07/12/2008

Julia

Comienzo a partir de un cuento de La prisionera, del escritor chileno Carlos Franz.


―No me dejes ser orgullosa, Simón ―le pidió―. No me lo permitas.

―Es tu derecho.

―Me estoy portando como una bruja. Me olvido de tus hijos.

―Guillermo me ha preguntado por ti al volver del entreno ―dijo Simón―. Enseguida se ha encerrado en su habitación, ya sabes cómo es. María se ha ido a cenar con unas amigas de la universidad.

―Diles…

―Julia… ¿No podríamos vernos y hablarlo con calma? Estoy cansado. Es muy tarde.

―Eres tan buena persona… sí, ya sé que no te gusta que lo diga. Pero es verdad: eres una buena persona. La clase de persona que yo nunca seré. Deberías colgar el teléfono y olvidarte de mí ―le temblaba la voz―. Para siempre.

Se hizo un silencio al otro lado y Simón aprovechó para cambiarse el auricular de oreja. Ahora que por un momento ninguno de los dos decía nada, se oía un ruido de fondo muy tenue, como si alguien estuviera pasando una lija despacio.

―No son horas, Julia. Por lo menos dime dónde estás. ―se aventuró Simón, y se encogió un poco, como preparándose para recibir un golpe en el estómago― ¿Estás… con él, verdad?

―Sí.

Los dos volvieron a quedarse callados.

―¿Te acuerdas del primer viaje que hicimos juntos? ―dijo Simón, de repente.

―Cómo no voy a acordarme ―dijo ella.

Porque uno de los dos tenía que ser el primero en colgar, pero cómo hacerlo sin sobresaltos, ella le aseguró que se sentía fatal, soy una mala persona, repetía, y él trataba de conciliar lo irreconciliable y le decía que ya encontrarían la manera de salir de ésta, que siempre lo habían conseguido, de todos modos puedes llamarme cuando quieras, a cualquier hora, se oía decir todas esas cosas como si hablara otro, mientras su mente se anticipaba al instante después de colgar, a ese monstruoso epílogo de silencio que forma parte de la historia apócrifa de la comunicación por vía telefónica, y si empezamos así no acabaremos nunca, ¿te das cuenta?, parecemos dos enamorados, y al pensarlo casi les entra la risa a pesar de que se les saltaban las lágrimas, mi amor, yo si quieres, ya hablamos otro día, más tranquilos, claro, y ella colgó y después de que ella colgase ―hubo un clic suave y la señal habitual de línea―, Simón continuó unos segundos con el auricular pegado a la oreja, y luego se lo quedó mirando antes de colgar. Durante un rato no pudo levantarse del sofá porque se le había quedado dormida una pierna.

La foto de dos turistas en Florencia. Uno se deja resbalar, desde su noche y su cansancio, hasta un puente medieval con vistas a las aguas verdosas del Arno, y remansadas, Sunday morning, sol a raudales, Doménica matina, Firenze, “Please, could you…”, señalándole reiteradamente el botoncito plateado de la cámara a un solícito turista japonés, “take a picture of us?”, y esbozando un gesto que los englobaba a ambos mientras retrocedían hasta la balaustrada de piedra del puente, la cadera interrogante de Julia colmando la mano de Simón, la sonrisa del que posa, la máscara ciega para la posteridad, para una noche futura de despedidas telefónicas, morituri te salutant, ¿ya está?, la reverencia del turista japonés cuando les devuelve la cámara, una gaviota sobrevolando el río (pero, ¿seguro que el pajarraco ese es una gaviota?), todo tan natural allí en el puente, confundidos entre el resto de turistas, dos turistas más, qué le vamos a hacer, igual de adocenados, los mismos comentarios apreciativos ante la soberbia fachada de una iglesia, ante el gesto solemne de una estatua de mármol, visita guiada que desemboca en medio de una piazza renacentista con palacios y más estatuas, éste es Perseo sosteniendo bien alta la cabeza de Medusa, mirad, he vencido al monstruo, todos contemplando el rostro de Medusa impunemente, el héroe y su trofeo reducidos a un espectáculo de feria, se le ocurre a Simón, las serpientes deberían dejar petrificados a todos los curiosos, mientras Julia se mira los dedos que le asoman por las sandalias y luego mira los pies de Perseo y luego los de una señora gorda, si las estatuas pudieran hablar, pero allí las tienes, soportando dignamente la intrusión plebeya, la misma instantánea, el mismo punto de vista enfocado por ojos automáticos, y él y Julia en plena exaltación de los sentidos, mientras el día se escapa como los oscuros y sinuosos peces del río, el guía explica la lección y ellos, ajenos al dato histórico, a la fecha de conquista o de construcción, escuchan boquiabiertos algún detalle truculento de la familia Borgia, se dan pellizcos en la última fila, aprovechan un movimiento de traslación en masa del rebaño para escaparse por una calle lateral, sus pasos resuenan con fuerza por el adoquinado, los pliegues de la falda de Julia oscilan al correr. Y lo mejor del día, era volver a la habitación del hotel y encontrarse la cama hecha, fíjate, como si aquí no hubiera pasado nada, y lo mejor era también deshacerla.

A Simón le hizo gracia oír abrirse la puerta de casa y cerrarse con el mismo sigilo que Julia empleó en colgar el teléfono. María apareció en el comedor y se sorprendió al verle despierto a aquellas horas. Dejó el bolso en el sofá y ella misma se dejó caer, recostando la cabeza en el hombro de su padre, estoy rendida, oye: ¿tú no trabajas mañana?, tienes ojeras…

Bitácora de (re)creación literaria

Otras voces, otras habitaciones