El día ha amanecido lluvioso. En medio de tanto nubarrón, no asoma ni un resquicio de luz. A partir de las diez, cuando ya se ha servido el desayuno, los clientes del hotel, turistas que provienen en su mayoría del norte de Europa con destino a regiones más soleadas, se demoran en el hall, una amplia sala revestida de madera y envuelta en una penumbra como de acuario, con plantas de interior frondosas. El canal deportivo está emitiendo, en diferido y sin volumen, un partido de fútbol de la “champions league”: diminutos jugadores con uniformes de colores corren por el césped verde, ahora a cámara lenta, pero nadie presta mucha atención a los televisores instalados en la parte superior de las columnas. Se han formado pequeños grupos en torno a las mesitas de cristal y algunos clientes esperan junto al mostrador de la recepción. Otros, instalados en los blandos sofás marrones, ojean el periódico. Una pareja asomada a una guía de viajes se vuelve de vez en cuando a comprobar si ha parado de llover. Al otro lado de los ventanales, en la zona de la piscina, la lluvia tamborilea sobre las mesas y las sillas de hierro. Las hojas de las palmeras chorrean. El mar, que siempre es un espejo del cielo, reluce como el lomo de un pescado. Hoy es casi inevitable preguntarse si volverán los días azules y claros del verano. Y la respuesta se tiñe de pesimismo otoñal y mira al cielo como quien pide una tregua. Al lado de las puertas giratorias, se amontonan las maletas de los que esperan el autocar del aeropuerto. Frente a la entrada del hotel, a cubierto, una niña de rasgos orientales —tendrá cinco o seis años y va ataviada con chubasquero, paraguas y botas de agua de color rosa—, pisa un charco, con el aire entre abstraído y feliz de los niños cuando juegan. La contemplan dos mujeres jóvenes, mientras fuman al pie de las escaleras.
—¿Es tu hija? —pregunta una de ellas, acercándose con los brazos cruzados.
La otra asiente. Es alta, rubia y viste shorts y una blusa blanca. Luce ese bronceado más bien antinatural que adoptan los turistas de países nórdicos cuando se sobreexponen al sol. Su aspecto radiante parece querer contradecir el día tan gris que hace.
—¡Qué guapa! Es china, ¿verdad? —dice la primera mujer.
Entablan conversación. La primera mujer se interesa por las circunstancias de la adopción. Ha oído (o quizás lo ha visto en algún reportaje por televisión, ahora no se acuerda) que, en ciertas zonas rurales de China, las familias sólo quieren tener hijos varones para trabajar en el campo; que las niñas suponen un problema para los campesinos pobres y que por eso no les queda otro remedio que abandonarlas recién nacidas, y que muchas se mueren de hambre o acaban en orfanatos. Entonces la mujer rubia y bronceada le explica —como quien lo ha hecho repetidas veces— que la niña en realidad no es China, sino de una región de Mongolia, y que ella no la adoptó para darle una vida mejor, aunque mucha gente considere la adopción internacional un acto de altruismo. Pero de buenas intenciones, nada.
—La adopté porque quería ser madre y porque no me planteo tener hijos biológicos —dice—. Fui egoísta.
—Hay que serlo, claro —se apresura a conceder la primera mujer.
—En ningún momento pensé en salvar la vida de una “pobre niña” —aplasta el cigarrillo en un tiesto con arena que hay junto a los parterres y que está sembrado de colillas.
—Pero lo hiciste.
—¿Qué?
—Salvarle la vida. Quizá no era tu intención… —desvía la mirada y se mordisquea la uña del meñique— pero eso es lo que hiciste.
—Ya. Pero no sé, a mí me parece hipócrita. Suena a justificación. Cuando alguien adopta es porque lo que en el fondo quiere es tener hijos, no por... ¿Tú tienes hijos?
—No —la primera mujer se rasca la cabeza bruscamente, pero sin dejar de sonreír.
Un autocar enfila hacia la entrada del hotel. La niña corre hacia donde están las dos mujeres y sube los peldaños de dos en dos haciendo un esfuerzo. Se entretiene con la puerta giratoria. La madre va tras ella y la coge de la mano, porque está empezando a salir gente con maletas.
—Nos tenemos que ir… ¿verdad que sí? —se inclina hacia la niña, que lleva puesta la capucha del impermeable rosa, y le aparta el pelo de la frente— Ya se acabaron las vacaciones.
Se abre el compartimento de equipajes y el autocar da un resoplido que tapa sus voces. Las dos mujeres se despiden. La primera apaga su cigarrillo y se hace a un lado, para dejar paso. Al cabo de un rato la madre y la niña vuelven a salir, llevando una maleta roja con ruedas, y se disponen a subir al autocar. Todavía llueve. La niña se da la vuelta y le dice adiós con la mano a la otra mujer, que permanece de pie junto a la puerta. Ésta le sonríe y también le dice adiós, antes de entrar en el hotel.