- Ayúdame...
- No insistas. No puedo ayudarte.
- ¿Ves? Este lápiz es muy corto. Lo he mordido tanto que ya no sirve. Y este otro tiene la punta rota. Ese pesa tanto que no puedo sostenerlo. Ese que está en el suelo lo he arrojado antes contra la pared porque chirriaba. Y mira mis manos: las tengo pegajosas de sudor. Qué pena de dedos, en carne viva.
- Lo siento. Ya no me quedan más lápices. Ni tampoco tiritas.
- Y esta luz no es la adecuada. Es como un látigo. Me escuecen los ojos. Estoy que echo humo por las pestañas. Con un buen flexo y una bombilla halógena todo iría mucho mejor.
- Es curioso. Como si no supieras que has venido aquí precisamente a quemarte las pestañas, a dejarte los ojos. Como si esto fuera algo nuevo para ti. Es el precio que se paga por ver cosas que los demás no pueden ver. Pero puedo ponerte esta pomada para la irritación ocular. Porque me caes bien. A ver, mírame, abre bien los ojos... ya está.
- Ya noto alivio. ¿No tienes nada para el dolor de cabeza?
- Ten, trágate esta pastilla.
- Sin agua no puedo. Tengo la garganta seca.
- No me está permitido darte agua.
- Entonces déjame salir a mí a buscar agua. Déjame salir. Nadie se dará cuenta.
- No. Ya sabes que no puedes levantarte de la mesa hasta que acabes tu trabajo.
- Será un minuto. Ir a la cocina y volver. Nada. Un minuto. Un trago de agua. Te lo pido por favor. ¡Desátame!
- Ten esto claro: no voy a jugármela. Y menos por ti. Además ya se te informó de las condiciones con antelación. Si ahora no te gusta, atente a las consecuencias.
- ¡Que me desates!
- Los supervisores no estamos autorizados para desatar. Sólo recogemos las quejas y las derivamos. Intervenimos lo mínimo necesario. Eso también lo sabes. Haber escogido ser supervisor. Se vive bien. Ahora no te verías en este estado lamentable.
- ¡Eso nunca! ¡Supervisor torturador!
- Sois todos iguales. ¡Ratas! No voy a dejarte salir por mucho que llores y patalees.
- Tengo que ir al lavabo.
- No voy a desatarte aunque te lo hagas todo encima.
- Tengo más quejas, aparte de la luz. Apunta. Apunta en tu libreta que esta mesa cojea. Y el clac clac clac machacón de las goteras, todo el rato. ¿No oyes las gotas? ¿No las oyes? Hay una que me está dando justo en el cogote. Apunta eso. Y también que el musgo se come los papeles ¿Así cómo quieres que...?
- ¡Calla! ¡Cállate de una vez! No me obligues a sacar las arañas.
- ¿Así cómo quieres que...? No encuentro la palabra. Ni siquiera encuentro la palabra adecuada. Así cómo quieres que...
- Tú te lo has buscado. ¡Que entren las arañas!
- No, no, no. Ya me callo. Me tragaré la aspirina. Voy a acabar con esto. Entonces podré irme, ¿verdad? Por favor. No dejes entrar a las arañas. Dame la aspirina. Voy a acabar mi trabajo. No estamos tan mal, aquí.
Otras voces, otras habitaciones
1 comentaris:
Joder,ay un suspiro continuo...
Publicar un comentario en la entrada