28/01/2008

Manual de supervivencia

Todo el mundo sabe que, para salir a la calle con plena garantía de regresar indemne, hay que llevar algo en los bolsillos. Me refiero a un objeto secreto que podamos enseñar a los demás con cierto orgullo y que nos distinga del resto, o a cualquier tipo de comida con la condición de que no sea nutritiva. Vale, por ejemplo, un lápiz, una peonza, una pluma o una caracola, que son artículos inofensivos y, al mismo tiempo, subversivos. Los petardos tienen el inconveniente de que se les acaba saliendo la pólvora y ponen perdido de negro el forro del bolsillo y por extensión los dedos, aunque los más valientes opinan que igual vale la pena correr ese riesgo: nada escandaliza más a las personas escrupulosas en lo tocante a las normas de urbanidad y de higiene que un sonoro petardazo o una uña roñosa.

Los hay que prefieren pequeños animales vivos, insectos y reptiles de esos que se alojan sin dificultad en una cajita de cerillas. Observarlos a escondidas es el mejor antídoto contra el aburrimiento, y no digamos soltarlos en medio de la mesa sin perder de vista a dónde van, o abandonarlos a su suerte en territorio enemigo y ver cómo luchan con toda su alma por la supervivencia.

Las personas prácticas y de buena fe, disponen de una amplia gama de objetos útiles y bien catalogados, como los imperdibles o los mecheros, que siempre ayudan en los momentos difíciles; pero, por su misma idiosincrasia, el interés de dichos objetos se agota más allá del fin práctico para el que han sido fabricados, por lo que se recomienda no proveernos en exceso ni confiarles toda nuestra suerte. A aquellos que por naturaleza son más bien prevenidos, sí que se les recomienda empezar con objetos tipo goma de borrar o linterna de bolsillo, pero sólo como paso previo hasta que ganen confianza en sí mismos, porque a la larga estos objetos crean una dependencia malsana.

Pero es importante llevar algo. Un diente de dragón. Unas alas. Una pipa de la paz. Cualquier crío de siete años ha vivido el drama de andar por ahí sorbiéndose los mocos, con las manos hundidas en los bolsillos del pantalón, hurgando en su interior sin encontrar nada más que pelusilla; ni siquiera un botón, sobretodo si es de esos botones gordos que se les suelen caer a los abrigos; o un simple caramelo (sí: da igual si es redondo, de naranja o de fresa ácida), no hay mejor sonido que esa mezcla de crujido y delicia al desenvolver un caramelo, ceremonia que culmina en paladearlo mientras el azúcar se deshace, los labios y la lengua teñidos de un rojo empalagoso.

Hay niños y niñas tristes que serán adultos tristes con los bolsillos vacíos o, en el peor de los casos, llenos de objetos útiles y prescindibles, como el cambio y la lista de la compra arrugada y descolorida. Hay que estar prevenidos, nunca se sabe lo que nos puede pasar. Tened en cuenta que a las personas se nos conoce por lo que llevamos encima: lo primero que hace la policía para identificar a un cadáver anónimo, de esos que a veces duermen en un banco del parque, es registrar el contenido de los bolsillos. Imaginad su confusión, su melancolía administrativa cuando al hacer inventario encuentran una hoja seca de plátano o un muñequito hecho de alambre. Imaginad la cara de estupor que se le pondría a un agente si, al pedirnos los papeles en un control rutinario, en vez del esperado DNI le entregásemos la hoja arrancada de una libreta en donde se pudieran leer palabras no reglamentarias. Palabras y no datos.

Por eso, antes de salir de casa, vale la pena entretenerse a buscar algún objeto para guardarlo en el bolsillo, aunque lleguemos tarde a nuestra cita. Y si no tenemos nada al alcance de la mano, lo improvisamos. Los retrasos por este motivo son perfectamente disculpables. Llevad poemas en vuestros bolsillos. Llevad, si queréis, bichos de esos que tienen caparazón y no paran de mover las patitas y las antenas. Llevad el talismán de una civilización perdida. Llevad flores marchitas. Pero nunca, nunca salgáis de casa con los bolsillos vacíos.

Bitácora de (re)creación literaria

Otras voces, otras habitaciones