10/02/2008

Olores

El lunes a primera hora llegó la peste a la oficina. Había un olor denso, tibio, similar al de la col hervida que hacía mi madre. Recuerdo que nada más salir del ascensor, ya se percibía en el rellano. Era fácil adivinar lo que había para comer antes de entrar en casa. Col hervida con patatas. Es una de las cosas que más recuerdo de mi madre. Esta vez era el mismo olor pero a gran escala, como si un bulbo gigantesco se estuviera cociendo a fuego lento debajo de nosotros y el vapor lo invadiese todo. A lo largo de la mañana, la peste a col se había propagado por las plantas superiores, mezclándose con el tufo a humanidad propio de los edificios mal ventilados. Tenía la ropa y el pelo impregnados. Aquella misma noche, al volver a casa, me duché a conciencia. Acabé con la piel enrojecida de frotar tan fuerte con la esponja, pero satisfecho y oliendo a limpio. En los lavabos de la oficina era incluso peor. La peste a col hervida se solapaba con las emanaciones naturales de los váteres. Se ve que las cloacas tienden a regurgitar toda la mierda que les echamos. Y no digamos aventurarse a sacar un café. Aquel fin de semana la leche que había dentro de la máquina se había cortado y el hedor agrio era insoportable. En momentos así se me pasa por la cabeza dejar el trabajo, dejarlo todo, irme lejos a la montaña. Volver a la naturaleza. Respirar aire no contaminado. Es una nostalgia recurrente. Toda nuestra civilización se basa en eso. La nostalgia típica del urbanita.

Consecuencias del efecto ántrax. Se invocaron las normas de seguridad e higiene en el trabajo. Se propuso desalojar las instalaciones por un tiempo. Mira por dónde igual nos largaban a casa. De forma espontánea todos los empleados adoptamos una estrategia teatral, con gestos como taparnos la nariz y arrugar el entrecejo. Así resultaba más convincente. Investigarían el foco de la peste y se tomarían medidas. La ocasión dio pie, entretanto, a un debate jocoso: la inevitable comparación y el establecimiento de diferencias cualitativas entre aquel olor y el rastro a sudor rancio que dejaba José Miguel, el conserje, al pasar con el carrito de la correspondencia. Había división de opiniones. José Miguel era el único de toda la oficina que se seguía tomando su trabajo con un celo ejemplar, sin quejarse, como si no pasara nada. Aquel estado de emergencia parecía estimularle.

El misterio se resolvió el miércoles, cuando la situación era insostenible. Algún que otro compañero de trabajo se había tomado el día libre y en el servicio médico ya atendían los primeros mareos. Ir a vomitar al lavabo no hacía más que empeorar las cosas. Lo anunciaron por la megafonía y casi todos nos lo tomamos a broma. Nuestro edificio se halla en el barrio portuario, en una zona turística plagada de restaurantes y marisquerías de cierto renombre, donde acuden turistas pudientes y hombres de negocios trajeados y con gafas de sol. Cerca hay también un centro comercial con bares, tiendas, sala multicines y un acuario que exhibe tiburones blancos. Uno de esos restaurantes, en los bajos del edificio, estaba cerrado por vacaciones. El rincón de la gamba, o algo así. Por culpa de una caída fortuita de tensión en el diferencial del suministro eléctrico, la comida almacenada en las neveras se estaba pudriendo. El dueño no estaba localizable. Todo – piezas enteras de carne, cajas de pescado y marisco, verduras de la huerta, docenas de huevos frescos – se corrompía en el más absoluto abandono sin que, de momento, nadie pudiera remediarlo. Tres o cuatro bogavantes flotaban inertes en las tinieblas verdosas de la pecera. Los helados se habían convertido en una sopa desleída que rezumaba por la puerta del frigorífico. La lechuga se había renegrido. Habría que ver la expresión de asco y estupefacción del dueño cuando regresara y descubriera las reservas de comida en descomposición, pasto de ratas y gusanos; cuando la luz diera paso al espanto sordo de decenas de cucarachas en desbandada. Después se supo que no, que el dueño no pondría ninguna cara porque había muerto – fulminado por un infarto, se dijo – poco después de bajar la persiana y echar el cierre, tal y como se desveló cuando la policía franqueó la puerta trasera del local. Descubrieron allí mismo el cadáver infestado de cucarachas y sobrevolado de moscas. Ni tiempo a sacar la llave del bolsillo. En la puerta del restaurante todavía estaba colgado el letrero de cerrado por vacaciones.

2 comentaris:

marina dijo...

Con el olor de la col no sé, pero con el de la coliflor, en mi casa ponían un trozo de pan seco en la olla. Claro que... en la oficina supongo que ya lo probasteis con el pan sudado por vuestra frente...
Impresionante el relato. Exactamente: olores. He quedado impregnada... y por eso "esperaré amb candaletes" otro relato de la misma sintonía para equilibrar la balanza olfactiva.
Salut!

Carlos Arnal dijo...

¡Gracias, Marina, por leerme y dejar tu huella en esta bitácora!

La verdad es que el arranque y parte del relato es cierto (excepto el final, claro), así que no he tenido que inventar demasiado, sólo pulir. Aunque, bueno, no sé si he dado con el tono apropiado.

Ahora me has puesto en la obligación de escribir un relato de signo opuesto y no sé si estaré a la altura...
Hasta pronto!

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