24/11/2008

Ambición, aguacate, mano

―Así te aprieta menos, ¿verdad? ―le digo.

Él emite un grito ahogado o un sollozo y sacude la cabeza con furia. Entonces arrimo la silla y me siento delante. Saco la navaja y comienzo a pelar un aguacate. Lo voy pelando despacio, para que él vea cómo lo hago.

―¿Ves? ―le digo.

Él no aparta la vista de mi mano, la que hace girar la navaja. Luego hago una incisión en la pulpa verdosa del aguacate y extraigo el hueso, que cae y se detiene junto a su pie.

―No queda mucho tiempo ―le digo―. Así que tú mismo. Mira. Te voy a contar algo. Es de una importancia vital ―le digo, y no puedo evitar sonreír: vital. Tengo cada ocurrencia.

Él abre más los ojos y deja de agitarse, así que supongo que me escucha atentamente. Todos suelen hacerlo.

—La ambición ―le digo y corto un pedazo de pulpa de un tajo―. La ambición.

22/11/2008

Me basta así




Si yo fuera Dios
y tuviese el secreto,
haría
un ser exacto a ti; lo probaría
(a la manera de los panaderos
cuando prueban el pan, es decir:
con la boca),
y si ese sabor fuese
igual al tuyo, o sea
tu mismo olor, y tu manera
de sonreír,
y de guardar silencio,
y de estrechar mi mano estrictamente,
y de besarnos sin hacernos daño
-de esto sí estoy seguro: pongo
tanta atención cuando te beso-;
entonces,
si yo fuese Dios,
podría repetirte y repetirte,
siempre la misma y siempre diferente,
sin cansarme jamás del juego idéntico,
sin desdeñar tampoco la que fuiste
por la que ibas a ser dentro de nada;
ya no sé si me explico, pero quiero
aclarar que si yo fuese
Dios, haría
lo posible por ser Ángel González
para quererte tal como te quiero,
para aguardar con calma
a que te crees tú misma cada día,
a que sorprendas todas las mañanas
la luz recién nacida con tu propia
luz, y corras
la cortina impalpable que separa
el sueño de la vida,
resucitándome con tu palabra,
Lázaro alegre,
yo,
mojado todavía
de sombras y pereza,
sorprendido y absorto
en la contemplación de todo aquello
que, en unión de mí mismo,
recuperas y salvas, mueves, dejas
abandonado cuando —luego— callas...
(Escucho tu silencio.
Oigo
constelaciones: existes.
Creo en ti.
Eres.
Me basta).




18/11/2008

Animales

Mientras me abalanzo sobre ella, tropiezo con los muebles y yo mismo acabo por perder el equilibrio y caer de bruces. Se me ha vuelto a escapar. Me escuece el labio. La sangre tiene un sabor metálico. ¿Cómo empezó esta persecución? Estábamos en el sofá, viendo un documental de animales. Ella permanece a cuatro patas junto al televisor, jadeando. Está acorralada. Sin quitarle ojo, avanzo despacio hasta situarme a la distancia de un salto. Ella se yergue como una esfinge, enseña los dientes, arquea la espalda, gruñe. Quizás su huida obedecía a una estrategia de cazador. Ambos nos movemos en círculos antes del inminente choque.

11/11/2008

Lucas, sus luchas con la Hidra

Ahora que se va poniendo viejo se da cuenta de que no es fácil matarla.

Ser una hidra es fácil pero matarla no, porque si bien hay que matar a la hidra cortándole sus numerosas cabezas (de siete a nueve según los autores o bestiarios consultables), es preciso dejarle por lo menos una, puesto que la hidra es el mismo Lucas y lo que él quisiera es salir de la hidra pero quedarse en Lucas, pasar de lo poli a lo unicéfalo. Ahí te quiero ver, dice Lucas envidiándolo a Heracles que nunca tuvo tales problemas con la hidra y que después de entrarle a mandoble limpio la dejó como una vistosa fuente de la que brotaban siete o nueve juegos de sangre. Una cosa es matar a la hidra y otra ser esa hidra que alguna vez fue solamente Lucas y quisiera volver a serlo. Por ejemplo, le das un tajo en la cabeza que colecciona discos, y le das otro en la que invariablemente pone la pipa del lado izquierdo del escritorio y el vaso con los lápices de fieltro a la derecha y un poco atrás. Se trata ahora de apreciar los resultados.

Hm, algo se ha conseguido, dos cabezas menos ponen un tanto en crisis a las restantes, que agitadamente piensan y piensan frente al luctuoso fato. O sea: por un rato al menos deja de ser obsesiva esa necesidad urgente de completar la serie de los madrigales de Gesualdo, príncipe de Venosa (a Lucas le faltan dos discos de la serie, parece que están agotados y que no se reeditarán, y eso le estropea la presencia de los otros discos. Muera de limpio tajo la cabeza que así piensa y desea y carcome). Además es inquietantemente novedoso que al ir a tomar la pipa se descubra que no está en su sitio. Aprovechemos esta voluntad de desorden y tajo ahí nomás a esa cabeza amiga del encierro, del sillón de lectura al lado de la lámpara, del scotch a las seis y media con dos cubitos y poca soda, de los libros y revistas apilados por orden de prioridad.

Pero es muy difícil matar a la hidra y volver a Lucas, él lo siente ya en mitad de la cruenta batalla. Para empezar la está describiendo en una hoja de papel que sacó del segundo cajón de la derecha del escritorio, cuando en realidad hay papel a la vista y por todos lados, pero no señor, el ritual es ése y no hablemos de la lámpara extensible italiana cuatro posiciones cien vatios colocada cual grúa sobre obra en construcción y delicadísimamente equilibrada para que el haz de luz etcétera. Tajo fulgurante a esa cabeza escriba egipcio sentado. Una menos, uf. Lucas está acercándose a sí mismo, la cosa empieza a pintar bien.

Nunca llegará a saber cuántas cabezas le falta cortar porque suena el teléfono y es Claudine que habla de ir co-rrien-do al cine donde pasan una de Woody Allen. Por lo visto Lucas no ha cortado las cabezas en el orden ontológico que correspondía puesto que su primera reacción es no, de ninguna manera, Claudine hierve como un cangrejito del otro lado, Woody Allen Woody Allen, y Lucas nena, no me apurés si me querés sacar bueno, vos te pensás que yo puedo bajarme de esta pugna chorreante de plasma y factor Rhesus solamente porque a vos te da el Woody Woody, comprendé que hay valores y valores. Cuando del otro lado dejan caer el Annapurna en forma de receptor en la horquilla, Lucas comprende que le hubiera convenido matar primero la cabeza que ordena, acata y jerarquiza el tiempo, tal vez así todo se hubiera aflojado de golpe y entonces pipa Claudine lápices de fieltro Gesualdo en secuencias diferentes, y Woody Allen, claro. Ya es tarde, ya no Claudine, ya ni siquiera palabras para seguir contando la batalla puesto que no hay batalla, qué cabeza cortar si siempre quedará otra más autoritaria, es hora de contestar la correspondencia atrasada, dentro de diez minutos el scotch con sus hielitos y su sodita, es tan claro que le han vuelto a crecer, que no le sirvió de nada cortarlas. En el espejo del baño Lucas ve la hidra completa con sus bocas de brillantes sonrisas, todos los dientes afuera. Siete cabezas, una por cada década; para peor, la sospecha de que todavía pueden crecerle dos para conformar a ciertas autoridades en materia hídrica, eso siempre que haya salud.


Julio Cortázar

03/11/2008

Todavía llueve

El día ha amanecido lluvioso. En medio de tanto nubarrón, no asoma ni un resquicio de luz. A partir de las diez, cuando ya se ha servido el desayuno, los clientes del hotel, turistas que provienen en su mayoría del norte de Europa con destino a regiones más soleadas, se demoran en el hall, una amplia sala revestida de madera y envuelta en una penumbra como de acuario, con plantas de interior frondosas. El canal deportivo está emitiendo, en diferido y sin volumen, un partido de fútbol de la “champions league”: diminutos jugadores con uniformes de colores corren por el césped verde, ahora a cámara lenta, pero nadie presta mucha atención a los televisores instalados en la parte superior de las columnas. Se han formado pequeños grupos en torno a las mesitas de cristal y algunos clientes esperan junto al mostrador de la recepción. Otros, instalados en los blandos sofás marrones, ojean el periódico. Una pareja asomada a una guía de viajes se vuelve de vez en cuando a comprobar si ha parado de llover. Al otro lado de los ventanales, en la zona de la piscina, la lluvia tamborilea sobre las mesas y las sillas de hierro. Las hojas de las palmeras chorrean. El mar, que siempre es un espejo del cielo, reluce como el lomo de un pescado. Hoy es casi inevitable preguntarse si volverán los días azules y claros del verano. Y la respuesta se tiñe de pesimismo otoñal y mira al cielo como quien pide una tregua. Al lado de las puertas giratorias, se amontonan las maletas de los que esperan el autocar del aeropuerto. Frente a la entrada del hotel, a cubierto, una niña de rasgos orientales —tendrá cinco o seis años y va ataviada con chubasquero, paraguas y botas de agua de color rosa—, pisa un charco, con el aire entre abstraído y feliz de los niños cuando juegan. La contemplan dos mujeres jóvenes, mientras fuman al pie de las escaleras.

—¿Es tu hija? —pregunta una de ellas, acercándose con los brazos cruzados.

La otra asiente. Es alta, rubia y viste shorts y una blusa blanca. Luce ese bronceado más bien antinatural que adoptan los turistas de países nórdicos cuando se sobreexponen al sol. Su aspecto radiante parece querer contradecir el día tan gris que hace.

—¡Qué guapa! Es china, ¿verdad? —dice la primera mujer.

Entablan conversación. La primera mujer se interesa por las circunstancias de la adopción. Ha oído (o quizás lo ha visto en algún reportaje por televisión, ahora no se acuerda) que, en ciertas zonas rurales de China, las familias sólo quieren tener hijos varones para trabajar en el campo; que las niñas suponen un problema para los campesinos pobres y que por eso no les queda otro remedio que abandonarlas recién nacidas, y que muchas se mueren de hambre o acaban en orfanatos. Entonces la mujer rubia y bronceada le explica —como quien lo ha hecho repetidas veces— que la niña en realidad no es China, sino de una región de Mongolia, y que ella no la adoptó para darle una vida mejor, aunque mucha gente considere la adopción internacional un acto de altruismo. Pero de buenas intenciones, nada.

—La adopté porque quería ser madre y porque no me planteo tener hijos biológicos —dice—. Fui egoísta.

—Hay que serlo, claro —se apresura a conceder la primera mujer.

—En ningún momento pensé en salvar la vida de una “pobre niña” —aplasta el cigarrillo en un tiesto con arena que hay junto a los parterres y que está sembrado de colillas.

—Pero lo hiciste.

—¿Qué?

—Salvarle la vida. Quizá no era tu intención… —desvía la mirada y se mordisquea la uña del meñique— pero eso es lo que hiciste.

—Ya. Pero no sé, a mí me parece hipócrita. Suena a justificación. Cuando alguien adopta es porque lo que en el fondo quiere es tener hijos, no por... ¿Tú tienes hijos?

—No —la primera mujer se rasca la cabeza bruscamente, pero sin dejar de sonreír.

Un autocar enfila hacia la entrada del hotel. La niña corre hacia donde están las dos mujeres y sube los peldaños de dos en dos haciendo un esfuerzo. Se entretiene con la puerta giratoria. La madre va tras ella y la coge de la mano, porque está empezando a salir gente con maletas.

—Nos tenemos que ir… ¿verdad que sí? —se inclina hacia la niña, que lleva puesta la capucha del impermeable rosa, y le aparta el pelo de la frente— Ya se acabaron las vacaciones.

Se abre el compartimento de equipajes y el autocar da un resoplido que tapa sus voces. Las dos mujeres se despiden. La primera apaga su cigarrillo y se hace a un lado, para dejar paso. Al cabo de un rato la madre y la niña vuelven a salir, llevando una maleta roja con ruedas, y se disponen a subir al autocar. Todavía llueve. La niña se da la vuelta y le dice adiós con la mano a la otra mujer, que permanece de pie junto a la puerta. Ésta le sonríe y también le dice adiós, antes de entrar en el hotel.

Bitácora de (re)creación literaria

Otras voces, otras habitaciones