Ausencias
Berta: Te escribo porque supongo que te gustará saber que lo que hasta hoy era un rumor más o menos digno de credibilidad se ha confirmado. Tendrías que verlo: paredes vacías y recién pintadas de blanco; operarios de la mudanza (que, por cierto, pertenecen a un programa de reinserción social de presos) trajinando el mobiliario de oficina y los embalajes en carretillas; una escalera de mano frente a la que me detengo, supersticioso. Tendrías que oler la pintura fresca, ese olor a pintura tan fuerte que marea. Como si lo estuviera viendo: los funcionarios del servicio de prestaciones que se incorporen a su nuevo puesto de trabajo tendrán que dejar las ventanas abiertas y los abrigos puestos los primeros días, hasta que se ventile bien la sala. Todo es blanco y nuevo. Blanco como este sol invernal y destemplado. Ya no queda ni rastro de nuestra sección. Se ve que han hecho un buen trabajo. Pero fíjate lo efectiva que es esta maquinaria sorda, mira cómo se procura que todo sea impersonal, como si no se agazapara una mano pensante tras cada movimiento y vuestro traslado a otras dependencias no fuera la consecuencia de unas políticas de personal aplicadas de manera consciente, eso que en el argot de los recursos humanos se conoce como racionalización de la plantilla y que significa: ahora toca empaquetar hasta la última grapadora, hasta la maquinilla sacapuntas, y trasladarse al nuevo edificio de oficinas, cristal, acero y hormigón (¿Y cómo estáis, vosotros? Dicen que hay poco espacio y que el edificio está mal ventilado). O puede que en el fondo no exista tal voluntad, que ni siquiera se esté jugando una partida de ajedrez en las altas esferas y que la mano que sujeta los peones por la cabecita y los cambia de casilla mueva al azar, según soplan los aires del gobierno de turno, sin un plan preconcebido, el puro absurdo. Ya lo ves, Berta: Engranajes y circuitos anónimos. Jerarquía piramidal. Ebullición silenciosa y obediente. Lo mismo que un hormiguero. ¿Y qué nos queda? Los humeantes vasos crujientes de la máquina de café. El grano de azúcar diamantino que las hormigas atesoran entre sus patitas pegajosas. La frase del día: “¿Nos tocará algún día la lotería? ¿El reintegro por lo menos?” Sí, ya sé: tú viajar por el mundo.
4 comentaris:
Vengo aquí siguiendo la estela de un comentario que has dejado en un blog amigo.
Me gusta lo que leo.
Amigo, este relato es todo un grito de socorro. Me ha resultado genial, al menos a la primera y segunda lectura que he hecho, con un día de diferencia entre ambas.
Vaya, Carlos, este cuento es bueno de veras (al menos a mí me lo parece). Me ha encantado especialmente ese final en seco, la última frase que rompe el ritmo del relato y te deja pensanso en Berta, en la rutina del narrador, en su ¿cobardía?.
Os agradezco mucho vuestros comentarios (y gracias por leerme dos veces!) De hecho este es el primer párrafo de un relato un poco más largo, aunque sí, el tono, el grito de socorro y una cierta conclusión ya están ahí desde el principio. Tengo un "problema" con mis personajes y es que, o no hacen nada para cambiar su situación, o se me escapan corriendo: son cobardes (en esto tienes razón, Viajero Solitario).
Pero bueno, quien no se ha sentido un poco hormiguita en su trabajo o quien no ha sufrido, en general, una ruptura de esas que te dejan marcado...
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