02/07/2008

Mi funny Valentine

Chet Baker vuelve a soplar su trompeta metálica, hundidos los carrillos y los ojos, es triste cómo se le adivina la calavera.

Mi pequeña Valentina, susurra Chet Baker anémico (aplausos, pausa). Mi pequeña Valentina, todavía, todavía… Valentina por el aire, huele a sopa de burbujas. Valentina se cocina en mi habitación, humo espeso, sopa de fantasmas crepusculares que cobran forma. Al otro lado, tras una ventana, una figura humana emerge del fondo del cristal empañado de reflejos. Es la hora en que ¡plof! caen palabras como números en una operación aritmética, y mi bolígrafo azul se lanza a su encuentro. Parece que es la hora de pasar cuentas, Chet Baker. En confianza, my friend, de un muerto a otro muerto. Dímelo al oído. Mi pequeña Valentina.

Tortuga sonajero, oruga de cuerda, dentadura pies planos y ojos saltones, dedal de porcelana. Todos estáis firmes en vuestro sitio, sobre la estantería, no es estupendo (aplausos), alineados como cerillas o naranjas en sus ataúdes. Todo encaja, no es estupendo. Y la lata vacía, con su mecanismo de música, adornada con motivos navideños. Niños y niñas con sonrisas en forma de U, con sus gorritos de lana. Un pueblo pintoresco, tejados nevados. Una bandeja con dulces galletas de mantequilla. El muñeco de nieve que tiene una escoba y lleva una bufanda y un gorro de lana, nariz de zanahoria. Doy cuerda a un villancico chirriante, no es estupendo (aplausos). Tú no tienes nariz, Chet Baker. Pero no desfallezcas, no te quedes ahora sin aire, como un pececito: coge ahora mismo tus pulmones exhaustos por la tráquea, pulmones negros en forma de gaita, y exprímelos hasta el último aliento; sopla una vez más, besa la embocadura de la trompeta, labios duros, tos seca, sopla la trompeta llenándola de saliva, escupe en ella tu villancico turbio, porque ahora empiezo a recordar. Tengo un amigo que, cuando se hace un corte, guarda el pañuelo de papel manchado de sangre. Sí, también este rosario de palabras es una ofrenda, una invocación. Sigue tocando, Chet Baker. Todo va fluyendo. Fluye la vida como sangre por la herida, Valentina.

Y recuerdo ahora, mi pequeña Valentina, que al parecer nunca fuimos novios del todo, contra todo pronóstico. Yo te esperaba, y luego paseábamos en tardes como esta, con la cabeza a ratos abatida (por eso mi historia está salpicada aquí y allá de chicles aplastados contra el pavimento y de algún que otro excremento). Entonces era como si algo estuviera a punto de desaparecer al doblar cada esquina, o si yo ponía a contraluz las botellas de cerveza, opalescentes. Entonces dábamos largos paseos en un túnel de silencio. Yo llevaba estrellas en las manos, y cerraba los puños hasta que me clavaba las puntas ardientes. No sé lo que tú pensarías, callabas a mi lado o levantabas a medias un muro apilando palabras triviales. Ninguna emoción por parte de las nubes, demasiado ocupadas en hacerse y deshacerse, mientras una sucesión geométrica de tablones o de baldosas transcurría bajo nuestros pies alados.

En el mes de mayo tú eres mi amor, y ya sé que decirlo en voz alta equivale a suicidio en valla publicitaria con impúdicas letras. Y para que no te vayas, mi pequeña Valentina, todavía, todavía… sólo tengo que repetir tres veces la palabra mágica: manubol (pero manubol sólo significa “manuales universitarios de bolsillo” y nada más, por eso igual te vas y haces tu carrera, te subes a otro tren, dicho con la madre de los tópicos). “Tú eres mi amor en el mes de mayo”, sí, todos los titulares lo proclamaron con letras enormes.

Porque ahora empiezo a recordar: “hallado cuerpo sin identificar flotando en el muelle”, cuerpo flotando boca abajo en las aguas aceitosas, meciéndose con un puñal clavadito en la espalda, chocándose contra el casco de los transatlánticos. Allí en las aguas lóbregas donde van a parar también los peces podridos y las botellas de plástico que no se pudren, y los residuos urbanos. Así tan flaco y deshecho, mi cadáver se parece a ti, Chet Baker, los carrillos hundidos, los dedos huesudos como patas de bicho, y los ojos que se van hundiendo en la calavera hueca. Tú y yo somos residuos urbanos. Mi pequeña Valentina se fue en un soplo, se fue en un soplo, adiós Chet Baker, adiós calavera, adiós tortuga sonajero, adiós oruga, dentadura pies planos, y dedal de porcelana. Se acabó el villancico asmático. Se fue en un soplo. Mi pequeña Valentina, sopa fría.

Bitácora de (re)creación literaria

Otras voces, otras habitaciones