30/06/2008

Narrativas 10

Ya ha salido nuevo número de la revista Narrativas, que esta vez dedica un monográfico a la literatura erótica. Yo voy a descargarme el archivo en pdf, para irme leyendo los relatos poquito a poco, como hay que hacer estas cosas; bueno, todos menos el mío: reconozco que me gusta verme publicado, pero detesto releerme, o al menos no hasta que pase un tiempo.

17/06/2008

Invocación al diablo

Demonio del armario:

Señor Demonio,
piedra de sal,
raspa mi lengua,
asoma tu zarpa,
deja que lama
tu mano salada.

Señor Demonio,
bestia peluda,
cuernos de cera,
sal del armario.
Sal cuando quieras!

Treintaytantos II


Por meterme una vez más con Berta, yo le decía que me la estaba imaginando desnuda. Dábamos una vuelta exploratoria por el centro comercial, mirándonos de reojo en los escaparates. Te estoy imaginando desnuda. Nada más oírlo, ella se escandalizaba mucho y se sentía halagada al mismo tiempo, y se parapetaba riendo tras ese bolsazo de batalla que lleva siempre. Desnuda – matizo yo -, pero no de un modo estático, no posando con camisón de encajes, sino desapercibida, íntima, una escena de estar por casa en calcetines: duchándote, por ejemplo, o cuando te levantas de la cama, (como por supuesto no se ducharía ni se levantaría nunca una chica fuera de mi imaginación, lo pude contrastar con Berta, lo cual está muy bien para ahorrar tiempo y agua, pero muy mal para fomentar la imaginación); pero en fin, a cuenta de ese tipo de episodios me evadía yo felizmente en las soporíferas horas de oficina. Recreaba con pausa y rebobinado el improbable recorrido hasta la habitación de Berta, “the long and winding road” hasta una cama voladora en la que cualquier grandísima noche (¿y por qué no aquella misma?) acabaríamos tirándonos los dos, borrachos, sólo es cuestión de dejarse llevar y que el roce haga saltar chispas de cariño entre polos opuestos. ¿O es que me has llevado a al piso que compartes con tus amigas con la única intención de enseñarme la magnitud de las manchas de humedad que dices que hay en la pared frontal del dormitorio? Sí, es cierto, vaya manchas, vaya humedad, tenías razón: sólo falta un pulpo encaramado en lo alto del armario ropero, discreto animal de compañía. Pero al final no pasaría nada remarcable entre nosotros, aparte de estar flotando y con los pelos de punta a causa de tanta electricidad estática, inconveniente de los ecosistemas húmedos; habríamos caído rendidos apenas en los preliminares, atascándonos penosamente en las cremalleras y en los botones, como dos músicos con demasiados instrumentos, y en un barullo de tentáculos, porque habría que contar al pulpo que resbala por el armario y se nos cae encima con toda la gelatina, como si no tuviéramos bastante tocando a cuatro manos, va y se nos suma el pulpo a la “jam session”; aún así nos dormiríamos los tres, confundidos en la noche, porque después de una jornada laboral yo me duermo como un niño en cualquier parte, y aún más si se trata de una cama doble (donde Berta duerme solita todas las noches, como en los cuentos, con un pulpo encaramado al armario), suerte que Berta es comprensiva y me arropa y también está cansadísima últimamente. Resultado: nuestro alarde fogoso transformado en casto reposo, y el pulpo que primero nos succiona con las ventosas y luego, como ve que no estamos por la labor, se repliega, enredado en nuestros brazos y piernas, y se queda allí palpitando y viscoso, visiblemente enfurruñado, como se enfurruñan los pulpos. Apenas despunta el alba de dedos de rosa, el pulpo es el primero en despertarse. Se despereza estirando sus ocho tentáculos y toc-toc, nos llama con inofensivos y húmedos golpecitos: volvemos a intentarlo medio dormidos, semiinconscientes, acalorándonos mucho el pulpo, Berta y yo, sudando los tres, resbalando, manoteando, con pelos en la lengua. Después Berta saldría de debajo de las sábanas revueltas, camino de los cinco minutos bajo el chorro. Se pondría braguitas minimalistas, falda volandera (en vez de los jeans arremangados que llevaba hoy), y sandalias romanas, y se pasearía por la habitación, el pelo mojado, semidesnuda como una criatura mitológica de blancos tobillos, en parte para exhibirse (el pulpo y yo, grandes amigos a estas alturas, nos haríamos gestos de complicidad a espaldas de Berta), y en parte buscando el sujetador perdido entre los jirones de aquella breve y gloriosa noche: mira, bien podría ser uno como éste, con relleno, me puse a agitar el sujetador delante de sus narices en una tienda de ropa, sección “prendas íntimas para él y ella”.

10/06/2008

La cabaña del árbol

Teníamos que encontrar un árbol frondoso, de ramas gruesas y resistentes, había dicho Tomás antes de salir de excursión. Un árbol apropiado para construir la cabaña. Después ya no había hablado más en toda la mañana. Supongo que todavía estaba enfadado conmigo por el accidente de Dardo, nuestro perro. Tomás es mi hermano mayor. Yo no entiendo de animales ni de árboles como él. Apenas sabría distinguir un cedro de un castaño o de un abedul (tiendo a olvidar los detalles, y ya no recuerdo si él árbol que tengo delante es un cedro, un castaño o un abedul, aunque el sauce llorón y el ciprés sí los distingo y me salen bastante bien: el uno se dibuja como una lanza, y el otro como una cabellera). Sí, claro, he estudiado los árboles en un libro de ciencias naturales y conozco, grosso modo, las partes en que se divide el árbol (igual que la flor, igual que la célula). Pero no es lo mismo ver los árboles en una foto, acompañados de esquemas y explicaciones, teniendo el libro en el regazo y dándole sorbitos a un vaso de leche, que cuando tienes que salir al campo a buscar un ejemplar que pueda soportar una cabaña de madera. Para mí todos los árboles son cualquier árbol, a pesar de que algunos tengan las hojas dentadas y otros las tengan alanceadas y en invierno se queden pelados.

A veces pienso que si Tomás y yo fuéramos árboles, no nos pareceríamos en nada (aparte de ser hermanos), porque Tomás es corpulento, tiene el pelo negro, habla sólo lo necesario y camina a zancadas. No, no nos pareceríamos en absoluto. Tomás y yo seríamos cada uno una especie distinta de árbol, quizá él sería un ciprés y yo un sauce llorón, como los que hay en la orilla del pantano. Al menos eso es lo que yo creo. Pero no sé si él estaría de acuerdo.

Tomás señaló aquel árbol apartado del camino, un árbol solitario en la cima de una colina de suave pendiente. Marchábamos en fila por un camino de tierra que serpenteaba, flanqueado por una espesura de árboles y matorrales. Yo había perdido la noción del tiempo. No sé cuánto rato llevaríamos caminando por el bosque. Seguía a Tomás respirando con esfuerzo, tratando de no quedarme rezagado y ser una carga. Pero yo no tengo la culpa de ir lento. No puedo ir más deprisa y además la montaña me produce alergia y no paro de estornudar. Y me dolían los pies. Cuando llegamos a la cima respiré con alivio. A Tomás le brillaban los ojos. Parecía excitado y respiraba deprisa, pero no era de cansancio porque él no se cansaba nunca. La cabaña del árbol era un viejo proyecto. Habíamos hablado sobre ello muchas noches, en el dormitorio con la luz apagada y la ventana brillando al fondo. Sabíamos exactamente cómo tenía que ser, porque la habíamos proyectado en la oscuridad, pieza por pieza. Dejamos las mochilas al pie de aquel árbol y nos tumbamos un ratito a la sombra, escuchando los rumores del bosque en silencio. Tumbados en la hierba al pie de nuestro árbol en la colina, con el que habíamos soñado tantas noches.

– Sí, parece un buen roble. Aquí construiremos la cabaña. – dijo finalmente Tomás, mientras acariciaba una raíz que sobresalía, como si acariciara el lomo arqueado y peludo de Dardo. Ya he dicho que Dardo era nuestro perro. Tomás lo quería mucho. Yo tampoco entiendo de animales, como Tomás, y no sé ni qué perro era (igual que me pasa con los árboles). A mí me parecía un perro como cualquier otro. Pero no fue culpa mía. Qué le iba yo a hacer al perro. Con el asco que me da tocar a los perros, que no me gusta ni cómo huelen y que vayan siempre con la lengua colgando y restregándose en la gente. Qué le iba yo a hacer. Desde luego no son aseados como los gatos, no se puede comparar. Los gatos sí que me gustan. Pero yo no tuve la culpa. Estábamos bañándonos los tres en el pantano y se lo tragó un remolino. El pantano nos lo devolvió, siempre acaba devolviendo todo lo que se traga. Dardo apareció en la orilla, en un remanso entre sauces llorones, bien lavadito y con el pelaje reluciente, como si estuviera dormido, pero no, estaba muerto: vimos que tenía el vientre hinchado y que no respiraba. El pantano nos lo había dejado en la orilla. Tomás lo alzó y se lo llevó en brazos, chorreando, hasta casa. Y ya no me volvió a dirigir la palabra hasta ayer, sólo para proponerme de forma escueta que saliéramos a buscar nuestro árbol.

Imité a mi hermano y pasé la mano por la raíz arqueada del roble, acariciándole el lomo al pobre Dardo. Pobre Dardo, pobre Dardo. Se ve que lo echaba de menos, al perro aquel. Si no se hubiera ahogado, ahora estaría correteando por la hierba, ladrándoles a las mariposas o a los pájaros. Después vendría trotando, a olisquear las manos de Tomás. La raíz era rugosa y dura (“esto es un roble”, pensé, “esto es un roble”), y creo que me arañé la palma de la mano. Entonces sopló un viento que agitó la copa, y pareció como si aquel viejo roble se despertara y nos diera la bienvenida, y nos diera también permiso para construir la cabaña entre sus ramas frondosas.

Yo estaba deseando ponerme manos a la obra, porque llevábamos toda la mañana en el camino y ninguno de los árboles que le iba proponiendo a Tomás le parecía lo bastante bueno. Me dolían los pies, pero como no entiendo de árboles ni de perros, no me atrevía a llevarle la contraria ni a pedirle que descansáramos un poco. Pero ahora ya habíamos encontrado nuestro árbol y era perfecto, y ya no había necesidad de buscar más. Se estaba bien a la sombra del roble, como buenos hermanos. Me decidí a romper el silencio.

– ¿Cómo construiremos la cabaña? – le pregunté a mi hermano, porque era obvio que no habíamos traído nada para construir (pero sólo nos habría faltado tener que cargar todo el camino con tablones y clavos). Lo único que llevábamos era una soga enrollada a la mochila de Tomás. Y el hacha de cortar troncos, que yo había puesto junto con los bocadillos en mi mochila. De queso y jamón dulce. Los había preparado yo, en la cocina, mientras Tomás cavaba en el jardín. Mamá dormía todavía. Últimamente dormía mucho, con la tele de su habitación a todo volumen. Cuando Tomás se presentó con Dardo en brazos, ella se limitó a pedirle que lo enterrara enseguida. Tomás volvió de enterrar a Dardo y se fue a lavar las manos negras de tierra en la pica. Le pregunté si le hacía también su bocadillo de queso y jamón dulce. Creo que ni me miró.

– Mira, Tomás, yo no tuve la culpa – le dije entonces y volví a repetirle ahora. Él me echó una mirada de odio, frunciendo el ceño y clavándome los ojos como nunca se lo había visto hacer. Ni siquiera aquella tarde que papá nos dijo que podríamos verle cuando quisiéramos, y después se subió en el coche y se largó para siempre, sin tenernos ley ninguna. Lo vimos alejarse por la carretera, con música de fondo: la tele de la habitación de mamá, que sonaba a todo volumen. Pero ni siquiera a papá le miró Tomás como me miraba a mí ahora. Yo creo que aún no le había perdonado a papá que se fuera así, y que por eso ahora lo pagaba conmigo, con el más débil de la familia. Porque si no, no se entiende que alguien se ponga así por un perro muerto.

Tampoco me respondió ahora. Parecía distraído en sus pensamientos. Se puso a desenrollar la soga sin decir nada, y a sopesarla, escrutando las ramas bajas del roble. Así que yo supuse que tendríamos que ir a explorar el bosque, a buscar madera para construir la cabaña.

– Pero podríamos comer primero. ¿No tienes hambre? – le pregunté de repente, mientras abría la mochila para sacar los bocadillos. Yo ya me sentía más animado, después de descansar un poco. Había decido no tomarme muy a pecho el enfado de Tomás. Al fin y al cabo, a veces los hermanos no se hablan. Estaba francamente ilusionado con la idea de nuestra cabaña. Eso era lo importante. Por supuesto tendríamos otro perro. Pero es que mi hermano Tomás seguía sin hacerme caso. Como si yo no estuviera. Había comenzado a hacer un lazo con la soga, igual que si fabricara una trampa para conejos. Como no tuviera la intención de pasarla por alguna rama, para izar las maderas de la cabaña… Eso es lo que he pensado más tarde.

Pero no le di tiempo ni de respirar, ¿sabe usted?, porque saque el hacha y le partí la cabeza allí mismo, a mi hermano Tomás, le abrí la cabeza por la mitad como si abriera una sandía, que ni se lo esperaba, se quedó recostado contra la raíz, sus manos grandotas agarrando la soga, con el hacha entre ceja y ceja, sacudiendo una pierna y después bien quietecito se quedó, regando el roble con la sangre que manaba, ya sin moverse, mientras yo me comía el bocadillo y espantaba las moscas que acudían.

01/06/2008

El pescador


Ilustración de Ruiz-Roso

No muy lejos de la costa, sentado en una roca aislada, había un joven pescador. Llevaba una camiseta veraniega con franjas de color verde y blanco, y pantalones cortos. En uno de los bolsillos, rebullía un puñado de lombrices de tierra recién capturadas. La roca ofrecía tan poco espacio, que el muchacho se veía obligado a mantener las piernas encogidas y a sujetar su rudimentaria caña de pescar con ambas manos. El mar estaba en calma, soplaba la brisa y el sol cabrilleaba en el agua. El sedal apenas oscilaba con el monótono balancearse de las olas. El muchacho permanecía inmóvil y encorvado (aquel asiento no daba más de sí), como una rara ave migratoria que hiciera escala en la piedra. En toda la mañana, ningún pez se había dignado a picar en el anzuelo. Un pescado asándose al fuego, mientras él se adormece frente al crepitar de la hoguera. Un pedazo de carne blanca y humeante: le hinca el diente pero está ardiendo y tiene esperar con la boca abierta, jadeando, el bocado a medio masticar haciendo equilibrios en la lengua. Todo eso se imaginaba el pescador mientras se mordisqueaba la uña del pulgar sin dejar la caña. Allí en la roca, en medio del mar, se oían sus tripas como un concierto de ranas eructando.

De repente, vio con estupor como, a escasos metros de la roca, salía como un cohete del agua un pez azul. Y lo que aún le sorprendió más, es que el pez le sacase la lengua burlonamente, haciendo una pirueta antes de desaparecer, como un saltador de trampolín. “Demasiado sol”, pensó, soltando momentáneamente la caña para frotarse los ojos, “llevo aquí mucho rato y ya empiezo a ver visiones”. Pero el pez azul volvió a saltar. No una, ni dos, sino tantas veces que el joven pescador no se esforzó en seguir la cuenta. Pudo observar, ya sin sorpresa, que era un pez reluciente y azul, con una aleta dorsal, que parecía realizar acrobacias para él: se quedaba un instante suspendido en el aire, brillando al sol, le miraba con ojos risueños y le sacaba la lengua (pero eso ya no se lo tomaba a mal) y ¡plof!, vuelta a zambullirse. Pero sabía que, tarde o temprano, con tanto salto, al pez le entraría hambre y no se podría resistir a morder la lombriz que había puesto de cebo. Una lombriz gorda y blanca que se retorcía entre sus dedos sucios de tierra, y que aún se movía cuando la había ensartado en el anzuelo.

El pez azul era incansable. Era un alevín, el equivalente a un niño de siete o diez años, y se sentía acróbata y explorador. Ya era mayor y no se conformaba con mecerse en la blanda cuna de las profundidades marinas. Además, recientemente había descubierto que podía sacar la lengua y girar los ojos al mismo tiempo. Nada llenaba más de orgullo a sus padres que los progresos del alevín. “Pronto será todo un pez y nos abandonará”, decían. El pez azul dedicó aquella mañana a saltar más arriba del cielo de los peces, donde dicen que no hay agua. Tomaba carrerilla, aguantaba la respiración, ¡chas! daba un coletazo, salía a la luz y volvía a sumergirse. Era una aventura nueva y peligrosa, sentir el sol y la brisa erizándole las escamas azules, y sostenerse apenas en aquel elemento irrespirable y mucho menos consistente que el agua. Después de unos cuantos saltos mortales, el pez sintió el estómago vacío y no tardó en acercarse a la lombriz, que languidecía en el anzuelo. Cauteloso, le dio unos golpecitos con el hocico, para ver si estaba dormida o qué. Una blanca y apetitosa lombriz. La estaba tanteando, antes de pegarle un bocado. No había visto nunca un bicho de esos, pero los rumores y las advertencias acerca de las lombrices estimulaban su curiosidad de alevín. La lombriz entreabrió un ojo (diminuto igual que la punta de una aguja) y se retorció débilmente en el anzuelo, como si se desperezara. Torció la cabecita hacía allá arriba, donde la superficie del mar era una fría reverberación.
– ¡Espera! – le dijo al pez, con mucho esfuerzo. Al hablar, le salía una ristra de burbujas por la boca – Te presiento, eres la muerte. Vienes a por mí. Hace rato que me rondas, no acabas de decidirte. O quizá eres sólo un pez hambriento. ¡Ay! Quien me lo iba a decir esta mañana, yo que salía tan feliz de debajo de una hoja de col. Vivía enterrado en el humus nutritivo de un huerto. Me arrancaron de mi innumerable familia, de mis hermanos anélidos. Me introdujeron en un saco oscuro, me llevaron junto con otras lombrices a un viaje sin retorno. Cómo los extraño a mis viscosos hermanos, en esta vasta soledad de agua helada. No. Ya no lucho contra mi destino. Como ves, estoy ensartada en un gancho, y además estoy casi ciega. Pero se ve que mi cuerpo segmentado está hecho para durar. Ahora ya no siento nada, sólo la nostalgia de mi huerto, la fresca sombra de las hojas de col. Creo que si me mordieras, no me dolería. ¡Vamos! Cómeme de una vez, acaba ya con este suplicio. Adelante, ¡hazlo! ¡Acaba conmigo! ¡No, espera! Déjame darte un último consejo: no lo hagas. No me comas, no me comas a menos que quieras correr la misma suerte que yo...

Pero el alevín no escuchaba las palabras premonitorias de la lombriz, sólo veía con asombro las graciosas burbujitas saliendo de su boca (cada vez más espaciadas) y un ojo miope que era como un puntito negro, y la cola que se agitaba con espasmos (¿o era la cabeza?), revolviéndose en una especie de danza que al pez le resultaba atractiva. Le recordaba a la danza ecuestre de los caballitos de mar.

- ¡Ay! ¡No! No me comas…

Todo esto sucedía a pocos metros de la superficie. Arriba, en la roca, el joven pescador, que ya estaba cabeceando bajo ese sol implacable del mediodía, se sobresaltó al sentir un tirón en el sedal.
– ¡Sí, por fin, por fin han picado! – exclamó. No se cayó de la roca de milagro.

Siguió un estira y afloja, que el joven pescador se figuraba como un combate heroico entre él y lo que quiera que estuviera tirando del anzuelo allá abajo. Debía de ser un pez enorme. Tiraba con todas sus fuerzas. Varias veces estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio, como si él fuera la presa en vez del cazador. Y se habría caído al agua si no hubiera afianzado bien los pies en la roca y no hubiera opuesto resistencia al tironeo, aprovechando las pausas (cada vez más largas) para tirar fuerte a su vez, arqueando la caña hasta el punto crítico de resistencia. Porque se trataba de eso, de desgastar al oponente.

La presa codiciada ya asomaba, primero la cabeza, chapoteando a la desesperada, tirando ya sin fuerzas; y después el cuerpo entero, retorciéndose en el aire a medida que lo izaban fuera del agua.

Cuando lo tuvo en su regazo, agitándose reluciente, el joven pescador vio que era el mismo pez azul de antes. Pero seguramente todo había sido causado por la insolación, es imposible que un pez saque la lengua, los peces no tienen lengua, y si la tuvieran no sabrían sacarla y aún menos no irían por ahí burlándose de los pescadores. El pececillo se asfixiaba, abriendo y cerrando las agallas a trompicones, resistiéndose inútilmente a morir. Le arrancó el anzuelo con cuidado y le golpeó la cabeza varias veces contra la roca, para que dejara de moverse y no se le escurriera de las manos. “Después lo asaré al fuego y me lo comeré”, pensó, mientras se lo guardaba en un bolsillo del pantalón (no había traído un cesto, en qué estaría pensando). Rebuscó en el otro bolsillo y sacó una nueva lombriz, que puso de cebo, y volvió a lanzar la caña. Siguió pescando, esta vez sin demasiada convicción. ¿Hasta cuando tenía que quedarse esperando allí en la roca? Ahora dudaba si el pescado (la cola inerte le asomaba por el bolsillo del pantalón) se conservaría fresco, o si al final tendría que tirarlo al agua, menudo desperdicio.

Bitácora de (re)creación literaria

Otras voces, otras habitaciones