Cuántas veces tenían que repetirle que se apartase y les dejase hacer su trabajo, que ellos eran profesionales. César sólo quería decirle a Sara que no se preocupase, que él también estaba allí y que por eso todo iría bien (mira por dónde, él que por convicción siempre se había opuesto a los tópicos y ahora lo único que se le ocurría era una sarta de idioteces), aunque de todos modos no estaba seguro de sí Sara percibiría su presencia entre tanta gente, inconsciente como estaba, el pelo por la nariz, por la boca, por los ojos. Un corro de curiosos se había congregado en el lugar del accidente, la carretera local que pasaba junto a la plaza de la estación, donde hasta hace apenas unos instantes las palomas campaban a sus anchas, gorjeando y picoteando, y un corro de madres se demoraba junto a los cochecitos, charlando, pendientes de los niños que correteaban en torno a la fuente. Cuando el largo frenazo de un coche arañó la calzada, se rompió el cuadro costumbrista: las palomas, asustadas, echaron a volar y fueron a posarse por las cornisas de los edificios contiguos, y las madres recuperaron a sus hijos. Inmediatamente después de aquel aleteo frenético, se produjo un silencio sobrenatural, incontestable. El haz intermitente de la sirena de la ambulancia barría las siluetas de la gente: había jubilados, había transeúntes, y había quienes, como César, iban a la estación a coger el tren de vuelta a casa. Algunos testigos presenciales del accidente comenzaban a romper el silencio incómodo y ofrecían su propia versión de los hechos: al parecer la chica había cruzado la calle sin mirar con el semáforo en rojo, y un coche que venía embalado por la izquierda se la llevó por delante. Claro, porque esta juventud no tiene cuidado y sí, pero también la carretera no tendría que pasar por dentro del casco urbano, no es la primera vez que atropellan a alguien, el ayuntamiento nunca hace caso de las reiteradas protestas vecinales, ni de las improvisadas pancartas que cuelgan de los balcones. ¿Es que nadie se daba cuenta de que no dejaban respirar a Sara? ¿Por qué se metían donde no les habían llamado? Maldita sea. César tuvo que desviar la mirada y contener una indignación creciente que le asomaba por los ojos, para no empeorar las cosas. Un guardia urbano tomaba declaración al conductor que, visiblemente aturdido, contestaba con monosílabos al rutinario cuestionario mientras mantenía una gasa presionando la ceja para contener la hemorragia, nada serio, sólo un rasguño comparado con Sara, que allí tirada en el asfalto ya no era la Sara que César recordaba, o quería recordar, justo ahora que acababan de discutir y ella había salido corriendo tras él, ella que siempre fue (¿siempre fue?) tan melodramática, tan en el papel de la heroína romántica. Y el tipo aquel volvería a casa aquella misma noche y se abrazaría a su mujer, visiblemente traumatizado, y le contaría lo ocurrido, y a otra cosa. Y ahora César se reprochaba a sí mismo que todo fuera un poco predecible, que todo el mundo tuviera su papel asignado en la vida como los personajes de las series de televisión, y que, estando envuelto en todo aquello, al mismo tiempo tuviera la capacidad de verse desde fuera y reservarse la reacción para más adelante, manera discreta de rebelarse contra el papel dramático que le había tocado y que no quería, que no quería (qué mejor manera de fastidiarle el guión al Creador Supremo que revivirlo todo en la soledad posterior, cuando lo peor ha pasado y es la hora lunática del insomnio, de levantarse por la noche a apagar una sed que no quiere agua). Los enfermeros manipulaban a la accidentada con sumo cuidado, siguiendo el protocolo habitual de los primeros auxilios (“piensa, César, piensa que esto no es la primera vez que pasa y que todos los días hay accidentes y que a diario mueren personas tan anónimas como Sara; que esto que para ti es una excepción, para los tipos de la ambulancia, tan profesionales, es el pan de cada día, y para el redactor del diario es chica atropellada al cruzar la carretera”). Le cortaron la blusa de arriba abajo con unas tijeras, le colocaron una mascarilla de oxígeno, y a la de tres la depositaron en la camilla, la taparon con una manta y la inmovilizaron con las correas. La camilla, aquel artilugio diabólico, desplegó sus patas metálicas y se alzó del suelo. Dando una sacudida, comenzó a avanzar chirriando de manos del enfermero que la empujaba, mientras su compañero sostenía a mano alzada el suero intravenoso enchufado al brazo inerte de Sara. La camilla se plegó de nuevo para alojarse en la parte trasera de la ambulancia, precedida por uno de los enfermeros, que se inclinaba sobre el pecho de Sara y la auscultaba, y estaba muy pendiente de su evolución. Cuando se acercó a preguntar a dónde la llevaban, César entrevió un momento aquel habitáculo donde convivían bombonas de oxígeno, medicamentos y artículos plastificados, algunos de sugerente color fosforito. Pero las puertas se cerraron de golpe y el vehículo arrancó a toda velocidad camino del hospital local.