Miriam III
Miriam arrugó en sus manos el garabato ilegible que había dibujado. Al otro lado de la ciudad, un hombre cayó muerto en el acto.
Había sacrificado amistades, novio y trabajo, para escribir una novela policíaca, y ni siquiera tenía el nombre del personaje principal. Las bolas de papel se apilaban sobre su mesa. Escribió algo y enseguida hizo otra bola, que fue rodando junto a las demás. Murió otro hombre.
El modus operandi del asesino, la similitud de víctimas y escenarios, intrigaba al inspector Celada.

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