. Ahora no te verías en este estado lamentable.
  • ¡Eso nunca! ¡Supervisor torturador!
  • Sois todos iguales. ¡Ratas! No voy a dejarte salir por mucho que llores y patalees.
  • Tengo que ir al lavabo.
  • No voy a desatarte aunque te lo hagas todo encima.
  • Tengo más quejas, aparte de la luz. Apunta. Apunta en tu libreta que esta mesa cojea. Y el clac clac clac machacón de las goteras, todo el rato. ¿No oyes las gotas? ¿No las oyes? Hay una que me está dando justo en el cogote. Apunta eso. Y también que el musgo se come los papeles ¿Así cómo quieres que...?
  • ¡Calla! ¡Cállate de una vez! No me obligues a sacar las arañas.
  • ¿Así cómo quieres que...? No encuentro la palabra. Ni siquiera encuentro la palabra adecuada. Así cómo quieres que...
  • Tú te lo has buscado. ¡Que entren las arañas!
  • No, no, no. Ya me callo. Me tragaré la aspirina. Voy a acabar con esto. Entonces podré irme, ¿verdad? Por favor. No dejes entrar a las arañas. Dame la aspirina. Voy a acabar mi trabajo. No estamos tan mal, aquí.

10/02/2008

Olores

El lunes a primera hora llegó la peste a la oficina. Había un olor denso, tibio, similar al de la col hervida que hacía mi madre. Recuerdo que nada más salir del ascensor, ya se percibía en el rellano. Era fácil adivinar lo que había para comer antes de entrar en casa. Col hervida con patatas. Es una de las cosas que más recuerdo de mi madre. Esta vez era el mismo olor pero a gran escala, como si un bulbo gigantesco se estuviera cociendo a fuego lento debajo de nosotros y el vapor lo invadiese todo. A lo largo de la mañana, la peste a col se había propagado por las plantas superiores, mezclándose con el tufo a humanidad propio de los edificios mal ventilados. Tenía la ropa y el pelo impregnados. Aquella misma noche, al volver a casa, me duché a conciencia. Acabé con la piel enrojecida de frotar tan fuerte con la esponja, pero satisfecho y oliendo a limpio. En los lavabos de la oficina era incluso peor. La peste a col hervida se solapaba con las emanaciones naturales de los váteres. Se ve que las cloacas tienden a regurgitar toda la mierda que les echamos. Y no digamos aventurarse a sacar un café. Aquel fin de semana la leche que había dentro de la máquina se había cortado y el hedor agrio era insoportable. En momentos así se me pasa por la cabeza dejar el trabajo, dejarlo todo, irme lejos a la montaña. Volver a la naturaleza. Respirar aire no contaminado. Es una nostalgia recurrente. Toda nuestra civilización se basa en eso. La nostalgia típica del urbanita.

Consecuencias del efecto ántrax. Se invocaron las normas de seguridad e higiene en el trabajo. Se propuso desalojar las instalaciones por un tiempo. Mira por dónde igual nos largaban a casa. De forma espontánea todos los empleados adoptamos una estrategia teatral, con gestos como taparnos la nariz y arrugar el entrecejo. Así resultaba más convincente. Investigarían el foco de la peste y se tomarían medidas. La ocasión dio pie, entretanto, a un debate jocoso: la inevitable comparación y el establecimiento de diferencias cualitativas entre aquel olor y el rastro a sudor rancio que dejaba José Miguel, el conserje, al pasar con el carrito de la correspondencia. Había división de opiniones. José Miguel era el único de toda la oficina que se seguía tomando su trabajo con un celo ejemplar, sin quejarse, como si no pasara nada. Aquel estado de emergencia parecía estimularle.

El misterio se resolvió el miércoles, cuando la situación era insostenible. Algún que otro compañero de trabajo se había tomado el día libre y en el servicio médico ya atendían los primeros mareos. Ir a vomitar al lavabo no hacía más que empeorar las cosas. Lo anunciaron por la megafonía y casi todos nos lo tomamos a broma. Nuestro edificio se halla en el barrio portuario, en una zona turística plagada de restaurantes y marisquerías de cierto renombre, donde acuden turistas pudientes y hombres de negocios trajeados y con gafas de sol. Cerca hay también un centro comercial con bares, tiendas, sala multicines y un acuario que exhibe tiburones blancos. Uno de esos restaurantes, en los bajos del edificio, estaba cerrado por vacaciones. El rincón de la gamba, o algo así. Por culpa de una caída fortuita de tensión en el diferencial del suministro eléctrico, la comida almacenada en las neveras se estaba pudriendo. El dueño no estaba localizable. Todo – piezas enteras de carne, cajas de pescado y marisco, verduras de la huerta, docenas de huevos frescos – se corrompía en el más absoluto abandono sin que, de momento, nadie pudiera remediarlo. Tres o cuatro bogavantes flotaban inertes en las tinieblas verdosas de la pecera. Los helados se habían convertido en una sopa desleída que rezumaba por la puerta del frigorífico. La lechuga se había renegrido. Habría que ver la expresión de asco y estupefacción del dueño cuando regresara y descubriera las reservas de comida en descomposición, pasto de ratas y gusanos; cuando la luz diera paso al espanto sordo de decenas de cucarachas en desbandada. Después se supo que no, que el dueño no pondría ninguna cara porque había muerto – fulminado por un infarto, se dijo – poco después de bajar la persiana y echar el cierre, tal y como se desveló cuando la policía franqueó la puerta trasera del local. Descubrieron allí mismo el cadáver infestado de cucarachas y sobrevolado de moscas. Ni tiempo a sacar la llave del bolsillo. En la puerta del restaurante todavía estaba colgado el letrero de cerrado por vacaciones.

Nocturno



El autobús nocturno corre disparado en una contrarreloj por las calles sin tráfico. A la luz aséptica del interior, las ventanas son como espejos de mercurio que devuelven al pasajero su reflejo espectral contra un paisaje urbano que cae hacia atrás, hacia un olvido más rápido que el pensamiento. Casa, árbol, farola, farola, casa, árbol. Hay una presencia expectante ahí afuera, en el aire congelado de la madrugada. Suerte que estás tú aquí, sentada a mi lado. No dices nada, qué vas a decir. Para rescatarme es suficiente la premura de tu mano entrelazándose en la mía, el fervor en tus mejillas al acercar tu rostro y besarme como sólo besas tú: asidua, carnosa, pelirroja. ¡Que salten todas las alarmas! ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué locura es ésta? Yo no tengo respuestas, sólo un sabor a licor muy dulce en la boca y ese runrún en el estómago ya hace rato. En mi cabeza se reproduce la secuencia de los actos con una lucidez y un deleite que nunca hasta ahora había experimentado: la increíble expectativa de una cita al salir del trabajo (has salido cambiada del vestuario, con los labios pintados y el pelo suelto), el bar musical y esa penumbra que las palabras van iluminando, ese palabras de torbellino que es conocerse, y abajo la servidumbre del reloj, sentir la sangre, el pulso sin cifra, inventar un largo, largo paseo por la avenida arbolada, todavía hay gente por las terrazas, quién tiene prisa una cálida noche de verano como esta, el flash del fotomatón (la ristra de nuestras fotos carnet aún frescas), la marquesina de los autobuses en la plaza, perder el tuyo en un descuido (pero en realidad ambos sabemos, aunque hagas un amago de correr), mira, detrás ya llega el mío, y llamarte con la voz de una mirada instantánea, tu resistencia al impulso sin resistirte nada, responderme con una mirada fulminante de aquiescencia. Subir conmigo.

Nuestra banda sonora proviene de la radio del conductor, una canción apenas audible con el traqueteo de los vidrios y el autobús entero que vibra. Tragando saliva circundamos una rotonda y, dando un acelerón para saltarnos el semáforo que cambiaba de ámbar a rojo, tomamos por una calle ancha y flanqueada por bloques de pisos. Es aquí, en la siguiente parada. Nos ponemos de pie, prodigio de equilibrio y sacudidas y, venciendo la inercia que tira de mí, paso el brazo por tu cintura y pulso el botón amarillo de la barra. El autobús reduce, frena en seco, se detiene ronroneando y nos devuelve a tierra, contagiados de velocidad. El acordeón de las puertas resopla y el autobús arranca de nuevo. Desde el puente lo vemos alejarse, empequeñecerse, nada, un puntito de luz indistinto en la reverberación de luces automáticas de la ciudad.

Yo vivo en un ático destartalado y para colmo sin ascensor. Espiral de escaleras, nuestras voces entrecortadas rebotan y se multiplican por el rellano. A medida que subimos el corazón late más fuerte, más fuerte bajo la mano, imposible detener ese mecanismo de relojería a medida que llega la hora. Asomados a la barandilla, jadeando, el pozo de la planta baja abierto en picado a nuestros pies. Nos besamos. Estalla la bomba. Irrumpimos en el ático tan a deshora, tan en ninguna parte, pero bajo un cielo que es como un mar del revés cuando consigues abrir las puertas de madera del balcón (siempre se atascan y hay que tironear y abrirlas de par en par). Allí enmarcada está la noche. Ante la vista se extiende mi reino de tendedores de ropa y antenas y esos enormes gusanos de hojalata que son los conductos de la ventilación. Es tarde, es ese profundo silencio reptando de dentro de las sombras. A estas horas todo el mundo duerme. Yo no puedo. Estoy solo y pienso mucho. Te echo de menos. Se ha levantado un viento gélido que me consume el último cigarrillo de una noche extraña entre los dedos. Un viento que sacude las ramas deshojadas, y despierta a los árboles abajo en la calle. Recuerdo el verano como una fruta brillante. Es la soledad de amar al enemigo.

Bitácora de (re)creación literaria

Otras voces, otras habitaciones