El pescador

Ilustración de Ruiz-Roso
No muy lejos de la costa, sentado en una roca aislada, había un joven pescador. Llevaba una camiseta veraniega con franjas de color verde y blanco, y pantalones cortos. En uno de los bolsillos, rebullía un puñado de lombrices de tierra recién capturadas. La roca ofrecía tan poco espacio, que el muchacho se veía obligado a mantener las piernas encogidas y a sujetar su rudimentaria caña de pescar con ambas manos. El mar estaba en calma, soplaba la brisa y el sol cabrilleaba en el agua. El sedal apenas oscilaba con el monótono balancearse de las olas. El muchacho permanecía inmóvil y encorvado (aquel asiento no daba más de sí), como una rara ave migratoria que hiciera escala en la piedra. En toda la mañana, ningún pez se había dignado a picar en el anzuelo. Un pescado asándose al fuego, mientras él se adormece frente al crepitar de la hoguera. Un pedazo de carne blanca y humeante: le hinca el diente pero está ardiendo y tiene esperar con la boca abierta, jadeando, el bocado a medio masticar haciendo equilibrios en la lengua. Todo eso se imaginaba el pescador mientras se mordisqueaba la uña del pulgar sin dejar la caña. Allí en la roca, en medio del mar, se oían sus tripas como un concierto de ranas eructando.
De repente, vio con estupor como, a escasos metros de la roca, salía como un cohete del agua un pez azul. Y lo que aún le sorprendió más, es que el pez le sacase la lengua burlonamente, haciendo una pirueta antes de desaparecer, como un saltador de trampolín. “Demasiado sol”, pensó, soltando momentáneamente la caña para frotarse los ojos, “llevo aquí mucho rato y ya empiezo a ver visiones”. Pero el pez azul volvió a saltar. No una, ni dos, sino tantas veces que el joven pescador no se esforzó en seguir la cuenta. Pudo observar, ya sin sorpresa, que era un pez reluciente y azul, con una aleta dorsal, que parecía realizar acrobacias para él: se quedaba un instante suspendido en el aire, brillando al sol, le miraba con ojos risueños y le sacaba la lengua (pero eso ya no se lo tomaba a mal) y ¡plof!, vuelta a zambullirse. Pero sabía que, tarde o temprano, con tanto salto, al pez le entraría hambre y no se podría resistir a morder la lombriz que había puesto de cebo. Una lombriz gorda y blanca que se retorcía entre sus dedos sucios de tierra, y que aún se movía cuando la había ensartado en el anzuelo.
El pez azul era incansable. Era un alevín, el equivalente a un niño de siete o diez años, y se sentía acróbata y explorador. Ya era mayor y no se conformaba con mecerse en la blanda cuna de las profundidades marinas. Además, recientemente había descubierto que podía sacar la lengua y girar los ojos al mismo tiempo. Nada llenaba más de orgullo a sus padres que los progresos del alevín. “Pronto será todo un pez y nos abandonará”, decían. El pez azul dedicó aquella mañana a saltar más arriba del cielo de los peces, donde dicen que no hay agua. Tomaba carrerilla, aguantaba la respiración, ¡chas! daba un coletazo, salía a la luz y volvía a sumergirse. Era una aventura nueva y peligrosa, sentir el sol y la brisa erizándole las escamas azules, y sostenerse apenas en aquel elemento irrespirable y mucho menos consistente que el agua. Después de unos cuantos saltos mortales, el pez sintió el estómago vacío y no tardó en acercarse a la lombriz, que languidecía en el anzuelo. Cauteloso, le dio unos golpecitos con el hocico, para ver si estaba dormida o qué. Una blanca y apetitosa lombriz. La estaba tanteando, antes de pegarle un bocado. No había visto nunca un bicho de esos, pero los rumores y las advertencias acerca de las lombrices estimulaban su curiosidad de alevín. La lombriz entreabrió un ojo (diminuto igual que la punta de una aguja) y se retorció débilmente en el anzuelo, como si se desperezara. Torció la cabecita hacía allá arriba, donde la superficie del mar era una fría reverberación.
– ¡Espera! – le dijo al pez, con mucho esfuerzo. Al hablar, le salía una ristra de burbujas por la boca – Te presiento, eres la muerte. Vienes a por mí. Hace rato que me rondas, no acabas de decidirte. O quizá eres sólo un pez hambriento. ¡Ay! Quien me lo iba a decir esta mañana, yo que salía tan feliz de debajo de una hoja de col. Vivía enterrado en el humus nutritivo de un huerto. Me arrancaron de mi innumerable familia, de mis hermanos anélidos. Me introdujeron en un saco oscuro, me llevaron junto con otras lombrices a un viaje sin retorno. Cómo los extraño a mis viscosos hermanos, en esta vasta soledad de agua helada. No. Ya no lucho contra mi destino. Como ves, estoy ensartada en un gancho, y además estoy casi ciega. Pero se ve que mi cuerpo segmentado está hecho para durar. Ahora ya no siento nada, sólo la nostalgia de mi huerto, la fresca sombra de las hojas de col. Creo que si me mordieras, no me dolería. ¡Vamos! Cómeme de una vez, acaba ya con este suplicio. Adelante, ¡hazlo! ¡Acaba conmigo! ¡No, espera! Déjame darte un último consejo: no lo hagas. No me comas, no me comas a menos que quieras correr la misma suerte que yo...
Pero el alevín no escuchaba las palabras premonitorias de la lombriz, sólo veía con asombro las graciosas burbujitas saliendo de su boca (cada vez más espaciadas) y un ojo miope que era como un puntito negro, y la cola que se agitaba con espasmos (¿o era la cabeza?), revolviéndose en una especie de danza que al pez le resultaba atractiva. Le recordaba a la danza ecuestre de los caballitos de mar.
- ¡Ay! ¡No! No me comas…
Todo esto sucedía a pocos metros de la superficie. Arriba, en la roca, el joven pescador, que ya estaba cabeceando bajo ese sol implacable del mediodía, se sobresaltó al sentir un tirón en el sedal.
– ¡Sí, por fin, por fin han picado! – exclamó. No se cayó de la roca de milagro.
Siguió un estira y afloja, que el joven pescador se figuraba como un combate heroico entre él y lo que quiera que estuviera tirando del anzuelo allá abajo. Debía de ser un pez enorme. Tiraba con todas sus fuerzas. Varias veces estuvo a punto de hacerle perder el equilibrio, como si él fuera la presa en vez del cazador. Y se habría caído al agua si no hubiera afianzado bien los pies en la roca y no hubiera opuesto resistencia al tironeo, aprovechando las pausas (cada vez más largas) para tirar fuerte a su vez, arqueando la caña hasta el punto crítico de resistencia. Porque se trataba de eso, de desgastar al oponente.
La presa codiciada ya asomaba, primero la cabeza, chapoteando a la desesperada, tirando ya sin fuerzas; y después el cuerpo entero, retorciéndose en el aire a medida que lo izaban fuera del agua.
Cuando lo tuvo en su regazo, agitándose reluciente, el joven pescador vio que era el mismo pez azul de antes. Pero seguramente todo había sido causado por la insolación, es imposible que un pez saque la lengua, los peces no tienen lengua, y si la tuvieran no sabrían sacarla y aún menos no irían por ahí burlándose de los pescadores. El pececillo se asfixiaba, abriendo y cerrando las agallas a trompicones, resistiéndose inútilmente a morir. Le arrancó el anzuelo con cuidado y le golpeó la cabeza varias veces contra la roca, para que dejara de moverse y no se le escurriera de las manos. “Después lo asaré al fuego y me lo comeré”, pensó, mientras se lo guardaba en un bolsillo del pantalón (no había traído un cesto, en qué estaría pensando). Rebuscó en el otro bolsillo y sacó una nueva lombriz, que puso de cebo, y volvió a lanzar la caña. Siguió pescando, esta vez sin demasiada convicción. ¿Hasta cuando tenía que quedarse esperando allí en la roca? Ahora dudaba si el pescado (la cola inerte le asomaba por el bolsillo del pantalón) se conservaría fresco, o si al final tendría que tirarlo al agua, menudo desperdicio.
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