Bitácora de (re)creación literaria

30 de enero de 2008

BREUS

BREUS, el programa de radio dedicado a la literatura: poesía, narraciones, cuentos, novedades editoriales, etc.

Hoy he sabido que tengo un doble. Se llama Carlos Arnal, como yo, y además escribe. Y de paso he descubierto un programa de radio que, entre otras secciones, incluye la lectura de textos enviados por los oyentes.

28 de enero de 2008

Manual de supervivencia

Todo el mundo sabe que, para salir a la calle con plena garantía de regresar indemne, hay que llevar algo en los bolsillos. Me refiero a un objeto secreto que podamos enseñar a los demás con cierto orgullo y que nos distinga del resto, o a cualquier tipo de comida con la condición de que no sea nutritiva. Vale, por ejemplo, un lápiz, una peonza, una pluma o una caracola, que son artículos inofensivos y, al mismo tiempo, subversivos. Los petardos tienen el inconveniente de que se les acaba saliendo la pólvora y ponen perdido de negro el forro del bolsillo y por extensión los dedos, aunque los más valientes opinan que igual vale la pena correr ese riesgo: nada escandaliza más a las personas escrupulosas en lo tocante a las normas de urbanidad y de higiene que un sonoro petardazo o una uña roñosa.

Los hay que prefieren pequeños animales vivos, insectos y reptiles de esos que se alojan sin dificultad en una cajita de cerillas. Observarlos a escondidas es el mejor antídoto contra el aburrimiento, y no digamos soltarlos en medio de la mesa sin perder de vista a dónde van, o abandonarlos a su suerte en territorio enemigo y ver cómo luchan con toda su alma por la supervivencia.

Las personas prácticas y de buena fe, disponen de una amplia gama de objetos útiles y bien catalogados, como los imperdibles o los mecheros, que siempre ayudan en los momentos difíciles; pero, por su misma idiosincrasia, el interés de dichos objetos se agota más allá del fin práctico para el que han sido fabricados, por lo que se recomienda no proveernos en exceso ni confiarles toda nuestra suerte. A aquellos que por naturaleza son más bien prevenidos, sí que se les recomienda empezar con objetos tipo goma de borrar o linterna de bolsillo, pero sólo como paso previo hasta que ganen confianza en sí mismos, porque a la larga estos objetos crean una dependencia malsana.

Pero es importante llevar algo. Un diente de dragón. Unas alas. Una pipa de la paz. Cualquier crío de siete años ha vivido el drama de andar por ahí sorbiéndose los mocos, con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, hurgando en su interior sin encontrar nada más que pelusilla; ni siquiera un botón, sobretodo si es de esos botones gordos que se les suelen caer a los abrigos; o un simple caramelo (sí: da igual si es redondo, de naranja o de fresa ácida), no hay mejor sonido que esa mezcla de crujido y delicia al desenvolver un caramelo, ceremonia que culmina en paladearlo mientras el azúcar se deshace, los labios y la lengua teñidos de un rojo empalagoso.

Hay niños y niñas tristes que serán adultos tristes con los bolsillos vacíos o, en el peor de los casos, llenos de objetos útiles y prescindibles, como el cambio y la lista de la compra arrugada y descolorida. Hay que estar prevenidos, nunca se sabe lo que nos puede pasar. Tened en cuenta que a las personas se nos conoce por lo que llevamos encima: lo primero que hace la policía para identificar a un cadáver anónimo, de esos que a veces duermen en un banco del parque, es registrar el contenido de los bolsillos. Imaginad su confusión, su melancolía administrativa cuando al hacer inventario encuentran una hoja seca de plátano o un muñequito hecho de alambre. Imaginad la cara de estupor que se le pondría a un agente si, al pedirnos los papeles en un control rutinario, en vez del esperado DNI le entregásemos la hoja arrancada de una libreta en donde se pudieran leer palabras no reglamentarias. Palabras y no datos.

Por eso, antes de salir de casa, vale la pena entretenerse a buscar algún objeto para guardarlo en el bolsillo, aunque lleguemos tarde a nuestra cita. Y si no tenemos nada al alcance de la mano, lo improvisamos. Los retrasos por este motivo son perfectamente disculpables. Llevad poemas en vuestros bolsillos. Llevad, si queréis, bichos de esos que tienen caparazón y no paran de mover las patitas y las antenas. Llevad el talismán de una civilización perdida. Llevad flores marchitas. Pero nunca, nunca salgáis de casa con los bolsillos vacíos.

27 de enero de 2008

Paciencia

– Flu.
– ¡No! ¡Rotundamente, no! Fíjate cómo lo hago yo: MI. MI. MI.
– Flu.
– Pero si es muy fácil. Haz el favor de fijarte en los labios: DO, RE, MI. ¡MI!
– ¡FLU!
– MI.
– FLU.
– Los labios. DO. RE. MI.
– FLU, FLU… ¡FLI! FLIFLIFLIF…
– No. No. No. Esto no es así. No estás prestando atención.
– ¡FLI!
– Así nunca llegarás a ser nada en la vida.
– ¿Flu?
– No tienes remedio. Un fracasado. Eso es lo que serás. ¡Inútil! Vuelve a tu pupitre. ¡Niños, callad! A ver, el siguiente.
– Fli.


24 de enero de 2008

Ambulancia (II)



Sara. Quien sabe si algún día, el día menos pensado, un mago te hará salir a escena y te sorprenderá con un hábil juego de manos. Nada por aquí, nada por allá y se sacará de la manga un espectacular ramo de flores (cualquier flor que pudieras nombrar, cualquier perfume, estaría en ese ramo), toma Sara, son para ti. Hundirás tu sonrisa agradecida en la fragancia de las flores, cómo te brillarán los ojos en ese momento tan especial. ¡Qué detalle! ¡Son preciosas! Qué va, Sara, si son de plástico, pero a que dan el pego. El mago resultará ser el revisor de un tren que le tiende la mano a una pasajera para validar el billete. Un tren al que un día muy triste te subirás, muy triste, Sara, huyendo de la tristeza. Dondequiera que vas, la oyes arrastrarse tras tus pasos con tiernos crujidos de hojarasca. Por eso caminas deprisa.

El tren aminora la marcha y se detiene en medio del túnel. Es de una indolencia desesperante. Un ala oscura ensombrece el semblante de los pasajeros diseminados por el vagón. Y si el tren se queda allí abajo, parado en una vía muerta, en las tripas laberínticas de la ciudad. Para cuando descienda el equipo de rescate ya no quedarán supervivientes, todos asfixiados contra los cristales, como moscas, y los porqués sin respuesta. ¿Qué pasa? ¿Por qué no avanzamos? ¿Por qué no contestas a mis llamadas? Qué más da, si el curso de las cosas se tuerce inexplicablemente de un día para otro, si nadie puede luchar contra esa inercia de ida y vuelta que alterna atracción y repulsión entre dos cuerpos dados. Sólo esperar en el túnel a que el tren se digne a ponerse en marcha. Por favor. ¿De dónde sacar fuerzas de flaqueza? La verdad es que a Sara no le importa llegar tarde, de hecho le da igual llegar, porqué su regreso recuerda demasiado a una sumisión, y está cansada. Sólo quiere que el tren se ponga en marcha, ir a donde sea con tal de moverse, salir disparada en la flecha de un tren con destino a.

Sara se revuelve inquieta dentro de un ataúd. Araña la tapa. Las astillas le laceran las uñas. Se revuelve. Le falta el aire para escupir los gusanos de la lengua y pedir ayuda a gritos. Se ha despertado. Se ha despertado y no está enterrada viva y su lengua no es un nido de gusanos. Está tendida boca arriba en la cama, desnuda, destapada. A su lado, dándole la espalda, algo respira satisfecho bajo la manta polvorienta, acompasadamente, César. Sara aspira una generosa bocanada de aire hasta colmar los pulmones. Le duele el pecho. En la penumbra del dormitorio, Sara no encuentra sus pies. Deben seguir estando al final de sus piernas grises. Mueve los dedos para comprobarlo. Sale descalza al pasillo, tiritando, con la camiseta talla XXL que ha tomado prestada de un cajón del armario y que al menos le cubre hasta las rodillas. El corredor es otra vez un túnel a oscuras. Sara tropieza con restos de la fiesta esparcidos por el suelo sucio: vasos que ruedan como bocas abiertas, serpentinas que se enredan en los dedos de los pies. Claro, la fiesta. Claro, la habitación furtiva en casa de su hermano. César flirteando con otra como si ella no estuviera. Y esa manera en que César la había poseído luego, poseyendo a otra a través de su cuerpo, pasando hacia la otra por la puerta abierta que era Sara. Y ella consintiendo igualmente a un placer que no le estaba destinado. Tanteando la pared, oye crujir un somier al otro lado de la puerta cerrada de la habitación. Entra en el cubículo hediondo que es el lavabo después de la fiesta y levanta la tapa de plástico del retrete. Antes de sentarse, recubre el borde de la taza con tiras de papel higiénico. El fluorescente sobre el espejo da una luz blanquecina, como de laboratorio. Sara contempla, ensimismada, la retícula de baldosas blancas que reflejan su imagen lechosa. Al tirar de la cadena que cuelga de la cisterna, Sara ve ahogarse un bebé en el fragor del remolino, su bebé que no nacerá nunca, su cuerpecito resbalando como un pez, sus manitas, sus pies aun no formados del todo, mi pececito frío. Se está ahogando, el pelo por la nariz, por la boca, por los ojos. Está inmovilizada, la alzan de suelo en el doloroso aire de cristal. Oye voces, una congregación de sombras murmurando a su alrededor. Se la llevan.


23 de enero de 2008

Mañana será otro día


La lluvia había dejado las Ramblas casi vacías y sólo quedaba gente agrupada en el café encristalado donde, desde meses atrás, no la dejaban entrar.

La Sonia, de pie en el portal de la casa vacía, vio que la lluvia pasaba fatigada, amansa llovizna, la vio cesar mientras crecía el frío del viento, y pensó que aquello era un signo de buena suerte. Un poco más lejos, del otro lado del ancho paseo, las luces de la ciudad comenzaban a encenderse. Empezaba la noche y respirando el aroma tristón de su abrigo mojado, la Sonia pensó que también empezaba la esperanza. Sonrió, sin creer de verdad, como una niña a la que le recitaban un cuento ya oído e inverosímil.

Volvió a tantear la rizada peluca rubia y con gran cuidado- tenía las uñas muy largas- fue estirando las medias caladas que sostenía el portaligas.

Volvió a sentir hambre y recordó que tenía un sándwich de jamón en el bolso. Pero no podía estropear el dibujo de boca que se había hecho con el rouge y con tanto cuidado. También recordó que hasta fin de mes estaba en orden con la policía y se obligó a caminar, acercándose al borde de las aceras para sonreír a los coches, mover las caderas y detenerse fingiendo buscar algo en la enorme cartera. Pero nada, nadie, y sin dinero para probar suerte en los bares donde todavía le dejaban entrar.

Era la noche y después fue la madrugada en el barrio sucio de la gran ciudad. Y Sonia, ya sin hambre, casi sin esperanzas continuaba caminando sobre el dolor de los tacones de aguja.

Se repitieron los diálogos breves con los hombres que pasaban.

– Vamos. ¿Vienes?

– Que te den por saco.

– Eso quiero. También yo te puedo dar si quieres enterarte.

Hombres y hombres y su asco por ellos. La luz limpia amenazaba llegar desde el puerto y las otras se iban apagando. Subió las escaleras pisando con las caras medias de seda. Abrió la puerta manchada

– ¿Cómo te fue?

– Como la mierda, nena. Estoy hambriento. Creo que teníamos una lata de sardinas y quedó pan del desayuno.

El chico, moreno y flaco, se levantó de la cama y se puso a revolver el armario; dijo con voz de mimo y queja:

– Todavía no me besaste.

– Ahora.

Frente al espejo, la Sonia se quitó la peluca y se acarició las mejillas.

–Otra vez barbuda.

Después se desnudó y estuvo mirando los pechos hinchados con parafina y el sexo que le colgaría tembloroso e inútil hasta después de las sardinas.

Juan Carlos Onetti

22 de enero de 2008

Hogueras

Nadie dormía. Había hogueras por todo el pueblo. La gente gritaba. Papá y mamá estaban muy asustados. No hablaban. Papá se levantaba a veces y miraba por la ventana. Mamá daba de comer a mi hermanito. Yo dibujaba nuestra casa, el camino y el huerto. Estaba orgullosa de mi dibujo. Sólo faltábamos nosotros. Entonces hemos oído gritos en la verja y papá me ha dicho: “¡Corre, Alala! ¡Al escondite! ¡Corre!”.

Cuando papá ha abierto la puerta, han entrado hombres con antorchas y machetes. Yo los conocía: eran nuestros vecinos. Delante iba tío Gwembesha, el hermano de papá. Siempre viene a visitarnos y me regala lápices de colores. Ahora le regalaba a papá su machete. A mamá y a mi hermanito no podía verlos desde mi escondite. A mí tampoco me podía ver nadie. Papá tenía el machete en la mano y miraba a mamá. Tío Gwembesha le daba cachetes y empujones, pero él no se movía; le gritaba, y él callaba y agachaba la cabeza. Papá hacía como yo cuando me he portado mal y me regañan.

Luego han salido de casa papá, tío Gwembesha, nuestros vecinos. Todos cantaban y levantaban las antorchas y los machetes, menos papá.

17 de enero de 2008

Ambulancia (I)

Cuántas veces tenían que repetirle que se apartase y les dejase hacer su trabajo, que ellos eran profesionales. César sólo quería decirle a Sara que no se preocupase, que él también estaba allí y que por eso todo iría bien (mira por dónde, él que por convicción siempre se había opuesto a los tópicos y ahora lo único que se le ocurría era una sarta de idioteces), aunque de todos modos no estaba seguro de sí Sara percibiría su presencia entre tanta gente, inconsciente como estaba, el pelo por la nariz, por la boca, por los ojos. Un corro de curiosos se había congregado en el lugar del accidente, la carretera local que pasaba junto a la plaza de la estación, donde hasta hace apenas unos instantes las palomas campaban a sus anchas, gorjeando y picoteando, y un corro de madres se demoraba junto a los cochecitos, charlando, pendientes de los niños que correteaban en torno a la fuente. Cuando el largo frenazo de un coche arañó la calzada, se rompió el cuadro costumbrista: las palomas, asustadas, echaron a volar y fueron a posarse por las cornisas de los edificios contiguos, y las madres recuperaron a sus hijos. Inmediatamente después de aquel aleteo frenético, se produjo un silencio sobrenatural, incontestable. El haz intermitente de la sirena de la ambulancia barría las siluetas de la gente: había jubilados, había transeúntes, y había quienes, como César, iban a la estación a coger el tren de vuelta a casa. Algunos testigos presenciales del accidente comenzaban a romper el silencio incómodo y ofrecían su propia versión de los hechos: al parecer la chica había cruzado la calle sin mirar con el semáforo en rojo, y un coche que venía embalado por la izquierda se la llevó por delante. Claro, porque esta juventud no tiene cuidado y sí, pero también la carretera no tendría que pasar por dentro del casco urbano, no es la primera vez que atropellan a alguien, el ayuntamiento nunca hace caso de las reiteradas protestas vecinales, ni de las improvisadas pancartas que cuelgan de los balcones. ¿Es que nadie se daba cuenta de que no dejaban respirar a Sara? ¿Por qué se metían donde no les habían llamado? Maldita sea. César tuvo que desviar la mirada y contener una indignación creciente que le asomaba por los ojos, para no empeorar las cosas. Un guardia urbano tomaba declaración al conductor que, visiblemente aturdido, contestaba con monosílabos al rutinario cuestionario mientras mantenía una gasa presionando la ceja para contener la hemorragia, nada serio, sólo un rasguño comparado con Sara, que allí tirada en el asfalto ya no era la Sara que César recordaba, o quería recordar, justo ahora que acababan de discutir y ella había salido corriendo tras él, ella que siempre fue (¿siempre fue?) tan melodramática, tan en el papel de la heroína romántica. Y el tipo aquel volvería a casa aquella misma noche y se abrazaría a su mujer, visiblemente traumatizado, y le contaría lo ocurrido, y a otra cosa. Y ahora César se reprochaba a sí mismo que todo fuera un poco predecible, que todo el mundo tuviera su papel asignado en la vida como los personajes de las series de televisión, y que, estando envuelto en todo aquello, al mismo tiempo tuviera la capacidad de verse desde fuera y reservarse la reacción para más adelante, manera discreta de rebelarse contra el papel dramático que le había tocado y que no quería, que no quería (qué mejor manera de fastidiarle el guión al Creador Supremo que revivirlo todo en la soledad posterior, cuando lo peor ha pasado y es la hora lunática del insomnio, de levantarse por la noche a apagar una sed que no quiere agua). Los enfermeros manipulaban a la accidentada con sumo cuidado, siguiendo el protocolo habitual de los primeros auxilios (“piensa, César, piensa que esto no es la primera vez que pasa y que todos los días hay accidentes y que a diario mueren personas tan anónimas como Sara; que esto que para ti es una excepción, para los tipos de la ambulancia, tan profesionales, es el pan de cada día, y para el redactor del diario es chica atropellada al cruzar la carretera”). Le cortaron la blusa de arriba abajo con unas tijeras, le colocaron una mascarilla de oxígeno, y a la de tres la depositaron en la camilla, la taparon con una manta y la inmovilizaron con las correas. La camilla, aquel artilugio diabólico, desplegó sus patas metálicas y se alzó del suelo. Dando una sacudida, comenzó a avanzar chirriando de manos del enfermero que la empujaba, mientras su compañero sostenía a mano alzada el suero intravenoso enchufado al brazo inerte de Sara. La camilla se plegó de nuevo para alojarse en la parte trasera de la ambulancia, precedida por uno de los enfermeros, que se inclinaba sobre el pecho de Sara y la auscultaba, y estaba muy pendiente de su evolución. Cuando se acercó a preguntar a dónde la llevaban, César entrevió un momento aquel habitáculo donde convivían bombonas de oxígeno, medicamentos y artículos plastificados, algunos de sugerente color fosforito. Pero las puertas se cerraron de golpe y el vehículo arrancó a toda velocidad camino del hospital local.

10 de enero de 2008

El asesino

Oyó sin sobresalto los cuatro golpes en la puerta, la voz autoritaria que le llamaba por su nombre. La pistola, junto al vaso de vino mediado, todavía estaba caliente. El cadáver acurrucado en el suelo comenzaba a enfriarse. Aún le quedaba una bala en la recámara. Despacio, se pasó la mano por la mejilla áspera. Apuró el vino.

Lluvia de estrellas

Alguien muy corriente (como yo, por ejemplo) se encuentra dos estrellas en el balcón y las recoge. Las contempla, diminutas, pálidas como escarcha, en la palma de la mano (al caer de tan alto, se enfrían y se encogen). No sabe qué hacer con ellas. ¿Pedir un deseo? ¿Y si son radiactivas? Las guarda en el cajón de la mesita de noche, pero ni siquiera sueña. “Lástima”, piensa el día que las tira a la basura, “con lo bonitas que eran.”

9 de enero de 2008

La paloma

Como cada día a esa hora, volvía del trabajo a casa pensando en sus cosas (por ejemplo en una escarola o en una pata de pollo fría, que le aguardaban en la nevera). De repente, una paloma en vuelo rasante chocó de frente contra él y le partió el corazón. Cuando abrió los ojos, descubrió que estaba tendido en la acera. La paloma, posada en su pecho, le daba mordisquitos en los labios.
– No te sorprendas – gorjeó la paloma torciendo el cuello – He venido a llevarme tu alma.
Quiso responderle; pero apenas abrió la boca, la paloma introdujo el pico, recogió su último aliento y se alejó volando.

8 de enero de 2008

León y cronopio


Un cronopio que anda por el desierto se encuentra con un león, y tiene lugar el diálogo siguiente: León.-Te como. Cronopio (afligidísimo pero con dignidad).-Y bueno. León.-Ah, eso no. Nada de mártires conmigo. Échate a llorar, o lucha, una de dos. Así no te puedo comer. Vamos, estoy esperando. ¿No dices nada? El cronopio no dice nada, y el león está perplejo, hasta que le viene una idea. León.-Menos mal que tengo una espina en la mano izquierda que me fastidia mucho. Sácamela y te perdonaré. El cronopio le saca la espina y el león se va, gruñendo de mala gana: -Gracias, Androcles.

Julio Cortázar. Historias de cronopios y de famas

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