21/05/2008

Treintaytantos

Nos caíamos bien, Berta y yo. Compartíamos una cierta actitud irreverente contra nosotros mismos y una antipatía cruel contra la gente que carece del sano sentido del humor, esa clase de personas para quienes las cosas son lo que son, sin dobladillos, y punto, ¡señor, qué poca sangre! Así que ella se metía sin rodeos con mi manifiesta falta estatura y de iniciativa, y yo le replicaba que bueno, ella tampoco era lo que se consideraría una tía buena, mas bien feúcha de cara, con ese culo hiperbólico y esa notoria ausencia de pecho, más evidente ahora que se anunciaba el buen tiempo (aunque la belleza y el goce estético también se encuentren en la falta de proporción, y no exclusivamente en los cánones renacentistas), y le advertía que además, si seguía con ese mal carácter y no se depilaba el bigote, nunca iba a encontrar novio formal, y que ya empezaba a tener una edad para hacérselo mirar. Ambos pasábamos de los treinta, la edad en que, o empieza uno a tomarse las cosas por el lado cómico, o es que está clínicamente muerto. “Es que los chicos majos de verdad, o están ocupados o no me hacen caso”, decía sin mirar a nadie, y yo no sé si me incluía en esa segunda categoría. Recuerdo que, cuando iba a la universidad, un profesor nos hizo una disertación acerca de no-se-qué función del insulto (¿apotropaica?) en ciertos rituales de cortejo de los pueblos primitivos y sobre cómo esos rituales se han perpetuado en las sociedades modernas: la eterna pulla entre los chicos y las chicas, los sátiros asaltando a las vírgenes, caperucita y el lobo, etc. Pero la relación entre Berta y yo tampoco parecía ir en otra dirección que no fuera las aguas mansas y estériles de una amistad con derecho a roce (y eso que ella siempre hacía mueca de asco al referirse a ciertos tipos sobones, aunque a mí me pusiera la mano en el brazo para apoyar sus argumentos). Es decir, que en el fondo actuábamos de una manera que no siempre coincidía con lo que nuestra retórica pugilística daba a entender, una retórica que frecuentaba el terreno de los malentendidos, los juegos de palabras y las expresiones vulgares. En el fondo estaban los silencios, en el fondo se agazapaba alguna otra cosa, anterior a las palabras. Lo bueno es que, medio en broma, era ella la que siempre me acababa confesando más detalles de su vida y de algún ex novio brumoso de esos de Messenger y quita y pon. Llegados a ese punto, yo siempre prefería mantener un discreto hermetismo; más que nada, porque ya se sabe que un antifaz siempre lo vuelve a uno más interesante a ojos de los demás, sobre todo de los treinta para adelante.

Una tarde, al salir del trabajo, fuimos a tomar un café a un centro comercial que hay cerca del puerto, porque es triste decirlo, pero este era el único aliciente de nuestro trabajo, que estaba cerca del puerto y al salir podíamos ir a pasear por el muelle. Era una tarde radiante, de esas de principios de mayo en las que, a lo tonto, la puesta de sol se demora. Soplaba una brisa agradable y apetecía pasear. Fuimos caminando hasta las terrazas. Había mucho turista, todos fácilmente identificables, pululando, invadiéndolo todo en grupitos. Turistas que, en sus bien organizados países del norte, a estas horas probablemente ya estarían a punto de irse a dormir y que ahora iban cámara en ristre, con su gorro explorador, sus bermudas, sus cogotes enrojecidos y sus piernas blancas como carne cruda. Además, la presencia imponente de cruceros atracados en el muelle daba pie a planear viajes, las próximas vacaciones de verano, esa postal que ahuyenta el fantasma de los horarios y las órdenes y los pupitres... Hablar de viajes lleva casi siempre, por extensión, a destapar esa quimera que son nuestros proyectos e ilusiones más íntimos. Nos sentamos en una cafetería y Berta encendió un cigarrillo y se puso a hablar con pasión de Egipto, de las pirámides y del inevitable crucero por el Nilo que iba a hacer con sus compañeras de piso este verano: la película que explica últimamente todo el mundo, un escenario exótico de palmeras, dunas y oasis, la vía de escape a los atascos y las conversaciones de ascensor, todo en un mismo paquete turístico de oferta en las agencias de viajes. El turismo actual es como una película de serie B, con mediocres actores contratados por horas y decorados de cartón piedra tipo Cecil B. de Mille. De todos modos no me parece mal el mito de Oriente, aunque yo, para darle un giro a mi vida, como hace el talentoso Ripley a golpe de remo y no precisamente remando, preferiría alguna isla griega con aroma de tomillo y silencio absoluto de las tres de la tarde, relojes derretidos; si yo tuviera valor, sería el prototipo del aventurero decimonónico sin más ataduras que un billete para el próximo ferry a Naxos. En todo caso, me conformaría con no viajar como el típico turista, pondría todo mi empeño en salir de mi burbuja y ser completamente otro, empezando por asimilar algo del idioma y las costumbres foráneas.

Tema zanjado. Pausa. Conveniente cambio de postura. A continuación pasamos al tema siguiente y recurrente: el trabajo. Es el tipo de conversación que crea complicidad y no compromete en exceso, pero que le permite a uno definirse por oposición a los demás, recortar su propia silueta dando tijeretazos alrededor. Subtema: cotilleos. La histérica de contabilidad. Detalles: aquella vez que, en invierno, no nos funcionaba la calefacción, ella trabajaba con el anorak puesto, un anorak rosa de plumón; o también, por las mañanas, subir en el ascensor con gafas de sol. Parece que, desde que tenía una relación estable, estaba menos histérica que de costumbre e incluso más amable y distendida. Se había echado novio, y le hacía partícipe a Berta, con total confianza, de sus dudas acerca de la maternidad. Hasta se iba a mudar de piso. Eso es lo que aporta una relación estable, más estabilidad. Yo fingía interés, pero ya tenía la cabeza en otra parte, llena de hidrógeno y ascendiendo hasta la estratosfera. Hablar de viajes me había provocado una ausencia inexplicable. Un vacío. A mi alrededor, entre Berta (que además no para de fumar, no puede dejarlo) y yo. Por todas partes, en todas las cosas. Un vacío absurdo y extraño, un haberse quedado todo sin alma, como cuando el huracán lo ha arrasado todo.

2 comentaris:

Astrolabio dijo...

Me he visto paseando con un antiguo compañero de trabajo (que, por cierto,también estaba cerca del mar). Un viernes cualquiera por la tarde después de trabajar, aireandome por el puerto de mi ciudad, una de esas tardes tontas como tantas otras... Escribes cortometrajes! ¿Para cuando dejas lo de escribir un libro de relatos cortos?

Carlos Arnal dijo...

Saludos, Astrolabio.

Bueno, de momento me conformo con escribir a escondidas, ir perpetrando algún que otro relato y registrarlos en esta bitácora, que se parece un poco a aquella sonda que se envió al espacio creo que por los setenta del siglo pasado, para establecer contacto con el espacio exterior. Cuando escribo algo y lo publico aquí lo hago con esa misma ilusión y expectativas, como quien arroja una botella al mar. Pero cuando pienso en todo lo que supone enviar textos a una editorial y meterme en ese rollo, así sin conocer a nadie... además tengo que mejorar. De todos modos ¡gracias por darme ánimos!

Bitácora de (re)creación literaria

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