28/12/2008

Como quien oye llover

Óyeme como quien oye llover,
ni atenta ni distraída,
pasos leves, llovizna,
agua que es aire, aire que es tiempo,
el día no acaba de irse,
la noche no llega todavía,
figuraciones de la niebla
al doblar la esquina,
figuraciones del tiempo
en el recodo de esta pausa,
óyeme como quien oye llover,
sin oírme, oyendo lo que digo
con los ojos abiertos hacia adentro,
dormida con los cinco sentidos despiertos,
llueve, pasos leves, rumor de sílabas,
aire y agua, palabras que no pesan:
lo que fuimos y somos,
los días y los años, este instante,
tiempo sin peso, pesadumbre enorme,
óyeme como quien oye llover,
relumbra el asfalto húmedo,
el tiempo se levanta y camina,
la noche se abre y me mira,
eres tú y tu talle de vaho,
tú y tu cara de noche,
tú y tu pelo, lento relámpago,
cruzas la calle y entras en mi frente,
pasos de agua sobre mis párpados,
óyeme como quien oye llover,
el asfalto relumbra, tú cruzas la calle,
es la niebla errante en la noche,
como quien oye llover,
es la noche dormida en tu cama,
en el oleaje de tu respiración,
tus dedos de agua mojan mi frente,
tus dedos de llama queman mis ojos,
tus dedos de aire abren los párpados del tiempo,
manar de apariciones y resurrecciones,
óyeme como quien oye llover,
pasan los años, regresan los instantes,
¿oyes tus pasos en el cuarto vecino?
no aquí ni allá: los oyes
en otro tiempo que es ahora mismo,
oye los pasos del tiempo
inventor de lugares sin peso ni sitio,
oye la lluvia correr por la terraza,
la noche ya es más noche en la arboleda,
en los follajes ha anidado el rayo,
vago jardín a la deriva
entra, tu sombra cubre esta página.

Octavio Paz

16/12/2008

Después del baño

De mayor quiero ser guitarrista, como Paco de Lucía. Yo no me llamo Paco, pero es igual porque mi mamá sí que se llama Lucía. Mi mamá es más vieja que las otras mamás, quiero decir que tiene ocho veces los años que yo tengo (el otro día hicimos la multiplicación, pero ahora no me acuerdo). Mamá trabaja en un sitio que se llama oficina, que es lugar donde los mayores van a trabajar (al principio yo pensaba que era el nombre de una medicina, como el jarabe ese tan malo que me dan para la tos, una cucharada después de cenar). A mí todo eso no me importa, pero no me gusta cuando se meten conmigo en el recreo, y me dicen que si ella es muy mayor para ser mi mamá. Ella me dice que cuando yo sea mayor, voy a ser un gran guitarrista, que practique mucho. Yo le hago caso y me estoy dale que dale toda la tarde, ensayando falsetas. Cuando se me agarrotan los dedos de tocar, mamá me da friegas y besitos en las manos, sana, sana, me dice, y ya no me duelen. Mamá dice que cuando se jubile ya no tendrá que ir más a la oficina y que a ver cómo se las apañan sin ella cuando falte. Yo también quiero saber si puedo jubilarme ya, porque es muy duro tener que ser el mejor guitarrista del mundo, pero esperaré a que se jubile mamá, a ver qué pasa, por si le cambia el color del pelo o algo.

Mi papá hace el taxi, pero no es que lo haga sino que se monta en el taxi y lleva a gente por la ciudad, de paseo o porque llegan tarde a la oficina y no quieren ir en autobús. Me ha prometido que cuando yo sea más mayor me dejará ir con él en el asiento del conductor, para hacerle compañía. Papá de momento no va a jubilarse, porque las personas sólo se jubilan cuando son muy mayores, pero una vez estuvo a punto de dejar el taxi porque tuvo un accidente, se dio un trompazo como en las pelis de coches, me dice, y se abrió la cabeza igual que una sandía, ¿ves?, fíjate, y me enseña la cicatriz, y yo trato de imaginarme una sandía abierta y la cabeza de papá, debió de ser alucinante, yo era muy pequeño entonces. Por eso me dice que es peligroso conducir y que hasta que no me pueda abrochar el cinturón, no puedo acompañarle. Cuando le duele la cabeza, toco flojito para no molestarle. Y también si trabaja de noche, luego se pasa el día entero durmiendo y mamá y yo caminamos de puntillas y hablamos bajito. Pero a veces estamos los tres en el comedor, a ver, me dice, tócate algo, maestro, y yo le toco por alegrías, que me sale bastante bien y él me acompaña con las palmas y mamá a veces se canta algo, aunque no es muy de cantar.

Creo que a papá no le gusta la lluvia, le da coraje salir con el taxi, como ayer con la que estaba cayendo. Él estaba sentado con mamá en la mesa del comedor, afuera estaba muy oscuro, y él no se decidía a salir. ¡Toma, a ver quién es el guapo que sale de casa una noche así, que llovía canicas a puñaos! Entre eso y que hablaban para ellos, yo casi no me enteraba de nada, pero vi a papá levantar un vaso de vino y brindar por la Mari, que al parecer se fue por culpa suya una noche de tormenta, por la Mari, que esa noche sería su cumpleaños, y mamá que no le des más vueltas, Antonio, y él que déjame, que la Mari se ha ido, y mamá que no bebas más, que tienes que conducir, y cuidado no vayas a despertar al niño (pero yo ya estaba despierto, lo que pasa es que llevaba la capa invisible). Me imaginaba a papá teniendo un accidente y abriéndose otra vez la cabeza, ahora se la aguantaba entre las manos y se removía el pelo por donde la cicatriz, a ver si es que las cabezas se pueden abrir como si fueran cajas, yo por más que lo intento no puedo. Y luego que si “el niño” esto y “el niño” lo otro, y ya me tenían intrigado, qué habré hecho yo, si mi misión es portarme bien. Ahí casi me descubren porque se me escapó un suspiro, es que los oía hablar y parecían dos extraterrestres, papá y mamá de otro planeta, me daban miedo, pero como llovía muchísimo no se dieron cuenta y me agaché por si se les ocurría mirar hacia la puerta. Pero ¿y si no fueran mis padres de verdad? ¿Qué hago: entro y les digo que no puedo dormir? ¿Se enfadarán conmigo? ¿Se abrirá la cabeza de papá? ¿Se jubilará mamá allí mismo? Entonces veo que papá se pone a leerle una carta a mamá, vaya horas para leer, debía de ser muy importante porque no se entendía una palabra y además papá leía igual que yo, pero sí decía muchas veces tutela y luego al final, de lo cual doy fe, yo, el excelentísimo señor notario, etc. (el etc. lo ha puesto papá, como diciéndole al señor notario excelentísimo: sí, sí, tú sigue hablando).

Toda la noche he tenido pesadillas: soñaba con notarios y sandías que rodaban y soñaba que me caía de la cama, pero al despertarme estaba en el planeta tierra y tenía a mamá a mi lado, ahora era mi mamá Lucía otra vez y olía muy bien, como las flores secas, y no estaba enfadada conmigo, sólo tenía cara de dormida. Quiero preguntarle a ver qué es lo que tengo que saber, si es mucho ―el niño tendrá que saberlo todo algún día, decían (y dale otra vez con “el niño”)―, y también a dónde se fue la Mari una noche de tormenta, y qué le hizo papá, y si mamá está enfadada porque papá se ve que también la quería (aunque yo los quiero a los dos y no pasa nada). Me gustaría ayudar a buscar a la Mari, aunque no la conozco, y celebrar su cumpleaños. Los cumpleaños están bien porque te regalan cosas, por ejemplo una guitarra. Y a ver qué es la tutela, igual en la oficina de mamá tienen tutelas, no sé… Y para qué sirve. Después del baño, le enseñaré a mamá cómo escribo en letras mayúsculas y también haremos multiplicaciones.

07/12/2008

Julia

Comienzo a partir de un cuento de La prisionera, del escritor chileno Carlos Franz.


―No me dejes ser orgullosa, Simón ―le pidió―. No me lo permitas.

―Es tu derecho.

―Me estoy portando como una bruja. Me olvido de tus hijos.

―Guillermo me ha preguntado por ti al volver del entreno ―dijo Simón―. Enseguida se ha encerrado en su habitación, ya sabes cómo es. María se ha ido a cenar con unas amigas de la universidad.

―Diles…

―Julia… ¿No podríamos vernos y hablarlo con calma? Estoy cansado. Es muy tarde.

―Eres tan buena persona… sí, ya sé que no te gusta que lo diga. Pero es verdad: eres una buena persona. La clase de persona que yo nunca seré. Deberías colgar el teléfono y olvidarte de mí ―le temblaba la voz―. Para siempre.

Se hizo un silencio al otro lado y Simón aprovechó para cambiarse el auricular de oreja. Ahora que por un momento ninguno de los dos decía nada, se oía un ruido de fondo muy tenue, como si alguien estuviera pasando una lija despacio.

―No son horas, Julia. Por lo menos dime dónde estás. ―se aventuró Simón, y se encogió un poco, como preparándose para recibir un golpe en el estómago― ¿Estás… con él, verdad?

―Sí.

Los dos volvieron a quedarse callados.

―¿Te acuerdas del primer viaje que hicimos juntos? ―dijo Simón, de repente.

―Cómo no voy a acordarme ―dijo ella.

Porque uno de los dos tenía que ser el primero en colgar, pero cómo hacerlo sin sobresaltos, ella le aseguró que se sentía fatal, soy una mala persona, repetía, y él trataba de conciliar lo irreconciliable y le decía que ya encontrarían la manera de salir de ésta, que siempre lo habían conseguido, de todos modos puedes llamarme cuando quieras, a cualquier hora, se oía decir todas esas cosas como si hablara otro, mientras su mente se anticipaba al instante después de colgar, a ese monstruoso epílogo de silencio que forma parte de la historia apócrifa de la comunicación por vía telefónica, y si empezamos así no acabaremos nunca, ¿te das cuenta?, parecemos dos enamorados, y al pensarlo casi les entra la risa a pesar de que se les saltaban las lágrimas, mi amor, yo si quieres, ya hablamos otro día, más tranquilos, claro, y ella colgó y después de que ella colgase ―hubo un clic suave y la señal habitual de línea―, Simón continuó unos segundos con el auricular pegado a la oreja, y luego se lo quedó mirando antes de colgar. Durante un rato no pudo levantarse del sofá porque se le había quedado dormida una pierna.

La foto de dos turistas en Florencia. Uno se deja resbalar, desde su noche y su cansancio, hasta un puente medieval con vistas a las aguas verdosas del Arno, y remansadas, Sunday morning, sol a raudales, Doménica matina, Firenze, “Please, could you…”, señalándole reiteradamente el botoncito plateado de la cámara a un solícito turista japonés, “take a picture of us?”, y esbozando un gesto que los englobaba a ambos mientras retrocedían hasta la balaustrada de piedra del puente, la cadera interrogante de Julia colmando la mano de Simón, la sonrisa del que posa, la máscara ciega para la posteridad, para una noche futura de despedidas telefónicas, morituri te salutant, ¿ya está?, la reverencia del turista japonés cuando les devuelve la cámara, una gaviota sobrevolando el río (pero, ¿seguro que el pajarraco ese es una gaviota?), todo tan natural allí en el puente, confundidos entre el resto de turistas, dos turistas más, qué le vamos a hacer, igual de adocenados, los mismos comentarios apreciativos ante la soberbia fachada de una iglesia, ante el gesto solemne de una estatua de mármol, visita guiada que desemboca en medio de una piazza renacentista con palacios y más estatuas, éste es Perseo sosteniendo bien alta la cabeza de Medusa, mirad, he vencido al monstruo, todos contemplando el rostro de Medusa impunemente, el héroe y su trofeo reducidos a un espectáculo de feria, se le ocurre a Simón, las serpientes deberían dejar petrificados a todos los curiosos, mientras Julia se mira los dedos que le asoman por las sandalias y luego mira los pies de Perseo y luego los de una señora gorda, si las estatuas pudieran hablar, pero allí las tienes, soportando dignamente la intrusión plebeya, la misma instantánea, el mismo punto de vista enfocado por ojos automáticos, y él y Julia en plena exaltación de los sentidos, mientras el día se escapa como los oscuros y sinuosos peces del río, el guía explica la lección y ellos, ajenos al dato histórico, a la fecha de conquista o de construcción, escuchan boquiabiertos algún detalle truculento de la familia Borgia, se dan pellizcos en la última fila, aprovechan un movimiento de traslación en masa del rebaño para escaparse por una calle lateral, sus pasos resuenan con fuerza por el adoquinado, los pliegues de la falda de Julia oscilan al correr. Y lo mejor del día, era volver a la habitación del hotel y encontrarse la cama hecha, fíjate, como si aquí no hubiera pasado nada, y lo mejor era también deshacerla.

A Simón le hizo gracia oír abrirse la puerta de casa y cerrarse con el mismo sigilo que Julia empleó en colgar el teléfono. María apareció en el comedor y se sorprendió al verle despierto a aquellas horas. Dejó el bolso en el sofá y ella misma se dejó caer, recostando la cabeza en el hombro de su padre, estoy rendida, oye: ¿tú no trabajas mañana?, tienes ojeras…

Bitácora de (re)creación literaria

Otras voces, otras habitaciones