10/07/2008

Pompas de jabón



A la dragona no le gustaba el fuego, ni los árboles chamuscados, porque ella vivía en lo profundo del bosque, donde las ramas de los árboles se entrelazan. Tampoco le gustaba ir por ahí aterrorizando a nadie, aunque cuando estornudaba pareciera un lanzallamas – la gente tiene miedo del estornudo del dragón, pero eso pasa por desconocimiento. Lo que de verdad le gustaba a la dragona, era hacer pompas de jabón.

Todo empezó con una pompa que vino flotando y se le acercó tanto al hocico, que los ojos se le pusieron bizcos. ¡Plop!, hizo la pompa. Luego vino otra cerca de la barriga, ¡plop! Pronto estuvo rodeada. Le gustaban las pompas de jabón porque eran más ligeras que un dragón. Todas parecían venir del mismo sitio, entre los árboles.

Siguiendo el rastro, la dragona llegó hasta un niño que estaba sentado en una piedra. Al verla, el niño se quedó boquiabierto, con una pompa a medio hacer. “¡Eres un dragón de verdad!” – exclamó dando un salto. “¡Y tú un niño de carne y hueso!” – dijo la dragona. Se dejó acariciar la piel de cocodrilo. Aunque era una piel dura, sentía igual la manita del niño acariciándola. “¡Arriba!” – le dijo entonces – “te voy a enseñar una cosa.” Y el niño montó sobre el lomo de escamas verdes de la dragona. Entonces subieron y subieron volando en círculos. Vieron el bosque como una alfombra de musgo y el camino como una serpiente tumbada al sol, y aquí y allá cabañas de pastores. Luego la alfombra de musgo empezó a ralear y ya se divisaba un grupo de tejados con chimeneas. Habían llegado al pueblo donde vivía el niño.

Antes de despedirse, el niño le regaló el soplador para hacer pompas de jabón, y le mostró cómo tenía que poner los labios y soplar por el aro. La dragona probó y probó, y sopló y sopló, hasta que salió la primera pompa, redonda y brillante. ¡Plop!, estalló en el aire. Y enseguida salieron las demás, pequeñas y grandes. ¡Plop! estallaban las pompas en el aire. ¡Plop! ¡Plop!

Cuando se quedaba sin jabón, la dragona esperaba a que se hiciera de noche y volaba hasta el pueblo. En los patios de las casas siempre había palanganas con la colada puesta en remojo. Al día siguiente, nadie echaba en falta un poco de agua con jabón, y ni mucho menos sospechaba que una dragona hubiera estado en el patio de su casa. La dragona no dejaba huellas, porque se llevaba el agua sin poner las patas en el suelo: flotaba en el aire igual que una pompa de jabón y ¡zas!, subía en picado. Algún murciélago, pensaría alguien que la oyera.

Los sábados había baile en la plaza del pueblo. Se colgaban guirnaldas y farolillos multicolor, y venía siempre la misma orquesta. En aquella orquesta, el cantante cantaba con un hilo de voz, pero hacía gestos muy sentidos. “Es un gran cantante”, decía emocionada la gente, que apenas le oía en medio del estruendo. Los músicos tocaban muy estirados y de forma monótona y demasiado alto. Además uno de ellos, el acordeonista, desafinaba. Pero en realidad el único que tocaba bien era el acordeonista, porque los demás músicos al parecer se intercambiaban los instrumentos y tocaban sin ninguna disciplina. Todo el pueblo estaba encantado con aquella orquesta. Todos bailaban, jóvenes y ancianos, y un corro de niños y niñas giraba en medio de la plaza. El pobre acordeonista se paraba a cada rato y se secaba las gotas de sudor con un enorme pañuelo rojo. Fuera del círculo de luz de los farolillos, tras unos árboles, permanecía oculta la dragona. Sólo cuando el baile se acababa y las parejas se separaban para volver a casa, se alejaba volando. Porque otra cosa que le gustaba mucho a la dragona era bailar. Pero no hay que olvidar que los dragones son unos seres con escamas verdes, calvos y monstruosos. Y si alguien se topa con uno, ya puede rezar todo lo que sepa, que ni eso le salvará de una muerte segura.

El niño que hacía pompas de jabón estaba plantado frente a ella. Llevaba una fregona que le sacaba por lo menos cuatro palmos, y miraba a la dragona sin pestañear. “Ponte la fregona en la cabeza. – le dijo el niño – Nadie te reconocerá con peluca. ¡Vamos! Yo te sacaré a bailar.”

El plan funcionó. La dragona era muy patosa, el niño era más bajo que el palo de una fregona, y los dos se divertían mucho, y ya se habían hecho amigos verdaderos. Pero bailando bailando, la fregona salió disparada de la cabeza de la dragona. Al principio, ni la dragona ni el niño se dieron cuenta de lo que pasaba. Bruscamente, la orquesta dejó de tocar y las parejas de baile se detuvieron. (Se supo entonces que el acordeonista era el único músico de la orquesta que tocaba bien, pero eso no le importó a nadie en aquel dramático instante.) Sólo ellos dos seguían dando vueltas como locos, hasta que alguien dio la voz de alarma: “¡Es un monstruoso dragón calvo y come-niños!” La dragona estornudó con una llamarada espectacular que le chamuscó el pelo al alcalde y le estropeó bastante el traje de los sábados. Entonces se produjo la estampida. Los músicos se olvidaron de los instrumentos y saltaron del escenario atropellándose. El corro de los niños se deshizo. Las parejas de baile se separaron. Todos echaron a correr despavoridos. Durante mucho tiempo no se volvieron a celebrar bailes en el pueblo, y además, por orden del alcalde, se prohibió el uso de las fregonas con otra finalidad que no fuera la de fregar.


Ilustración de Ruiz-Roso

3 comentaris:

ovario dijo...

es lo que tienen los envoltorios....que arrojan luz sobre los ciegos.

Hechi dijo...

Las apariencias que daño pueden hacer. Relato fresco, original y muy mágico, felicidades.

Xuan dijo...

Qué curioso. Ya no veré a las fregonas del mismo modo.

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