Treintaytantos II
Por meterme una vez más con Berta, yo le decía que me la estaba imaginando desnuda. Dábamos una vuelta exploratoria por el centro comercial, mirándonos de reojo en los escaparates. Te estoy imaginando desnuda. Nada más oírlo, ella se escandalizaba mucho y se sentía halagada al mismo tiempo, y se parapetaba riendo tras ese bolsazo de batalla que lleva siempre. Desnuda – matizo yo -, pero no de un modo estático, no posando con camisón de encajes, sino desapercibida, íntima, una escena de estar por casa en calcetines: duchándote, por ejemplo, o cuando te levantas de la cama, (como por supuesto no se ducharía ni se levantaría nunca una chica fuera de mi imaginación, lo pude contrastar con Berta, lo cual está muy bien para ahorrar tiempo y agua, pero muy mal para fomentar la imaginación); pero en fin, a cuenta de ese tipo de episodios me evadía yo felizmente en las soporíferas horas de oficina. Recreaba con pausa y rebobinado el improbable recorrido hasta la habitación de Berta, “the long and winding road” hasta una cama voladora en la que cualquier grandísima noche (¿y por qué no aquella misma?) acabaríamos tirándonos los dos, borrachos, sólo es cuestión de dejarse llevar y que el roce haga saltar chispas de cariño entre polos opuestos. ¿O es que me has llevado a al piso que compartes con tus amigas con la única intención de enseñarme la magnitud de las manchas de humedad que dices que hay en la pared frontal del dormitorio? Sí, es cierto, vaya manchas, vaya humedad, tenías razón: sólo falta un pulpo encaramado en lo alto del armario ropero, discreto animal de compañía. Pero al final no pasaría nada remarcable entre nosotros, aparte de estar flotando y con los pelos de punta a causa de tanta electricidad estática, inconveniente de los ecosistemas húmedos; habríamos caído rendidos apenas en los preliminares, atascándonos penosamente en las cremalleras y en los botones, como dos músicos con demasiados instrumentos, y en un barullo de tentáculos, porque habría que contar al pulpo que resbala por el armario y se nos cae encima con toda la gelatina, como si no tuviéramos bastante tocando a cuatro manos, va y se nos suma el pulpo a la “jam session”; aún así nos dormiríamos los tres, confundidos en la noche, porque después de una jornada laboral yo me duermo como un niño en cualquier parte, y aún más si se trata de una cama doble (donde Berta duerme solita todas las noches, como en los cuentos, con un pulpo encaramado al armario), suerte que Berta es comprensiva y me arropa y también está cansadísima últimamente. Resultado: nuestro alarde fogoso transformado en casto reposo, y el pulpo que primero nos succiona con las ventosas y luego, como ve que no estamos por la labor, se repliega, enredado en nuestros brazos y piernas, y se queda allí palpitando y viscoso, visiblemente enfurruñado, como se enfurruñan los pulpos. Apenas despunta el alba de dedos de rosa, el pulpo es el primero en despertarse. Se despereza estirando sus ocho tentáculos y toc-toc, nos llama con inofensivos y húmedos golpecitos: volvemos a intentarlo medio dormidos, semiinconscientes, acalorándonos mucho el pulpo, Berta y yo, sudando los tres, resbalando, manoteando, con pelos en la lengua. Después Berta saldría de debajo de las sábanas revueltas, camino de los cinco minutos bajo el chorro. Se pondría braguitas minimalistas, falda volandera (en vez de los jeans arremangados que llevaba hoy), y sandalias romanas, y se pasearía por la habitación, el pelo mojado, semidesnuda como una criatura mitológica de blancos tobillos, en parte para exhibirse (el pulpo y yo, grandes amigos a estas alturas, nos haríamos gestos de complicidad a espaldas de Berta), y en parte buscando el sujetador perdido entre los jirones de aquella breve y gloriosa noche: mira, bien podría ser uno como éste, con relleno, me puse a agitar el sujetador delante de sus narices en una tienda de ropa, sección “prendas íntimas para él y ella”.
2 comentaris:
Engarzado todo con mucho mimo. Me gustan las imágenes que creas con la repetición de la desnudez, la humedad, el pulpo –por supuesto-, la complicidad, la intimidad, la ropa íntima, el centro comercial, qué se yo...
Me parece que lo tiene casi todo.
Un saludo,
David
Bienvenido!
Pues sí, con mucho mimo lo he escrito, como tú dices. Me alegro de que te haya gustado. Y el pulpo se coló por casualidad, pero ha resultado ser todo un secundario.
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