28/04/2008

Palabra y realidad

Hago un extracto del discurso de ingreso en la RAE del novelista Julián Marías, en que plantea eleteno tópico de la creación literaria: la relación de la palabra escrita con la realidad y la imposibilidad material de narrar un suceso. Me parece una reflexión muy lúcida, con ejemplos extraídos de la práctica, a un problema con el que todo escritor (o toda aquella persona que en alguna ocasión se plantee contar una historia) se enfrenta:

En el momento en que interviene la palabra, en el momento en que se aspira a que la palabra reproduzca lo acontecido, lo que se está haciendo es suplantar y falsear esto último. Sin querer se lo deforma, tergiversa, distorsiona y contamina. Se lo fragmenta y se convierte en sucesivo lo que fue simultáneo. Se lo delimita con un principio y un fin artificiales, que quedan al siempre discutible criterio del relator, él los establece. Inevitablemente se introduce un punto de vista y por lo tanto una subjetividad. Al menor descuido, uno adjetiva, y los adjetivos habitan en el reino de la imprecisión: aunque sólo sea para señalar que una persona le dio a otra un golpe «fuerte», este variable vocablo constituye ya por sí solo una interpretación, una aproximación, un atrevimiento y una mera conjetura, porque «fuerte» no puede significar lo mismo en boca de una niña de diez años y en la muy fiera del antiguo campeón de los pesos pesados Mike Tyson, por recurrir a un contraste extremo en la posible medición de un golpe.

Lo que uno ve y vive es por definición fragmentario y sesgado, y la simple ordenación de los vocablos y frases que uno emplea en la relación de algo es ya una infidelidad a ese algo. La narración no admite la simultaneidad, por mucho que algunos autores hayan buscado o inventado técnicas, a buen seguro ingeniosas, que produzcan o creen ese efecto. Asistimos a los sucesos desde nuestra subjetividad irremediable y desde un solo punto de vista, y hasta cierto punto lo vemos todo como si, ante una escultura, sólo fuéramos capaces de contemplar su parte frontal, o bien la posterior, o uno u otro de sus perfiles, pero estuviéramos incapacitados para dar la vuelta en torno a ella y admirarla desde todos los ángulos, como fue concebida y ejecutada. Vemos la realidad como si, en vez de tener volumen, dimensiones y relieve, fuera siempre una pintura plana, y así estamos obligados a contarla. Tal cosa como un testimonio fidedigno resulta del todo imposible, y no sólo por nuestra posición subjetiva y limitada, que de todo nos da un conocimiento incompleto, sino por el instrumento —la lengua— de que nos valemos.

Una de las grandes y primeras dudas que asaltan a cualquier narrador —sea cronista, historiador o testigo; sea novelista incluso— es por dónde comenzar, o qué contar antes y qué luego.

Si uno ve un incidente en el andén del metro, lo más probable es que empiece por situarse a sí mismo y que diga: «Estaba yo esperando el metro cuando...», lo cual, ya de entrada, nada tiene que ver con el incidente en sí, y es más bien una especie de justificación de por qué el que relata vio lo que vio. «... Cuando vi que un hombre se acercaba a otro y lo increpaba», podría continuar la narración. Pero ese narrador habrá ya introducido un verbo poco fiable, «vi», porque tal vez otro testigo haya visto a los hombres con anterioridad a la increpación y por tanto tenga más datos y sea más idóneo para contar lo que pasó, tal vez haya visto cómo uno llevaba un buen rato mirando al otro con odio y mascullando algo, y acaso un tercero haya observado cómo el luego increpado le había sustraído la cartera al increpador, y que ese era, por consiguiente, el muy probable motivo de la increpación. También es posible que el primer narrador, antes de proseguir con su relación de hechos, opte por describir someramente a los dos individuos, o que pase a comentar el sobresalto que le causaron los gritos, o la inicial reacción de alarma de las demás personas que estaban en el andén, o que inserte una mención a los vigilantes del metro, que en aquel instante no estaban presentes, ocupados con otro incidente

en otra zona de la estación. Puede que haya oído las palabras pronunciadas por el increpador, y que decida contarlas inmediatamente, o bien que prefiera reservárselas para más tarde. O que no distinguiera los vocablos y sólo esté facultado para tildar de increpación la actitud del supuesto increpador, sin certeza absoluta de que en efecto se tratara de eso, al no haber oído bien las palabras, y en realidad esté contando como algo seguro lo que es sólo una presunción. Es por ello muy difícil que el narrador no recurra a fórmulas matizadoras o que exprese reservas: «Me pareció que...»; o bien «Hasta donde se me alcanza...»; o bien «En la medida en que puedo afirmarlo...», fórmulas que, en el fondo, no hacen sino reconocer lo que vengo apuntando, la imposibilidad de contar nada acaecido, real, de manera absolutamente segura, veraz, objetiva, completa y definitiva.

Incluso de contar aquello que uno mismo ha llevado a cabo y que en principio no depende de nadie más. Es sumamente improbable, por no decir imposible, que quien por ejemplo confiesa la comisión de un asesinato se atenga exclusivamente a los hechos y diga tan sólo: «Me acerqué a Sebastián por la espalda, saqué la pistola y le pegué un tiro en la nuca». Lo más seguro es que quien confiesa tal acto diga también por qué lo hizo, y por qué aquel día y no otro, y por qué en aquel lugar y no en otro, y por qué tenía una pistola, y qué le había hecho Sebastián o qué órdenes cumplía si se trataba de un desconocido del cual le habían revelado sólo el nombre y le habían enseñado una fotografía, es decir, si aquello era un encargo y su profesión es la de sicario. Incluso en las frases que acabo de enunciar, escuetas a más no poder, ya se está contando más de lo que las propias frases dicen, sin la voluntad del que las dice: «Me acerqué a Sebastián por la espalda» implica que el asesino tal vez lo estaba siguiendo (¿desde cuánto antes?) y que en todo caso no estaba muy cerca de él unos segundos antes de matarlo, porque se tuvo que acercar. «Saqué la pistola» implica que el asesino la llevaba en el bolsillo, o en una funda o en una bolsa, en ningún caso ya en la mano, puesto que la sacó. «Le pegué un tiro en la nuca» implica que prefirió que Sebastián no le viera la cara, quizá para que no supiera quién lo mataba, o para que a él no lo asaltaran las dudas o le faltara el valor en el momento crucial, o acaso —más simple— porque no quería correr el riesgo de fallar ni darle a su víctima la menor oportunidad de huir, agacharse o defenderse, ni siquiera de alzar inútilmente la mano e intentar cubrirse.

[…]

Para lo que nos sirve en el fondo cada vocablo es para referirnos a las cosas sin necesidad de tener las cosas delante, lo cual equivale a admitir que el lenguaje es ya en sí mismo una traducción: la palabra «árbol» es, para un hispanohablante, la primera traducción de la cosa árbol, como lo es la palabra «mujer» de las diferentes personas de sexo femenino, o la palabra «pena» de un vago estado de ánimo que sin embargo, de manera misteriosa —muy misteriosa en realidad—, todos acabamos por compartir y reconocer. «Lo que siento es pena», decimos, «o más bien lástima», y lo asombroso es que todos entiendan a qué hacen referencia esos dos vocablos, cuando se trata de dos sentimientos nada fáciles de definir ni tan siquiera de explicar, de algo bastante matizado y sutil (no son sinónimos, y tampoco son lo mismo que la tristeza o el pesar, por ejemplo). De algo, para mayor pasmo, que casi nos parece imposible que pueda existir sin su término correspondiente, es decir, sin su traducción, tan acostumbrados estamos a ella. Pero no debemos llamarnos a engaño: en contra de lo que nos puede llegar a parecer, los sentimientos hubieron de ser anteriores a esas palabras, a la palabra «lástima» y a la palabra «pena», y nunca al revés. La lengua traduce la realidad o lo existente —lo está traduciendo al denominarlo—, y muy rara vez, si es que alguna (y aquí hay lingüistas que lo sabrán dilucidar), la realidad «llena», por así decir, un vocablo preexistente y sin contenido, o que no sea la sustitución de algo.

Bitácora de (re)creación literaria

Otras voces, otras habitaciones