El gato Gérôme
Dentro del ya consagrado ciclo de conciertos “Les nuits d’eté”, la pasada noche tocó en el café Saint-Urban Charles Gérôme, guitarrista de jazz manouche. Es uno de esos tímidos geniales, escueto en las entrevistas, un manouche de pies a cabeza que lleva encima casi tantos anillos y sortijas como años de rodaje. Le avalan (¡sólo!) tres discos que ha publicado en un sello independiente francés. A Gérôme nunca le ha gustado eso de encerrarse en un estudio de grabación. Es un nómada. A Gérôme lo que le gusta es el calor del directo. Ahí está en su salsa, entre amigos. Como en esta ocasión, en que salió a tocar solo pero nunca estuvo solo. Escenario mínimo: una silla, un micrófono y una guitarra acústica. Se apagan las luces, se enciende el foco sobre la tarima y poco a poco se va haciendo un silencio premonitorio. Aparece Gérôme, tras una breve presentación que suscita aplausos y miradas expectantes. Gorra calada, melena negra y ensortijada, cigarrillo ladeado. Todos somos una sola oreja y una sola respiración en vilo, preparados para el despegue. Porque se trata de eso, de un viaje a la luna en avión supersónico, y el piloto se llama Charles Gérôme. Será un viaje de ida y vuelta de apenas cuarenta minutos, del que saldremos todos convencidos de haber asistido a algo especial, irrepetible; algo que sólo puede darse aquí y ahora, y que por eso no admite intermediarios. Durante la actuación, Gérôme parece estar sumido en un éxtasis permanente; un éxtasis del que sólo a ratos emerge, para redescubrir con ojos escrutadores a su auditorio: los parroquianos, algún que otro melómano, algún que otro crítico musical infiltrado en esta ceremonia profana, todos incondicionales ahora, todos apretujados en un local que se ha quedado irremediablemente pequeño, olvidados en la música, rumbo a la luna de Gérôme. Decenas de pies marcan el ritmo en la penumbra densa, imposible sustraerse al hechizo sincopado del amigo Gérôme, del inmenso (en todos los aspectos) Gérôme que nos habla, y nos habla en el idioma de una tradición musical no escrita. El punteo delicado y amoroso de Tu es mon amour; el Blues in d minor, que revisa un viejo tema del mítico Django; una endiablada Improvisation 2, que se sale de los límites del mástil… Son los sabios zarpazos del gato Gérôme, gato juguetón que persigue el ovillo de lana, tigre a veces. No hay imposturas en este juego: el sacerdote Gérôme oficia con maestría la liturgia del pueblo gitano ante los fieles que nos hemos congregado esta noche en el café Saint-Urban. Porque él es el artista inspirado y auténtico, a años luz de las servidumbres fatuas de la técnica y del virtuosismo.
(Estudio de personaje)
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