El autobús nocturno corre disparado en una contrarreloj por las calles sin tráfico. A la luz aséptica del interior, las ventanas son como espejos de mercurio que devuelven al pasajero su reflejo espectral contra un paisaje urbano que cae hacia atrás, hacia un olvido más rápido que el pensamiento. Casa, árbol, farola, farola, casa, árbol. Hay una presencia expectante ahí afuera, en el aire congelado de la madrugada. Suerte que estás tú aquí, sentada a mi lado. No dices nada, qué vas a decir. Para rescatarme es suficiente la premura de tu mano entrelazándose en la mía, el fervor en tus mejillas al acercar tu rostro y besarme como sólo besas tú: asidua, carnosa, pelirroja. ¡Que salten todas las alarmas! ¿Qué estamos haciendo? ¿Qué locura es ésta? Yo no tengo respuestas, sólo un sabor a licor muy dulce en la boca y ese runrún en el estómago ya hace rato. En mi cabeza se reproduce la secuencia de los actos con una lucidez y un deleite que nunca hasta ahora había experimentado: la increíble expectativa de una cita al salir del trabajo (has salido cambiada del vestuario, con los labios pintados y el pelo suelto), el bar musical y esa penumbra que las palabras van iluminando, ese palabras de torbellino que es conocerse, y abajo la servidumbre del reloj, sentir la sangre, el pulso sin cifra, inventar un largo, largo paseo por la avenida arbolada, todavía hay gente por las terrazas, quién tiene prisa una cálida noche de verano como esta, el flash del fotomatón (la ristra de nuestras fotos carnet aún frescas), la marquesina de los autobuses en la plaza, perder el tuyo en un descuido (pero en realidad ambos sabemos, aunque hagas un amago de correr), mira, detrás ya llega el mío, y llamarte con la voz de una mirada instantánea, tu resistencia al impulso sin resistirte nada, responderme con una mirada fulminante de aquiescencia. Subir conmigo. Nuestra banda sonora proviene de la radio del conductor, una canción apenas audible con el traqueteo de los vidrios y el autobús entero que vibra. Tragando saliva circundamos una rotonda y, dando un acelerón para saltarnos el semáforo que cambiaba de ámbar a rojo, tomamos por una calle ancha y flanqueada por bloques de pisos. Es aquí, en la siguiente parada. Nos ponemos de pie, prodigio de equilibrio y sacudidas y, venciendo la inercia que tira de mí, paso el brazo por tu cintura y pulso el botón amarillo de la barra. El autobús reduce, frena en seco, se detiene ronroneando y nos devuelve a tierra, contagiados de velocidad. El acordeón de las puertas resopla y el autobús arranca de nuevo. Desde el puente lo vemos alejarse, empequeñecerse, nada, un puntito de luz indistinto en la reverberación de luces automáticas de la ciudad.
Yo vivo en un ático destartalado y para colmo sin ascensor. Espiral de escaleras, nuestras voces entrecortadas rebotan y se multiplican por el rellano. A medida que subimos el corazón late más fuerte, más fuerte bajo la mano, imposible detener ese mecanismo de relojería a medida que llega la hora. Asomados a la barandilla, jadeando, el pozo de la planta baja abierto en picado a nuestros pies. Nos besamos. Estalla la bomba. Irrumpimos en el ático tan a deshora, tan en ninguna parte, pero bajo un cielo que es como un mar del revés cuando consigues abrir las puertas de madera del balcón (siempre se atascan y hay que tironear y abrirlas de par en par). Allí enmarcada está la noche. Ante la vista se extiende mi reino de tendedores de ropa y antenas y esos enormes gusanos de hojalata que son los conductos de la ventilación. Es tarde, es ese profundo silencio reptando de dentro de las sombras. A estas horas todo el mundo duerme. Yo no puedo. Estoy solo y pienso mucho. Te echo de menos. Se ha levantado un viento gélido que me consume el último cigarrillo de una noche extraña entre los dedos. Un viento que sacude las ramas deshojadas, y despierta a los árboles abajo en la calle. Recuerdo el verano como una fruta brillante. Es la soledad de amar al enemigo.
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