15/04/2009

Primavera

Llegas de la calle
sonriente y mojada,
y estornudas,
y arrojas el bolso
en la silla vacía,
con ese gesto sólo tuyo
de dejarlo todo,
de borrarlo todo,
para venir a darme besos,
tus labios de uva.
Y un olor a lluvia bendice tu pelo.
Y huele a tierra en el centro tierno
de nuestro abrazo
creador de un mismo ser
que tiembla y ríe.
Mis manos
te buscan a su manera:
ciegamente,
como el ancla busca el fondo
feliz en su oscura caída.
Como la hierba,
que se abre paso y germina
verde en el aire redondo.
Tengo que tocarte,
tener tu olor alborotado,
dejar que mis manos se vayan llenando
de ti,
flores de carne asombrada.
Me gusta saberte así,
no sólo con los ojos,
imagen descarnada del recuerdo,
visible forma de la costumbre,
ídolo desenterrado
que adoro en soledad.
No.
Tengo que empapar mi cara
con el cuello de tu chaqueta.
Tengo que beberme el agua
que regala tu pelo.
Así te quiero,
arraigada
en cada hora de mis días,
árbol de mil cielos,
sonora casa de pájaros,
rama tendida en el presente puro,
sereno instante duradero,
centro en el que gira
cada abrazo nuevo que nos damos.

(Aunque ambos sabemos
de una tarde sin abrazos.
En esa tarde,
tu sonrisa,
la sonrisa que me dabas,
tiembla y se cae,
estremecida se cae,
como una hoja muerta).

Bitácora de (re)creación literaria

Otras voces, otras habitaciones