La cabaña del árbol
Teníamos que encontrar un árbol frondoso, de ramas gruesas y resistentes, había dicho Tomás antes de salir de excursión. Un árbol apropiado para construir la cabaña. Después ya no había hablado más en toda la mañana. Supongo que todavía estaba enfadado conmigo por el accidente de Dardo, nuestro perro. Tomás es mi hermano mayor. Yo no entiendo de animales ni de árboles como él. Apenas sabría distinguir un cedro de un castaño o de un abedul (tiendo a olvidar los detalles, y ya no recuerdo si él árbol que tengo delante es un cedro, un castaño o un abedul, aunque el sauce llorón y el ciprés sí los distingo y me salen bastante bien: el uno se dibuja como una lanza, y el otro como una cabellera). Sí, claro, he estudiado los árboles en un libro de ciencias naturales y conozco, grosso modo, las partes en que se divide el árbol (igual que la flor, igual que la célula). Pero no es lo mismo ver los árboles en una foto, acompañados de esquemas y explicaciones, teniendo el libro en el regazo y dándole sorbitos a un vaso de leche, que cuando tienes que salir al campo a buscar un ejemplar que pueda soportar una cabaña de madera. Para mí todos los árboles son cualquier árbol, a pesar de que algunos tengan las hojas dentadas y otros las tengan alanceadas y en invierno se queden pelados.
A veces pienso que si Tomás y yo fuéramos árboles, no nos pareceríamos en nada (aparte de ser hermanos), porque Tomás es corpulento, tiene el pelo negro, habla sólo lo necesario y camina a zancadas. No, no nos pareceríamos en absoluto. Tomás y yo seríamos cada uno una especie distinta de árbol, quizá él sería un ciprés y yo un sauce llorón, como los que hay en la orilla del pantano. Al menos eso es lo que yo creo. Pero no sé si él estaría de acuerdo.
Tomás señaló aquel árbol apartado del camino, un árbol solitario en la cima de una colina de suave pendiente. Marchábamos en fila por un camino de tierra que serpenteaba, flanqueado por una espesura de árboles y matorrales. Yo había perdido la noción del tiempo. No sé cuánto rato llevaríamos caminando por el bosque. Seguía a Tomás respirando con esfuerzo, tratando de no quedarme rezagado y ser una carga. Pero yo no tengo la culpa de ir lento. No puedo ir más deprisa y además la montaña me produce alergia y no paro de estornudar. Y me dolían los pies. Cuando llegamos a la cima respiré con alivio. A Tomás le brillaban los ojos. Parecía excitado y respiraba deprisa, pero no era de cansancio porque él no se cansaba nunca. La cabaña del árbol era un viejo proyecto. Habíamos hablado sobre ello muchas noches, en el dormitorio con la luz apagada y la ventana brillando al fondo. Sabíamos exactamente cómo tenía que ser, porque la habíamos proyectado en la oscuridad, pieza por pieza. Dejamos las mochilas al pie de aquel árbol y nos tumbamos un ratito a la sombra, escuchando los rumores del bosque en silencio. Tumbados en la hierba al pie de nuestro árbol en la colina, con el que habíamos soñado tantas noches.
– Sí, parece un buen roble. Aquí construiremos la cabaña. – dijo finalmente Tomás, mientras acariciaba una raíz que sobresalía, como si acariciara el lomo arqueado y peludo de Dardo. Ya he dicho que Dardo era nuestro perro. Tomás lo quería mucho. Yo tampoco entiendo de animales, como Tomás, y no sé ni qué perro era (igual que me pasa con los árboles). A mí me parecía un perro como cualquier otro. Pero no fue culpa mía. Qué le iba yo a hacer al perro. Con el asco que me da tocar a los perros, que no me gusta ni cómo huelen y que vayan siempre con la lengua colgando y restregándose en la gente. Qué le iba yo a hacer. Desde luego no son aseados como los gatos, no se puede comparar. Los gatos sí que me gustan. Pero yo no tuve la culpa. Estábamos bañándonos los tres en el pantano y se lo tragó un remolino. El pantano nos lo devolvió, siempre acaba devolviendo todo lo que se traga. Dardo apareció en la orilla, en un remanso entre sauces llorones, bien lavadito y con el pelaje reluciente, como si estuviera dormido, pero no, estaba muerto: vimos que tenía el vientre hinchado y que no respiraba. El pantano nos lo había dejado en la orilla. Tomás lo alzó y se lo llevó en brazos, chorreando, hasta casa. Y ya no me volvió a dirigir la palabra hasta ayer, sólo para proponerme de forma escueta que saliéramos a buscar nuestro árbol.
Imité a mi hermano y pasé la mano por la raíz arqueada del roble, acariciándole el lomo al pobre Dardo. Pobre Dardo, pobre Dardo. Se ve que lo echaba de menos, al perro aquel. Si no se hubiera ahogado, ahora estaría correteando por la hierba, ladrándoles a las mariposas o a los pájaros. Después vendría trotando, a olisquear las manos de Tomás. La raíz era rugosa y dura (“esto es un roble”, pensé, “esto es un roble”), y creo que me arañé la palma de la mano. Entonces sopló un viento que agitó la copa, y pareció como si aquel viejo roble se despertara y nos diera la bienvenida, y nos diera también permiso para construir la cabaña entre sus ramas frondosas.
Yo estaba deseando ponerme manos a la obra, porque llevábamos toda la mañana en el camino y ninguno de los árboles que le iba proponiendo a Tomás le parecía lo bastante bueno. Me dolían los pies, pero como no entiendo de árboles ni de perros, no me atrevía a llevarle la contraria ni a pedirle que descansáramos un poco. Pero ahora ya habíamos encontrado nuestro árbol y era perfecto, y ya no había necesidad de buscar más. Se estaba bien a la sombra del roble, como buenos hermanos. Me decidí a romper el silencio.
– ¿Cómo construiremos la cabaña? – le pregunté a mi hermano, porque era obvio que no habíamos traído nada para construir (pero sólo nos habría faltado tener que cargar todo el camino con tablones y clavos). Lo único que llevábamos era una soga enrollada a la mochila de Tomás. Y el hacha de cortar troncos, que yo había puesto junto con los bocadillos en mi mochila. De queso y jamón dulce. Los había preparado yo, en la cocina, mientras Tomás cavaba en el jardín. Mamá dormía todavía. Últimamente dormía mucho, con la tele de su habitación a todo volumen. Cuando Tomás se presentó con Dardo en brazos, ella se limitó a pedirle que lo enterrara enseguida. Tomás volvió de enterrar a Dardo y se fue a lavar las manos negras de tierra en la pica. Le pregunté si le hacía también su bocadillo de queso y jamón dulce. Creo que ni me miró.
– Mira, Tomás, yo no tuve la culpa – le dije entonces y volví a repetirle ahora. Él me echó una mirada de odio, frunciendo el ceño y clavándome los ojos como nunca se lo había visto hacer. Ni siquiera aquella tarde que papá nos dijo que podríamos verle cuando quisiéramos, y después se subió en el coche y se largó para siempre, sin tenernos ley ninguna. Lo vimos alejarse por la carretera, con música de fondo: la tele de la habitación de mamá, que sonaba a todo volumen. Pero ni siquiera a papá le miró Tomás como me miraba a mí ahora. Yo creo que aún no le había perdonado a papá que se fuera así, y que por eso ahora lo pagaba conmigo, con el más débil de la familia. Porque si no, no se entiende que alguien se ponga así por un perro muerto.
Tampoco me respondió ahora. Parecía distraído en sus pensamientos. Se puso a desenrollar la soga sin decir nada, y a sopesarla, escrutando las ramas bajas del roble. Así que yo supuse que tendríamos que ir a explorar el bosque, a buscar madera para construir la cabaña.
– Pero podríamos comer primero. ¿No tienes hambre? – le pregunté de repente, mientras abría la mochila para sacar los bocadillos. Yo ya me sentía más animado, después de descansar un poco. Había decido no tomarme muy a pecho el enfado de Tomás. Al fin y al cabo, a veces los hermanos no se hablan. Estaba francamente ilusionado con la idea de nuestra cabaña. Eso era lo importante. Por supuesto tendríamos otro perro. Pero es que mi hermano Tomás seguía sin hacerme caso. Como si yo no estuviera. Había comenzado a hacer un lazo con la soga, igual que si fabricara una trampa para conejos. Como no tuviera la intención de pasarla por alguna rama, para izar las maderas de la cabaña… Eso es lo que he pensado más tarde.
Pero no le di tiempo ni de respirar, ¿sabe usted?, porque saque el hacha y le partí la cabeza allí mismo, a mi hermano Tomás, le abrí la cabeza por la mitad como si abriera una sandía, que ni se lo esperaba, se quedó recostado contra la raíz, sus manos grandotas agarrando la soga, con el hacha entre ceja y ceja, sacudiendo una pierna y después bien quietecito se quedó, regando el roble con la sangre que manaba, ya sin moverse, mientras yo me comía el bocadillo y espantaba las moscas que acudían.
2 comentaris:
supervivencia....Tomás y el matador de perros...el que no correc vuela...
Me ha molao, si señor...con su aderezo de gore.
pd: pa mi lista.jejeje
Gracias por tu comentario!
Mi intención era escribir un cuento infantil, pero el hermano pequeño me salió contestón... yo creo que esta salida gore, se debe a que últimamente no estoy muy a gusto en el trabajo y claro, por algún lado tiene que salir.
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