La hora de la cena
La casa estuvo en completo silencio hasta bien entrada la tarde. Diego, que se había encerrado en su habitación con la intención de escribir, supo por el ajetreo despreocupado proveniente de la cocina que Amanda se había puesto a remover cacharros para hacer la cena, seguramente cansada de esperarle. Levantó la cabeza y clavó una mirada furibunda a la puerta cerrada.
— Así no se puede trabajar — en un gesto teatral, arrojó el lápiz y estiró los dedos entumecidos. De tanto mordisquear la punta del lápiz, se le había quedado un regusto a grafito —. Es irritante.
En la cocina, se puso en marcha el extractor de humos. Diego lo percibió más claramente en el instante en que se abrió la puerta. El ruido atronador invadió a sus anchas los sesenta metros cuadrados de la nueva vivienda. Luego oyó a Amanda cruzar el pasillo y entrar en el lavabo. La oyó mear despacio. La oyó lavarse las manos. La oyó volver sobre sus pasos, pasando junto a su puerta y entreabriéndola lo justo para asomar la cabeza y saludar.
— ¡Hola! ¿Te falta mucho para el premio Nobel? ¿Luego me lo dejarás leer? — dijo ella.
— En esta casa se oye todo— gruñó él, como si la voz de Amanda no hiciera más que prolongar el ruido molesto —. Estos tapones no hacen nada.
— A ti te pasa algo…
— Pasa que estoy cansado.
La puerta de la cocina volvió a cerrarse y el ronroneo del extractor se amortiguó. Diego se dio cuenta de que tenía mucha sed y, casi al mismo tiempo, de que no quería ir a la cocina, tener que hablar y todo eso... Afuera ya se hacía de noche, y la ventana le devolvía el reflejo traslúcido de la habitación y de él mismo, encorvado, un reflejo cada vez más nítido a medida que el exterior se apagaba.
— Beberé agua del grifo del lavabo. Ella no me verá salir, si voy rápido. Seré como una sombra por el pasillo.
— Y qué, si se da cuenta.
Diego hizo amago de levantarse, pero se dejó caer en la silla.
— Mira: tarde o temprano, se cierra una puerta y se abre otra, y ya no hay marcha atrás. Lo sabes, ¿verdad? Otra puerta cerrada. De eso se trata, claro. Para eso están las puertas. Así es la vida: puertas que se abren y se cierran. Gente que entra y sale.
De la callé subió la explosión de una risotada. Diego batió la cabeza y se quitó los tapones.
— Haber escogido ser supervisor. Se vive bien.
— ¡Ni hablar! — se removió impaciente en su asiento —. ¡Supervisor, torturador!
— Ahora no te verías incapaz de actuar, incapaz de vivir. Atado de pies y manos. En definitiva: siempre en babia. Ni una simple respuesta sabes darle a Amanda. No eres capaz de entrar en la cocina y mirarla a los ojos y hablar con ella. Te vas a morir de sed, antes de resolver tus dilemas.
— ¡La pasta se va a enfriar! — la voz de Amanda se acercaba por el pasillo.
— ¿Trabajar, dices? Pero si en toda la tarde no has escrito una triste palabra. — sobre la mesa languidecía un folio en blanco, blanquísimo a la luz directa del flexo, como una ventana abierta al vacío.
— Silencio. Por favor. Ella viene. No dejes que entre. No quiero hablar con ella— se quitó las gafas y las depositó sobre la mesa —. No quiero verla. Haz que se vaya. Haz que desaparezca de mi vida. Yo no puedo vivir con nadie.
— ¿Lo ves? La decisión ya está más que tomada. Acata la sentencia. No seas cobarde ahora.
Entonces la puerta se abrió de golpe.
— ¿Piensas salir algún día de la habitación? Anda, descansa un ratito… Ven. Vamos a cenar.
— Ahora voy—. Diego le daba vueltas al lápiz.
— Si quieres, podemos abrir la botella de vino. ¿Te apetece?
Ella se acercó y le pasó los brazos por el cuello, tratando de ver lo que había escrito. Él se replegó sobre el folio, como hacía para no dejarse copiar en los exámenes de la universidad. Se dejó achuchar sin ganas.
— ¡Quita!— volvió bruscamente la cabeza para evitar un beso—. Yo… no sé si quiero vivir contigo.
Permaneció rígido como un maniquí hasta que ella aflojó su abrazo y se apartó de su lado.
— Mira, ni siquiera sé si quiero tener hijos. Si algún día…
Ella lo miró, cruzándose de brazos como si estuviera desnuda de cintura para arriba, como si la imagen algo idealizada que tenía de él acabara de levantarse de la silla, pasar por su lado y salir de la habitación, y aquel que tenía delante fuera un completo extraño. Y él en efecto percibió el desgajamiento, mientras seguía allí sentado, frente a la silueta borrosa de Amanda que retrocedía.
Se volvió a poner las gafas, con parsimonia. Le esperaba una cena para dos: velitas dispuestas con esmero femenino sobre el mantel, dos platos de spaghetti con salsa de tomate y parmesano, la botella de vino blanco comprada en el súper de la esquina y reservada para una buena ocasión.